…Pero tú, con tu cariño y atenciones has ido excavando poco a poco, hasta que lograste llegar a él, por eso, hoy lo pongo entre tus manos y solo te pido una cosa… no lo lastimes.
Por: Elsy Ch.
Excavaba en la tierra con sus propias manos hasta que formó un agujero, lo hizo lo más rápido que pudo, metió la mano en su bolsillo y sacó de él lo que parecía un objeto envuelto en un pañuelo; no lo desenvolvió, solo lo colocó en el agujero, se aseguró de enterrarlo bien, se puso de pie y saltaba sobre este para apelmazar la tierra y que no quedara vestigio de que ahí había algo escondido.
El parque estaba silencioso y no había nadie en los alrededores, Mauricio se había percatado de que nadie lo siguiera o lo observara, todo estaba oscuro y en silencio, la luna era la única que vigilaba y alumbraba; comenzó a alejarse del lugar con cautela, mirando a todos lados, debía apresurarse, pues su madre lo estaría esperando en casa.
Llegó a eso de las once de la noche, desde fuera logró ver que todo estaba a oscuras dentro de la casa, a excepción de la habitación de su madre, lo que indicaba que estaba esperándolo despierta, probablemente estaba preocupada de que algo le hubiera ocurrido porque llegaba tarde o quizás estaba ebria tirada en el piso, sujetando una botella de ron barato, pues aunque incontables veces había prometido que dejaría la bebida, nunca lo hacía; su problema le había hecho perder innumerables empleos, desde gerente de un banco, hasta de barrer las calles para la Alcaldía Municipal, en su orden.
Ella seguía cayendo en un abismo sin fondo, pues no pudo superar incontables heridas que sufrió a causa de un mal matrimonio, ni la reciente muerte de sus padres en un fatal accidente; se había abandonado a la desgracia, sin importarse a sí misma y apenas mostraba vestigios de alguna atención hacia las necesidades de su hijo.
Mauricio tenía trece años y entraba y salía de casa pasando desapercibido la mayor parte del tiempo, los vecinos mostraban algo de compasión brindándole pequeños trabajos de llevar tal o cual cosa, de realizar las compras de la semana en el supermercado y por ello le daban alguna cantidad de dinero que si bien no era significativa, la comida diaria de él y la de su madre estaban garantizadas.
Lo que no comprendía Mauricio era cómo su madre sin tener dinero siempre lograba obtener la bebida y aquella noche no era la excepción, estaba ahí ebria, inconsciente y él lo único que hizo, fue colocarla en su cama y apagarle la luz.
La casa donde vivían era propia, eso era un gran alivio para él, pues no debían pagar por ella ni un céntimo, de ello debía estar agradecido con sus abuelos, quienes dispusieron en sus testamentos que aquella casa fuera suya, asegurándoles un techo que los protegiera.
Mauricio se sentía frustrado, pues consideraba que su madre que pasaba la mayor parte del tiempo en estado de ebriedad y su padre que vivía quien sabe dónde, ajeno como siempre a sus necesidades eran los culpables de que él hubiera tenido que abandonar sus estudios y que tuviera que esforzarse por conseguir el sustento diario suyo y de su mamá.
Con todo lo vivido, Mauricio se había endurecido, hacía esto y aquello, pero no se inmutaba por nada ni por nadie, ajeno a las emociones humanas. Ya era normal ver a su madre tendida en el piso, preguntarle de vez en cuando porque llegaba tarde en la noche y que no le sirviera una sola comida o bebida ni se ocupara de sus necesidades.
Él era quien debía protegerla a ella, a veces hasta vestirla y arroparla, meterla en la regadera para que reaccionara, aquella vida simplemente le cansaba y no encontraba un respiro; tarde en la noche solía ponerse de pie junto a la ventana de su cuarto, fumar un cigarrillo y disfrutaba ver como el humo se perdía con la brisa de la noche, deseando que sus pensamientos tristes y desesperados también se marcharan con él.
Todos los días se levantaba temprano para trabajar en lo que pudiera, hacer mandados, cortar el césped, pero en su mente solo estaba la idea de abandonar aquel espantoso lugar, donde llevaba una vida apesadumbrada, llena de dolor, decepciones y penurias.
En tantos años, su padre solo lo había hecho padecer su indiferencia y su madre no era una ayuda sino una carga dolorosa que debía soportar, pues si él la abandonaba se quedaría completamente sola, era un amor que en lugar de alegrar dolía, pero que no se puede dejar porque naturalmente te hace dependiente y te llama con más fuerza cada vez.
Había una joven, Claudia, quien atendía la caja en el supermercado al que Mauricio solía ir, ella siempre le miraba con atención, se preguntaba que tristeza albergaba aquella mirada perdida y muchas veces ausente; él nunca le había puesto atención, eso era obvio, pero ella a él sí; había hecho hasta lo imposible para que él la mirara, se tiñó el cabello de rojo, de amarillo, a veces usaba aretes llamativos o blusas de varios colores vivos y Mauricio… totalmente ausente, como los muertos.
Pero a ella no la derrotaba su indiferencia, aquella chicha no se daba por vencida, le atendía amablemente, le miraba sonriente, empezó a hacerle preguntas triviales, observaciones sobre el clima, sobre lo lindo de cada día, sobre las ofertas, sobre su ropa y las ventas… todo era una excusa para que viéndola y oyéndola la notara.
Al principio Mauricio permanecía si hacer comentarios, compraba, pagaba y se marchaba, pero poco a poco fue escuchado, oyendo y hablando, tuvieron su primera cita y fue ella no él, quien llevó una rosa y chocolates y él se sentía extraño, sabía que ella ahora le agradaba, pero ¿qué podía saber sobre el amor?
Nadie le había mostrado en su vida el significado de aquella palabra; pasaron los días compartiendo tiempo libre juntos y ahora segundos después de haberla visto, ya deseaba volver a verla y las horas le parecían largas mientras esperaba encontrarse con ella, pensaba en su rostro y la imaginaba sonriente, contando una de sus graciosas historias.
El corazón de Mauricio ahora latía por ella, le dijo que se vieran, la llevó al parque una noche a las diez, excavó con sus manos la tierra exactamente en el mismo lugar donde lo había hecho hace seis años y le dijo a ella:
– Quiero darte algo.
– ¿Qué cosa, dime? le preguntaba ella con ansias.
– Espera, dijo él.
Seguía cavando, hasta que desenterró un pañuelo totalmente grisáceo y polvoriento, lo apartó quedando en sus manos una cajita cuadrada y desgastada que destapó, adentro de ella había un gran dije con forma de corazón y hecho de plata.
– Hace años –dijo él– vine a este lugar y enterré esto aquí, porque pensé que en este mundo donde todos te lastiman y se aprovechan de ti, no valía la pena amar o vivir y me juré a mí mismo que aquella noche al enterrar el dije tan profundo, estaba enterrando también mi corazón, ocultándolo en un lugar donde nadie supiera y donde nadie lo encontrara y así fue por varios años; pero tú, con tu cariño y atenciones has ido excavando poco a poco, hasta que lograste llegar a él, por eso, hoy lo pongo entre tus manos y solo te pido una cosa… no lo lastimes.
Ella lo tomó dulcemente entres sus manos y lo acercó a su corazón y dijo:
– Te has dado cuenta que tu situación en tu casa es la misma, siempre debes trabajar tan arduamente para vivir, debes cuidar de tu madre por su alcoholismo y tu padre sigue sin interesarse por estar a tu lado, pero tú a pesar de todo eso eres feliz y has cambiado, ¿sabes por qué? Porque el amor puede transformarlo todo, hasta nuestra manera de ver las cosas y nosotros, nos amamos.
