Un literato en San Salvador

el Literato

Vimos los mercados al amanecer con la bulla del mundo, en donde los estibadores y mecapaleros hacían el barullo muy cerca de la iglesia de El Calvario.

 

 

 

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Foto: Periódico Equilibrium.

SU CASA ERA UNA BANCA DE CEMENTO EN EL PARQUE BOLÍVAR. Una tarde de martes de marzo de 1973, frente a un almacén de electrodomésticos en una zona de prestigio, una mujer gorda, morena y con un moño en el pelo, con pantalones Jeans azules sacó dos torres para sonido a la acera. En ese instante iba un borrachito que se hacía llamar “el Literato”.

– Soy Leonardo Vega!, un literato!, decía.

Lo cual nos consta a los que lo conocimos, pues lo vimos casi todos los días en las instalaciones de la biblioteca Nacional, bien leyendo un periódico del día o un tomo de la enciclopedia Quillet, y nos miraba sonriente, masticando tabaco para cigarrillo.

Se sentaba en cualquier acera y colocaba el pan de semita gruesa en el piso, una caja con leche “Dos Tunas”, entera y tomaba posecion para leer cómodamente el periódico que encontraba en la basura.

De estatura un metro y ochenta centímetros, flaco, barba hirsuta, de edad indeterminada, con lentes de miope. Vestía saco gris enorme y sucio, camisa a rallas color rojo y blanco, pantalones flojos amarrados con una cinta para estibar cajas en el mercado.

Los zapatos de beisbolista, sin calcetines le daban el aspecto de desamparo. Aparte de ir orinado y untado de inmundicias. (Era un perfume el hombre) Ciertamente abogado en desgracia, con un pasado de bonanza y derroches. Feliz de su nueva vida, a veces encontraba jueces y otros ex colegas que le daban algunos billetes para la comida.

Esa tarde iba cargando un saco de lienzo con latas para leche, botellas plásticas y otros desastres que eran su haber domiciliario. Generalmente se sentaba cerca de la entrada de una Pizzería y no desperdiciaba los trozos que le obsequiaban los clientes, así como vasos con residuos de refresco.

La mujer del Jeans azul, acomodó cables y colocó un disco de música con ritmo africano, una cumbiamba con el bajo profundo, tambores, acordeones y trompetas que inició con estridente volumen.

Don Vega, justamente en el sitio de la salida de la música, comenzó a bailar dando un espectáculo de lujo con su ropaje risible; lo vimos y hasta nosotros queríamos unirnos a bailar de gorra, porque irradiaba alegría de estar contento de parecer lo que era, disfrutaba así la vida, sin compromisos mortales. Sin pagar renta ni servicio de agua, energía eléctrica o correo.

Todo lo tenía al alcance de la mano. Y cuando se bañaba era en invierno por los chorros gratuitos de agua que caía de los canales de las casas.

Aprovechaba a lavar una sabana y los pantalones, se quedaba sin ropa esperando se secara, aprovechaba a quitarse la tierra del cuerpo acumulada durante todo el verano. En vez de cepillarse los dientes masticaba trozos de carbón de madera y se enjuagaba con cerveza barata.

En cierta ocasión llego a una cafetería de prestigio, no lo dejaban sentarse y le decían que se fuera con sus corotos a la calle, pero el saco un billete de diez pesos y aún así no lo aceptaron.

Nosotros éramos entonces estudiantes de tercer año de medicina, estábamos desayunando en la mesa de enfrente, salimos a su defensa, le dijimos al camarero que se sentaría con nosotros y así lo hicimos, en contra del agrado del camarero le llevó lo mismo: frijoles licuados, huevos revueltos, queso, pan y café , disfrutamos de su compañía así como de su erudición. Hablamos desde las civilizaciones egipcias, las mayas, de los libros sagrados de la India, así como de los celtas, romanos y chinos, la guerra del Peloponeso y de los griegos contra espartanos. Sabía fechas y nombre de los generales de cada ejército.

Pedimos otra taza de café para hacer más larga la conversación, de manera que nos fuimos casi a las diez de la mañana.

Después caminamos con él hacia la biblioteca Central y ahí se rebusco en su mundo particular.

Encontró a don Julio Zepeda, que en un año había envejecido diez, desde la anterior vez que lo vi. Llevaba un saco negro enorme, pantalones flojos y un bastón de carrizo de escoba.

Andaba basureando entre los papeles de los recipientes. Estaba sentado en las gradas y de buena gana saludo a don Vega.

Se abrazaron. Compartieron la misma botella de licor de cantina de boca en boca y hablaron de sus miserias, hasta que el sol de las diez los obligó a buscar refugio,uno bajo un árbol de San Andrés y el otro en el techo de la biblioteca, agarro un tomo de enciclopedia tan grueso como tres ladrillos, se fue a un asiento de maderos, se ladeo el sombrero y durmió el resto de la mañana, hasta que lo sacaron por la hora del almuerzo.

Fue en busca de don Julio, llegaron frente al mercado Central a una venta ambulante de comidas para miserables, ahí pidieron frijoles con tortillas dos chorizos y una taza de café, por veinte centavos cada uno que unieron en buena armonía la desgracia. Después entre las calles de almacenes recogieron los desperdicios de un basurero de manera que uno llevó cuatro carretes de madero inservibles, y el otro cuatro periódicos para usarlos de colchón en la noche.

Considerando que don julio dormía en el portal de “La Dalia”, dormitorio a la usanza popular debido al techo amplio para proteger de las lluvias pero no del frío o del viento, aún es lugar comercial en el centro de San Salvador, en donde se comercian desde mujeres, licor, ropas usadas, hasta perros de raza.

Ahí llegaba “el Literato” a comprar sus pantalones o una camisa, una o dos veces al año.

Vimos los mercados al amanecer con la bulla del mundo, en donde los estibadores y mecapaleros hacían el barullo muy cerca de la iglesia de El Calvario. Lugar para ladrones y proxenetas, negocio de hurtos y robos. También por ahí se aparecía don Vega cuando necesitaba un par de lentes.

Perros husmeando en los basureros; vendimias de candelas , hierbas para santeros, puestos para vender medicina de curar ciegos, cancerosos y hasta paralíticos. Ahí llegaba don Vega a curarse de sus males.

En Agosto iba a las misas de Catedral, comía los dulces de algodón rosado, panes con pollo, refresco de tamarindo y sorbetes artesanales de coco con miel de fresa.

En septiembre, escuchó acercarse el ritmo marcial inconfundible de una banda de guerra del Colegio para señoritas.

En efecto ahí pasaron en la calle soleada, iban las cachiporristas casi desnudas haciendo malabares con las cachiporras y sus vestuarios diminutos; los tambores con redoblantes, bombos y platillos, las trompetas estridentes del juicio pasaron frente al literato que las ovacionó con aplausos contento como niño de kinder junto a don Julio Zepeda.

Después del espectáculo de piernas y barullo de tamboras y trompetas de guerra, quedó el hueco del silencio. Se quedaron mirándose las arrugas y sonrieron.

-Vamonos, dijo “el Literato”… Es pura mierda la vida!, pero bonita en esta vaina de todos los días.

A veces con lluvia, a veces bajo el sol del mediodía, con frío en las noches bajo la luz de un poste o en el parque Bolívar los domingos comiendo yuca blanda con pepescas.

A veces se le ve aún en las calles de San Salvador al literato con dos sacos de lienzo, aumentando sus desgracias viviendo feliz, con sus pantalones enormes de difuntos, y sus sacos mugres, caminando entre las vendimias de verduras aturradas en carretillas para construcción en las aceras y calles que inundan la capital.

Ahí se le ve basureando y encontrando otros estudiantes para nutrirlos con sus conocimientos más grandes de Universidad de la calle.

Alguien le da un café, otro un pan con queso. A lo que él con su sonrisa siempre dice:-Que es eso? Ahhhh, pan con queso! Y en las ventas de discos pasa a propósito para escuchar las cumbias de Aniceto Molina y bailar un rato y detener el tráfico y alegrar a los salvadoreños, con el carisma de un literato.

Desahuciado incluso de la Biblioteca Nacional. Dicen que casi no ha cambiado, pero en su rostro tiene el estigma de un cáncer que aún espera le curen en la esquina de la iglesia de El Calvario.

O con licor de cantina. Un recurso de amparo en la Corte estará pendiente para dejarle un permiso a leer los ansiados libros y seguramente lo conseguirá, con la firma del coronel don Cerón, que no dejó los caminos de la guerra porque resucitado está en la historia de El Salvador, en cualquier montaña, con sus huestes de guerreros y el perro flaco.

Lleva el estigma de Sandino y el estandarte de no negociar, su ley es la ley del Talión.

Un buen día encontraremos una estatua de verdín color con su talle y sus sacos al hombro, un letrero dirá: he aquí un literato de el salvador, que en Estocolmo ganó un premio nobel.

Entonces sabremos que después de salir de la Universidad, tendremos que ir a vivir entre nuestra gente y sus costumbres por ser nuestra cultura la que da nacimiento a grandes como el, como tú o como yo.

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