El escorpión de Las Minas

El escorpio

Un día, Paquito, hijo de Don Francisco Antonio, propietario de una las haciendas locales, sufrió una caída de su caballo cuando este fue picado por varios escorpiones.

 

 

Por: Dr. Adán Figueroa.

Ilustración: Mely.

En la época antigua, hace muchos años, quizá allá por mil ochocientos, cuando Las minas aún no existía, eran tres haciendas las que dominaban la región: San Juan bautista, San Juan Buena Vista y el Carrizal. Posteriormente nació San Juan Calera, el nombre original de Las Minas, hoy San Juan Las Minas.

Cuentan que en la zona de El Carrizal había un cerro que era considerado terreno baldío, infértil y que pertenecía a los ejidos municipales de Metapán. Estas tierras eran donadas para las personas que lo solicitaran para desarrollar algún trabajo productivo.

En ese entonces llegó a ese lugar una señora rara, poco comunicativa, que permanecía aislada de los pocos pobladores y cuando esporádicamente la veían, les producía intranquilidad y hasta temor.

No era una bruja, pero se le parecía mucho y actuaba como tal; pero sí era de pocos amigos. Vivía sola en un rancho de paja que descansaba en las faldas del cerro.

A veces se le divisaba desde lejos en la cima observando todo los alrededores de ese lugar y aun los más lejanos, pues el cerro permanecía imponente, solitario y desde su cima se veía por las noche las luces que iluminaban el pueblo de Santa Ana.

La luz que esparcía la antorcha de Rosenda Del Morral, nombre con el que fue conocida posteriormente la mujer de la soledad, inquietaba mucho a los pobladores de El Carrizal, algunos de ellos planeaban alejarse de esa zona por el miedo que sentían al acercarse al cerro; pues de sus faldas bajaban en grupos, muchos escorpiones paridos por un escorpión hembra muy grande, que había causado la muerte a pequeños becerros que pastaban en otros terrenos aledaños. Cada día la situación se volvía más imposible para los lugareños y empezaron a trasladarse no muy lejos del cerro pero, lo suficiente para vivir en paz.

Un día, Paquito, hijo de Don Francisco Antonio, propietario de una las haciendas locales, sufrió una caída de su caballo cuando este fue picado por varios escorpiones.

La bruja Del Morral se reía por lo sucedido mientras el odio hacia ella crecía como se incrementaba también el temor a lo siniestro. Otras familias migraron a poblar otros terrenos que estaban más arriba al pie de la montaña en las cercanías de Chalatenango; pero también, otras familias habían llegado a poblar los terrenos que lindaban con estas haciendas y fueron constituyendo un pequeño caserío que estaba dispuesto a defender a sus familias.

Después de un mes de pasar entablillado, el valiente Paquito comenzó por segunda vez a dar sus pasos inseguros como los primeros; pero, poco a poco salió adelante.

Al ver su recuperación los padres de Paquito y vecinos del lugar se reunieron para dar una solución a su problema. Fue así, como una noche de luna que iluminaba la cima del cerro, muchas antorchas caminaron cerro arriba iluminando las veredas hasta dar con el rancho de la mujer extraña que ya se había tomado otros terrenos aledaños que habían sido abandonados o no tenían dueño conocido.

El rancho de la bruja estaba a medio cerro y a esa altura fue donde se inició el incendio que iluminó toda la zona y que fue visto desde tierras lejanas, allá en el horizonte oscuro de la noche. Muchos escorpiones corrían cerro arriba para protegerse del fuego, pero la voracidad de las llamas era imparable.

La temida mujer huyó y llegó hasta la cima donde dejó escapar unos gritos de terror que les erizaron los pelos a los defensores de su tierra y familias. La señora Del Morral en su desesperación por protegerse del fuego, tropezó y cayó.

Su cuerpo rodó cerro abajo y se formó una bola de fuego que descendió velozmente hasta detenerse en unas rocas a la vera del camino.

Un escorpión había sobrevivido, pero Francisco Antonio, logró verlo escondido en una grieta entre las rocas del cerro y pudo clavarle en la caparazón de la parte dorsal, la punta de una lanza que llevaba preparada para ese momento. El aguijón del escorpión se retorcía buscando donde incrustar su veneno pero, le fue imposible.

Todos los vecinos bajaron contentos al ver el resultado de su batalla. El pequeño caserío creció junto a su hermano instalado en las faldas de la montaña. La prosperidad se hizo evidente con el desarrollo posterior de las minas, de donde viene su nombre.

Hoy, en la cima del Cerro del Escorpión, se vislumbra una cruz lejana que da confianza a mucha gente que peregrina hacia ella en la época de Semana

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