Era obvio que Mario lo hacía a propósito, pues quería ser dueño de la atención de Camila al menos por momentos durante aquel partido, pero no, ese niño cara bonita lo estaba arruinando todo.
Por: Licda. Elsy Ch.
Estás nublando mi vista, dijo ella con desdén. Y levantando el brazo sacudía la mano hacia la derecha varias veces, en ademán de que se apartara.
Mario solo agachó la cabeza fingiendo sentirse apenado, pero seguía atravesándose de vez en cuando para que ella lo mirara y cada vez que le apartaba, él solo hacía gestos de culpabilidad.
Ella ni siquiera se inmutaba ante sus expresiones, seguía observando con tanta atención el torneo de football de la escuela. ¡por supuesto! Eso era porque ahí se encontraba el jugador que para ella era el más atractivo de todos, su cuerpo esbelto, cabello liso peinado de lado con flequillo y sus ojos expresivos adornando un rostro sonriente; saltaba a la vista que a él le encantaba ese deporte y a ella… él: Francisco.
Camila no se perdería por nada un solo partido de la escuela, porque Francisco estaba ahí, luciéndose cada vez que tocaba la pelota; pero había un problema: ¡Mario!; su amigo que además de ser su vecino y compañero de clase, la seguía a todas partes, incluso a los partidos de football y ahí estaba ese día entrometiéndose y queriendo distraerla de ese muchacho divino que era objeto de toda su atención; se la estaba pasando todo el partido apartando a ese “bobo”, como ella le decía.
Era obvio que Mario lo hacía a propósito, pues quería ser dueño de la atención de Camila al menos por momentos durante aquel partido, pero no, ese niño cara bonita lo estaba arruinando todo.
Antes que Francisco llegara ese año a la escuela, Mario y Camila solían hacer todo juntos, pero ahora, ella no quería tenerlo cerca, pues no quería que Francisco la malentendiera.
Terminó el partido y Mario pensó que como siempre volverían juntos a casa, pero ¿qué se le va a hacer?… no fue así.
Camila y una de sus amigas salieron corriendo al terminar el partido y sin decirle una palabra, ignorándolo, él se quedó viéndolas sin moverse, mientras ellas se alejaban corriendo; de lejos observó cómo se pararon más adelante a platicar cerca de los vestidores esperando a que Francisco saliera y cuando lo hizo no tardaron en acercársele rodeándole de atenciones.
Francisco no era indiferente hacia Camila, una niña de mejillas rosas y ojos grandes, de mirada profunda y hablar agradable; Eso molestó a Mario, quien enfurecido corrió a casa, iba a toda velocidad, sus cabellos se mecían con el viento alborotados, al principio contuvo la respiración, deseando gritar, hasta que no pudo más, aspiró fuertemente y ahora jadeaba y tosía, se detuvo porque se sentía cansado y comenzó a caminar despacio el resto del recorrido, tratando de ordenar sus pensamientos.
Me traicionó –pensaba- ¿Cómo puede dejarme ahí parado sin decir una palabra? ¿creía que iba a esperarla para volver juntos a casa?, ¡bah! Probablemente ni siquiera se ha dado cuenta que me he marchado…
Camila estaba contenta de tener la atención de Francisco, mientras más hablaba, más le gustaba, era graciosa la manera en que la miraba y sonreía y ella se sentía nerviosa, adoraba su flequillo que se movía persistentemente hacia adelante y debía llevarlo hacia atrás cada cinco segundos; pero al estar hablando con él, no pudo evitar mirar las banquitas donde había estado sentada con Mario y una de sus amigas durante todo el partido y al darse cuenta que él no estaba ahí esperándola, se inquietó.
Ahora, mientras Francisco hablaba, ella pensaba: – ¿Se habrá ido a casa? ¿Estará bien? Estuve echándolo todo este tiempo… ¿Se habrá molestado?
Se sumía en sus pensamientos mientras el chico lindo estaba frente a ella moviendo y moviendo los labios, pero sus palabras no llegaban a penetrar sus oídos; de pronto, ella dijo: ¡Francisco, tengo que irme lo siento! ¿Puedes llamarme después? ¿salir a algún lugar y dar un paseo?
– ¡Claro que sí!- contestó él
Ella le anotó su número en un trozo de papel, se lo dio y echó a correr hacia la parada de autobuses, por suerte logró abordar uno rápidamente dirigiéndose a casa; unas cuadras antes de llegar, ve a Mario que va caminando despacio y con la mirada puesta en sus pasos; ella se apresura a bajarse del autobús y corre hacia él.
El la ve y finge no hacerlo pues sigue molesto, aunque en el fondo reconoce que está muy feliz de verla, continúa caminando indiferente y ella colocándose a su lado decide acompañarlo.
– Quiero decirte algo… lo siento – expresa ella.
Mario guarda silencio.
– Amigo, aunque tenga una persona que me guste y mi corazón lata fuertemente a causa de él, ¿Cómo podría olvidar nuestro tiempo juntos? para mi siempre serás una persona valiosa, aunque a veces me moleste contigo o decida hacer cosas sola.
Mario comprendió que había sido egoísta, por querer a su amiga solo para él y que el amor no puede forzarse, debe darse desinteresadamente y, sonriendo, le dice:
– ¡Amiga, estás disculpada!, amores van y vienen, pero la amistad es algo que no debe por ello perderse, pues cuando se van, ¿acaso no son los amigos los que quedan?, por eso, hagamos todo lo posible por conservar nuestra amistad.
El le puso su brazo sobre los hombros y ella el suyo en su cintura y ambos comprendieron que debían respetar los sentimientos del otro y luchar por su amistad.
