Llegaron a decirle a la madre del “Vampiro” que la guardia militar lo tenía en un paredón, por indocu-mentado la señora salió con la cédula y se interpuso entre los fusiles G-3 y el “Vampiro”.
Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
ASÍ ERA, ASÍ FUE Y ASÍ SERÁ. Todos en la colonia San Anselmo teníamos apodos, y muy certeros, pero lo bueno de todo es que apodo a secas y, el padre de cada sujeto, con apodo se le agregaba “don” más el apodo del crío.
Así tuvimos a “Topo” y “don Topo”, “Cachetes” y “don cachetes”, “Torta” y “don Torta” (QEPD), “Chucha” y “don Chucha” (RIP), “Las cohetito y “las doñas cohetito”, “Mil máscaras”, que sí daba miedo ese tío por su cara, y su padre “don Mil máscaras”, “Huesito” y don “Hueso”, por pocas carnes.
“Don múcura” y “Mucurita”; aquí se invirtió el orden de los factores, primero bautizaron al padre, por borracho. “Mochila” y “don Mochila”, por la petaca heredada. “Los pollos” por vender pollo rostizado, “don Buey manso, “Las gorilas”, “don Mica” y “Los micas”. “El burro” y “Burrito”, “Cuca” y “don Cuca”, “Araña” y su tío “don Araña”, “Paco Mecate”, “Gandul Poroto”, “don Gandul”, “Los Patada redonda”, “Cacho”, “Chivo”, “Chucho vago”, “Ninfa” y “Los ninfitas” alias “Lija”, por el cabello. “Crema” porque la madre vendía lácteos; “Cara de sapo”, una señora bondadosa que eso parecía, usualmente borracha; “Los sirris” y “Los norris”, unos muchachos que se tocaban las nalgas.
Así, un sinfín de apodos con los cuales nos ubicamos con sus caras de aquellos años jóvenes, pero los nombres no, mucho menos los apellidos. Bueno… nosotros tuvimos tantos apodos que preferimos no mencionarlos.
Pero hasta ahí pensamos que era lo normal. Considerando que en la escuela, “La calaca” llamaron a la buena supervisora de primer curso, por mayor y flaca. “Chicle”, al director por tener un quiste en la mejilla izquierda, “Vieja canosa” a un muchacho de apellido Cano. “Mango aturrado”, al padre de un gordito que era un fumador empedernido; “Zapatero” de oficio y de piel muy arrugada. Bueno, hasta ahí estábamos admirados, pero al leer en un periódico y ver la caricatura de un personaje prepotente, sí que nos reímos porque lo que no decía en palabras lo expresaba en lo sobresaliente de la narizota, el pelo parado y la sonrisa de bobo, tal como lo hizo el ilustrador retratista.
Y en todas partes, incluso en el devenir de la historia han titulado a algunos de la realeza como Juana “la Loca”, Pedro “el Grande”, y políticos o generales: Alejandro Magno, Mahatma Ghandi, Rommel el zorro del desierto, por astuto y escurridizo, a veces por la nacionalidad, o sea que los apodos se han vuelto mundiales e inmersos en obras de literatura y en esto Charles Dickens ha sido, con Víctor Hugo y García Márquez, los que han despuntado en las descripciones tan elocuentes que parece que viéramos las imágenes de el señor Scrooge, a los Thenardier, Quasimodo; o de “Melquiades” el tercer narrador, con su dentadura postiza, sombreros de alas de cuervo y los gemelos Aureliano y Arcadio segundo, o al morenito que parecía negativo de fotografía, abuelo de Nigromanta la negociadora del sexo que distrajo en la penumbra, la sed de sexo de Aureliano Babilonia.
Pero en este relato hablaremos de uno en particular apodado muchas veces “Cabra loca”, “Brujita”, “Ojos de Chimbola”, y por sus dientes incisivos quebrados lo bautizaron “Vampiro”.
Era un sujeto que llevaron a vivir a casa de unas personas pobres, nieto de la señora Pavlova, con intención de ayudarle en comida, vestuario y estudio. Cosa que algunos pueden llamar una beca integral por darle amor y cobijo. Vino este joven de 12 años de edad a ser el centro de atención pues con todas las mañas aprendidas en su casa y la calle, llegó no sólo a defenderse de los apodos y lo que la vida va enseñando cada día, fue un atacante de los que por inercia fueron sus nuevos vecinos y amigos.
Se volvió un gorrón. Comía, vestía, dormía en casa de la abuela, cada día salía a la escuela con un bolso de manta y tres cuadernos, además de treinta centavos para los pasajes. Regresaba puntual a comer, después otra vez a la calle hasta la otra comida; así pasaron cuatro o cinco años, hasta que murió don Francisco, pero hasta ese momento se supo que nunca fue a la escuela, sino en ocasiones para ir a vagar al Parque Infantil, el Parque Zoológico y, a veces a ver las tumbas del cementerio de los ilustres comiendo paletas en el centro capitalino.
Un día de septiembre regresó muy alegre con un pantalón blanco y camisa blanca, sin zapatos y agarrando un palo de escoba se puso a imitar a la banda de guerra de un colegio de señoritas y se pasaba el palo de cachiporra por atrás y por delante, marchando y haciendo malabares.
Los fines de semana sacaba una hondilla de hules amarillos y cuánto pájaro se acercaba lo mataba, iba además a una barranca cercana a caminar y buscar frutos silvestres.
Era un bueno para nada, haragán, jugador experto de barajas y chibolas y siempre que iba a visitar a sus padres biológicos regresaba con alguna pirruña en el cuerpo, de cuentos y chistes para adultos.
Una noche en que alguien escuchaba una canción “Gypsies tramps and thieves”, de Cher, en la radio, uno de los muchachos de la casa estaba en la acera con una guitarra repasando una canción de Nicola di Bari: “il giorno dell’arcobaleno”; alguien la pidió prestada en el momento que pasaban los policías descalzos, por ser voluntarios sin uniforme para mantener a raya a los borrachitos y marihuaneros o vagos y les tocaron “la vieja”.
Los de la descalza acusaron al supuesto dueño de la guitarra pero no al que los ofendió. Se acercaron a la casa y tocaron con los bolillos de madera hablando fuerte. Don Francisco abrió una ventana y les pregunto:
– ¿Qué desean los señores?
¡Queremos al de la guitarra!
– No se puede -Dijo- ¡tocar guitarra no es delito!
Él toco la vieja…
– Pero no a ustedes señores…
Pero íbamos pasando…
– Entonces si un agravio se hizo yo lo corregiré, además soy extranjero y esta casa es propiedad de otra nación. ¡Buenas noches!
Se fueron pero no contentos. Como había que castigar a alguien y el haragán de la casa ya había acumulado mucho, Don Francisco, siendo cegatón, estaba molesto y sacó el cincho y buscó al rapaz y le tiró chinchazos que le pasaron muy cerca, lo acorraló en la esquina de dos paredes del corredor y tiró a ciegas, el rapaz se caracoleaba y gritaba al oír muy cerca los riatazos, hasta que se cansó don Francisco. No le cayó ninguno. Y así quedó esa noche, con el susto.
El vampiro fue a sacar una tijereta, de lona y maderos, la cargó en el hombro hasta la sala, pues era muy miedoso y supersticioso además no le gustaba dormir cerca de un señor sordo que no escuchaba ni sus propios gases mortíferos aunque sonaban como trompeta desafinada.
Se envolvió como faraón egipcio momificado, para evitar los millones de mosquitos, pero para respirar sacaba la nariz y parte de la boca.
A la par estaba el de la guitarra estudiando, después limpió los zapatos con betún negro. Al ver al momificado resollando y roncando le unto betún a manera de barbas y bigotes de ruso, se fue a dormir también. El aprendiz de guitarrista acompañaba cada mañana y tarde a don Francisco a manera de lazarillo para llevarle a una buhardilla de oficina, después pasaba a platicar con un borrachito que vivía bajo de un árbol cerca de la alcaldía, después a la escuela.
Mientras, el vampiro se levantó temprano, acostumbrado a no bañarse ni lavarse la cara, pero si a desayunar, mientras la señora Pavlova limpiaba el bolso para ir al mercado a comprar chorizos llamados Riojanos, muy grasosos, pero sabrosos. Vampiro desayunó en un plato de peltre, calentó la leche de vaca a fuego lento, desmenuzó dos tortillas de maíz y agregó unos granos de sal. Removió el revoltijo y se sentó a saborearlo. Después salió a la calle, se dirigió a la casa del vecino un muchacho muy vivido y pobre que usaba unos zapatos de hule muy hediondos, Miguel, de apodo “Camellito”, y miró al vampiro con su barba y bigotes.
– Uhmmm -dijo- estamos cambiando.
Pero se fueron a la vagancia y no dijo nada aún. Se acercaron a los otros chabacanes y se reían del vampiro barbón, pero por alguna mágica razón no le dijeron nada, hasta el vampiro se reía. Regresó a comer mientras la señora Pavlova estaba estirándole el buche a dos pollos para la cena.
El vampiro volvió a salir.
– No cierres la puerta Miguel -gritó ella- Aquí no es casa presidencial, agregó.
Vampiro abrió la puerta de madera y le colocó un enorme caracol de colores, que servía para escuchar el mar, oír las gaviotas y los gritos de alegría de los turistas. Se volvió a ir a la vagancia muy jocosa esa tarde. Al anochecer el “Camellito” sacó un espejo y se lo puso enfrente al vampiro. Ahí casi no se reconoció por su apariencia de viejo de Agosto. Fue a lavarse con jabón. Le quedó duda de quien fue el autor de la pintura decorativa pues en casa había otro hermano del guitarrista, un aficionado al fútbol, apodado “Fuhrer”, por blanco y, como lo hacía un jugador de la selección de Alemania, nunca supo quién fue.
Su socialización con los trabajadores de la fábrica de ladrillos era un reto cada día contra “el Gorila”, además con “Nino” un sujeto que se rapaba casi toda la cabeza pero se dejaba una trenza al estilo Yul Brinner; “los dos Diablos”, unos hermanos muy oscuros de la piel y sinvergüenzas, y un señor apodado “Puntito”, que tomaba fotografías comerciales al salir de la fábrica; este era el padre de “Nino” y de otros que ahí habían encontrado la manera de hacer su vida.
Había un niño con secuela de poliomielitis que lo apodaron cangrejo por su forma de caminar, era un verdadero rapaz que no se dejaba intimidar y también ponía apodos a diestra y siniestra.
Esa tarde como las otras pasó un hombre de mediana edad que tenía una cara de zángano y un ojo bizco, llevaba un saco de yute al hombro para guardar lo recogido de los incautos; era otro haragán que pedía dinero y comida o ropa de casa en casa con la cantaleta:
– Una limosnita -y estiraba el brazo, pedía pan y dinero- es para mi mujer que tiene niño tierno, decía.
Ahí estaba la tía del vampiro y le dijo:
– Ya vino ese viejo haragán, dile que vaya a trabajar ¡viejo huevón! Dicho y hecho. A lo que el menesteroso le gritó:
– ¡Dame trabajo vos hijo de puta!
Dile que aquí no hay dinero, que vaya al rastro a enderezar cachos!
– Que los enderece tu madre, dijo.
Y más gritaba improperios el bizco, hasta que se fue con una letanía de leperadas.
Pasaba casi cada ocho días con su cuerpazo de buey haragán, con un sombrero café, un saco gris y pantalones de poliéster.
El vampiro se quedo un buen rato esperando que se fuera, congraciándose con la tía. Esa noche de agosto fue a la Alcaldía a ver las ventas de elotes asados, y se colocaba bajo los juegos mecánicos de la Chicago, pues caían monedas de las bolsas de los que iban subidos en las volteretas, de tal manera que regresó contando nueve pesos y comiendo una manzana con caramelo.
Después, “Vampiro” salió a sentarse a la acera masticando chicles, vio que estaban en la fábrica de ladrillos cargándolos en un enorme camión, al dueño lo apodaron “don Empanada”, este tenía un hijo de corta estatura que compro un camión y cada vez que lo arreglaba se metía entre las piezas del motor y solo se escuchaban los chasquidos de las herramientas, pero a él no se le alcanzaba a ver por su diminuta estatura; a la hora de comer salía como zarigüeya mugre, untado de humo y aceites.
Entre los mozos, un hombre muy moreno de espaldas anchas, brazos y manos que le llegaban a las rodillas y nariz aplastada, “don Gorila”, que era rival con el vampiro, agarraron a decirse apodos:
– ¡Gorila aquí está tu banana!, a lo que el gorila respondía:
– ¡Cabra loca! y le tiraba pedazos de ladrillos muy certeros, el “Vampiro” brincaba con los pies descalzos.
– ¡Gorila come plátanos ! Otra pedrada y otro brinco que daba el “Vampiro”.
En cierta ocasión íbamos pasando por una casa que colindaba con un terreno baldío y se escuchaban gorgoritos y quejidos, vimos que “don Gorila” tenía al “Vampiro” agarrado del cuello, al parecer lo quería ahorcar. Lo soltó al vernos.
Varios años después. Estábamos cenando y la guerra civil en su auge. Tocaron la puerta de madera:
– ¡La policía, abran! dijo una voz, en la acera.
Al abrir apareció el “Vampiro” con otra persona, iban ebrios. Buen susto que dieron. Fue en esos días en que el “Vampiro” fumaba cigarrillos para acercarse a enamorar a una joven de nombre Alicia; estaba de moda esa canción “El vecino de Alicia” del grupo Smoky, el se creía el vecino entonces y andaba cantando las canciones de Paul Williams, de Fantasma en el Paraíso”, la película.
Llegaron a decirle a la madre del “Vampiro” que la guardia militar lo tenía en un paredón, por indocumentado; la señora salió con la cédula y se interpuso entre los fusiles G-3 y el “Vampiro” que se había orinado en el pantalón con todo y cigarrillos y las canciones del Fantasma, que escuchaba en una grabadora portátil. Lo dejaron libre debido a la gente que se reunió. Pero dos semanas más tarde iba como asilado político para Canadá. Nunca volvió pero, según cuentan, allá también sale a caminar en los desfiles con cachiporristas y pone apodos a los compañeros de trabajo porque al fin aprendió a enderezar carros abollados, con un cigarrillo echando humo como murciélago, o mejor dicho como el “Vampiro” de siempre y aún baila con un palo de escoba imitando a las cachiporras recordando sus años de ocio en El Salvador.
