Matrimonio en San Pedro Nonualco

la boda

Los cerdos pasaban correteando encima de las gallinas, se subían a las camas persiguiendo a los gatos y los gatos a las ratas. Ruido de estropicio de ollas, peroles, voces de mujeres que ponían la masa.

Por Dr Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Edgar Pacheko.

1971, CIUDAD DE MEJICANOS, EL SALVADOR. Fito escuchaba “American Woman” y la repasaba en un requinto de Moncho “Callo” Avilés.
 Don Francisco varias veces agarró a patada limpia la puerta de la habitación de su hija Sofía Antonieva pues desde su cama tiraba escupitajos por doquier y en varias ocasiones patinaban en el suelo los que caminaban sobre la saliva agria.

La madre de Sofía, la señora Pavlova, de carácter fuerte, celosa, acomodada en hacer travesuras con la complicidad de Sofía, hacía encerronas en donde confabulaban qué hacer y deshacer con don Francisco y a los dos pequeños hermanos de Sofía.

Los jovencitos aguantaban los millones de mosquitos durante las noches, el tufo nauseabundo de la barranca, las madrugadas, además de no pasar de tener un pantalón para la escuela y otro remendado para estar en casa. Un solo par de zapatos y un par de sandalias que bien servían para el baño ocasional que para ir a jugar a la pelota.

Así era de especial ese año en que un par de pupusas era boda de cardenal. Los niños parecían entenados o sacados de un hospicio, con ropa remendada del fondillo y corte de pelo al rape de coco, zapatos con clavos y comían de mal en peor. A todo esto se sumaba el comportamiento de Sofía.

La señora Pavlova le dio permiso a Sofía para que sin el conocimiento de don Francisco, fuera al matrimonio de una familiar, diría con otras primas cercanas se reuniría crema familia de parte de la novia y del novio, con la novedad que el matrimonio sería en el poblado de San Pedro Nonualco, en un pueblo rústico polvoriento, caluroso con calles sin alcantarillas, cerdos por doquier, tres cantinas con frecuentes peleas por un trago; una alcaldía y la iglesia con un sacerdote de origen italiano que por las tardes se ponía un overol azul más estorbando que ayudando a colocar ladrillos reconstruyendo la iglesia.

Sofía y sus primas hicieron la meticulosa preparación de maletas con el entusiasmo escondido. Salió de madrugada en un carro de un familiar, pero contenta de hacer lo que a don Francisco le molestaba. Se fue apretujada desde la ciudad de Mejicanos.
Llegaron cuando el sol se estaba poniendo, pasaron calles polvorientas e incómodas por haber abundantes piedras y vacas atravesadas en las calles estrechas. Por fin llegaron entre aullidos de perros, charcos con niños lodosos, desnudos y curiosos, además borrachos que ya habían comenzado la celebración.

Era una casa enorme de dos naves de techos de arcilla, paredes de adobes y que se alumbraban con luz de candiles con keroseno.
Habían mujeres jóvenes preparando tamales de pato, gallinas al pastor, pavos en salsa de tomate, arroz en guacales enormes además quesadillas con chocolate.

En el patio estaban asando un torete entre cuatro hombres que removían las brasas candentes y dos mujeres le echaban con brochas vinagre, pimienta con sal y limón a la carne que crujía por el calor y la grasa.

Los cerdos pasaban correteando encima de las gallinas, se subían a las camas persiguiendo a los gatos y los gatos a las ratas. Ruido de estropicio de ollas, peroles, voces de mujeres que ponían la masa, cortaban trozos de carnes de cerdos para el sancocho. Molían en piedra los tomates con especies y hojas de laurel.

Sofía vio el desorden no encontraba donde pararse le dieron un taburete para que se sentara y se acomodó con la prima que le hacía la segunda, para reírse de ellas mismas y hablar acerca de cómo hacerse el mundo a la medida.

Un hombre de sombrero de palmas hediondo a sudor, descalzo y machete en mano les ofreció un refresco embotellado con marquesote.

Las luces eran tenues por candiles distantes. Así pasaron hasta que fueron las once de la noche. En ausencia de sanitarios de fosa y mucho menos de los convencionales de la ciudad fueron detrás de un huerto, en donde dormían los cerdos.

Después buscaron un lugar para dormir. Les señalaron una cama de maderos y tiras de cueros de vacas con sábanas de colores con flores copiadas de alguna selva pues una de ellas tenía un Quetzal bordado al centro.

A las cuatro de la mañana se levantaron a lavarse la cara en un enorme barril con agua de lluvia. Fueron a la cocina a preparar el café, y encontraron quesadillas recién salidas del horno, se sirvieron y fueron a comer bajo unos arbustos. Así pasaron hasta las ocho de la mañana platicando y abanicándose con un sombrero los miles de mosquitos finos.

El monstruoso sonido estridente de los instrumentos de viento metal tocados por la banda regimental, las llevó hacia la bulla.
La novia Clodomira Montes, estaba con dos costureras en el galpón de los granos, le colocaban zurcidos apresurados en el vestido blanco.

La banda regimental hizo pausa y volvió La Paz en los oídos.

Muchos hombres estaban colocando ramadas de palmas y gallardetes en el patio central de la casa. Además adornaron la puerta de alambre de púas.
La novia al fin salió con la madre; iba muy borracho el padre de ella con un saco morado, sin corbata y con los pantalones orinados, aparte de estar descalzo pues llevaba los zapatos en la mano.

Se fueron seguidos por un conjunto de hombres contratados para tocar melodías y canciones con mandolinas, guitarras y violines; una de las canciones a petición del padre de la novia fueron: “el mariachi loco quiere bailar”, “la brujita” y otras de Toño Aguilar.

Muchas personas se sumaron a la procesión hasta la iglesia en donde la esperaba la otra mitad del pueblo con el novio Ruperto Pilatos en la puerta, este iba con un traje gris a rayas y de pantalones de ruedos cortos.

Los pajes eran niños gemelos de cuatro años que habían llegado con Sofía , iban bien vestidos con ramos de flores de azahar.

En medio de la procesión siete cantineros con cántaros de licor clandestino repartiendo guacales con bocas: mangos tiernos con sal y hojas de jocote. El padre de la novia iba gritando con botella en mano.

Doce muchachas vestidas de celeste tirando confeti y apartando los puercos, colocaban tablas sobre los charcos, en donde se cayó cinco veces uno de los borrachos de manera que llegó mugre a las gradas de la iglesia colonial.

Un burro que tiro la carga de bananos frente a una de las cantinas inició un escándalo pues el dueño era un hombre apodado “cutuco” por pequeño fornido y de mal carácter, nieto de otro Herrero con el mismo apodo. Esto vino a caldear los ánimos entre las familias.

La gente no cupo en la iglesia y Sofía con la prima lograron entrar a empujones porque eran las encargadas de llevar la cola del vestido con los pajes y de tirar el arroz de la abundancia a los futuros esposos.

La misa inicio con un ave María de Schubert, lo cual fue nuevo entre los presentes, pero se alegraron cuando entraron los mariachis “Guadalupanos”, pagados por un tío del padrino.

Tocaron “El son de la negra” que iba muy bien con la ocasión, al suegro le tocaron “Las golondrinas”, estaba encunetado, olfateado por dos perros callejeros cerca de un muro del almacén del turco Handal Faisal, precisamente donde dormía a veces Leonzo Martínez el acaudalado estibador de café, que lo beatificaron porque donde murió nació un rosal después de su muerte en 1932, estaba más poblado de rosas rojas y creció tanto el rosal que en cierta ocasión le rompió las alas a un avión biplano que daba exhibiciones aéreas.

El padre, en medio del calor y el tufo a ganado en reposo de la muchedumbre, dijo la misa incluso por los parlantes municipales, pues el Alcalde don Arturo Cuéllar, narrador nato de cuentos no quería perderse detalle de los acontecimientos de los pueblos vivos y sus costumbres.

Las ventas de dulces de camote y panela, alborotos de maicillo, algodones rosados en dulce, las minutas de guayaba con miel de jocote, panes con carne de armadillo, frascos de manteca de culebra para curar úlceras cancerosas; cerca de los pilares de la Alcaldía. la misma en que pasó frente a ella muchos años antes Jerónima Rodas y su hermanito Salvador, a los 5 y 4 años cincuenta años antes.

La gritería: ¡que vivan los novios!, seguidos de la fanfarria de la banda regimental hizo que la población agarrara platos y vistiera a los niños descalzos y lodosos para la comilona. Entonces Sofia y la prima tiraron a puñados el arroz, la novia llevaba en una cajita de cartón las monedas bendecidas.

El novio se quitó la corbata y se secó el sudor con el saco.

Comenzaron a caminar hasta la casa para la fiesta.
En un carretón tirado por bueyes iba Catarino Bernal de ciento tres años de edad, fumando un puro de tabaco y con ayuda de algunos de la banda regimental subieron al papá de la novia, muy borracho.

El grupo de violines, mandolinas y guitarras iban detrás de los novios entre la muchedumbre.

Al entrar al umbral de la casa, un fuerte aplauso de los curiosos dio el indique a la orquesta regimental que la esperaba con el valse “Alejandra”.

El agredido por botarle la carga de plátanos al burro estaba ebrio escandaloso y fue a reclamarle al novio, no hizo caso pero se molestó y la fiesta siguió entre tamales, pasteles de carne, pupusas, carne de cerdo, atole de maíz, chocolate y quesadillas y el abundante aguardiente surtido por la tía Tomasa, a los ciento cinco años de edad, que repartía las botellas tanteando con las manos

Los mariachis alternaron con la filarmónica de manera que todo el pueblo bailaba dentro o fuera de la casa aprovechando que sacaban platos con tamales y chocolate para todos los gorrones que bailaban de gratis.

Dos borrachos estaban bailando muy juntitos, un sujeto burlón le tocó las nalgas a uno de ellos y les dijo: baila bien la “Rosita”; ahí comenzó la trifulca. Los Rodas con sus tragos se encontraron con el “Cutuco” tan o más fornido y pequeño como su abuelo, fue a parar entre los sopladores de la regimental, con estruendo de metales, volaron pedradas y garrotazos, patadas y manotazos, tirándose del pelo dos borrachitas, peleando por un plátano.

Sofía y la prima se metieron a la casa y se escondieron en un ropero enorme con olor a flor de palmera de Coyol. El safarrancho y la música seguía. Los borrachitos aprovecharon para llevarse un barril de chicha y medio burro asado con pimienta y mostaza.

Al amanecer del segundo día aún los borrachos bailaban sin música, agarraron hasta los plátanos tirados por el burro y se fueron; quedó un tiradero de basura, instrumentos de cobre aplastados. Un enorme desorden.

Sofía y la prima salieron de su escondite, buscaron a sus primos entre los golpeados, subieron a los carritos marca Hillman, se dirigieron de nuevo a la civilización en la ciudad de la barranca con mosquitos.

Riéndose después de cenar con su madre la señora Pavlova se entretenía en la sobremesa escuchando la forma en que se celebraban las bodas en Santa María Ostuma y San Pedro Nonualco. Porque así se casaron sus hermanas incluso ella misma, con música de violines, carne de burro y trifulcas entre los lugareños.

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