De pronto el Torogoz alzó vuelo directo hacia la lombriz y súbitamente regresó asustado y muy tembloroso a posarse a una rama más alta del árbol de jocote.
Por: Dr. Adán Figueroa.
Ilustración: Mely.
Ahí pasaba inmóvil, parado en una rama del palo de jocote, en el patio trasero de la casa.
Su potente vista casi telescópica le permitía siempre localizar el momento preciso en que las lombrices emergían entre la verde grama. Al verlas se alzaba en vuelo raudo y de un picotazo atrapaba a la aterrada lombriz. La lucha se iniciaba,ella por salvar su vida, él por obtener su almuerzo.
El forcejeo era feroz y pronto acabaría. Como siempre el más fuerte terminaría derrotando al débil. La lombriz no pudo más, su alargado cuerpo se rompió y el hambriento animal se elevó de nuevo a las ramas del jocote a degustar su alimento. Sacudió su plumaje verde que dejaba ver en su abdomen un café brillante no menor que el azul de su cuello. Limpia su pico en la rama del árbol y ya saciado el hermoso Torogoz, hermano gemelo del Talapo, parte con rumbo desconocido.
Gabito había observado la triste escena cuando la lombriz perdió la batalla contra el Torogoz y dijo: esto no volverá a pasar frente a mis ojos.
Todas las tardes como a las dos, Gabito se sentaba cerca del árbol de jocote esperando a que el torogoz se apareciera para darle una lección. Después de varios días, una tarde soleada y cargada de silencio llegó el deslumbrante torogoz a posarse sobre una rama del árbol. Gabito no se movía para no asustarlo; solo lo vigilaba mientras este buscaba con sus ojos telescópicos, alguna lombriz distraída para su almuerzo.
Al poco rato, el torogoz dio un salto sobre la rama y se quedó viendo fijamente en la distancia como una pequeña lombriz asomaba su cabecita entre las puntiagudas hojas de la verde grama.
– Hoy sí, ya la hice, dijo el torogoz y sacudió su par de plumas azules en el extremo de su cola.
Estaba muy contento porque cerca de la lombriz caminaba un ciempiés que se deslizaba sobre una pequeña piedra.
Mientras movía su cola de alegría, Gabito también estaba listo para contrarrestar el ataque del Torogoz. Se le quedó viendo fijamente a los ojos y con una concentración que jamás había experimentado, emitía unas ondas magnéticas invisibles hacia los ojos del Torogoz.
La mamá de Gabito observaba a su hijo y se preguntaba muy extrañada ¿Cómo era posible que su hijo permaneciera tan quieto, inmóvil por tanto tiempo?
– ¿Estará enfermo mi Gabito? No, no puede ser, se contestaba ella misma.
De pronto el Torogoz alzó vuelo directo hacia la lombriz y súbitamente regresó asustado y muy tembloroso a posarse a una rama más alta del árbol de jocote.
Gabito se puso a reír muy contento al ver lo sucedido y el torogoz partió en vuelo sin regreso por la mala experiencia que había pasado.
– ¿Y por qué te ríes, hijo? le preguntó su mamá.
¿Viste mamá? ¿Viste como asusté al Torogoz que se quería comer a la lombriz y al ciempiés que están allá por aquella pequeña piedra.
– ¿Cómo hijo, si no se ve nada?
Bueno, te lo voy a contar. Es que yo lo asusté con mi poder mental. Pero no vayas a contárselo a nadie.
– ¿Cuál poder hijo?
Mira mamá, yo me concentré fuertemente hasta lograr que el Torogoz al acercarse a la lombriz para comérsela viera al ciempiés que está junto a ella. Pero lo iba a ver muy grande. Imagínate nada más a un ciempiés enorme, gigante que va caminando hacia ti con sus cincuenta zapatos de un lado y los otros cincuenta del otro lado; ¿Cómo no le va a dar miedo con tanto ruido que hace con los zapatos? ¿No crees mamá?
Ella se le queda viendo, le sonríe y con su mano derecha le acaricia la cabeza. Sí hijo, sí.
