La Tolita y el pequeño Gabriel

Tolita2Cuentan, que semanas después, un día domingo por la mañana, la Tolita llegó acompañada de sus padres a la casa de Gabrielito, quien muy contento extendió su brazo para que la Tolita se posara.

Por Dr. Adán Figueroa.

Iniciaba el mes de mayo y las primeras lluvias caían, no todos los días, pero era un aguacero tremendo que brotaba de las nubes grises sobre la gran loma.

En los alrededores de la casa de Bosques de Santorini, muchos pajaritos se veían entusiasmados y ajetreados en el ir y venir a la pérgola adjunta a la casa donde dos tortolitas trabajan afanosas en la construcción de su nueva morada.

– Oye abuelo, dijo Gabriel, ¿y esas palomitas por qué llevan pedazos de ramas en sus picos?

Es que están preparando su nido, hijo, y esa enredadera de granadilla les va a servir de refugio y protección para las inclemencias del tiempo y de otros pájaros que les causan daño.

– ¿Y para qué hacen los nidos abuelito?

Bueno, ahí ponen sus huevos y la tortolita pasa entibiándolos todo el tiempo hasta que nacen sus hijitos. Si las observas, es un trabajo de todo el día de recoger ramas, entretejerlas y así, poco a poco van estructurando su nido. Después de algunos días una tortolita tomará posesión en el nido y allí permanecerá inseparable de los huevos a quienes dará calor con su pequeño cuerpo emplumado. Su fiel compañero será el responsable de acarrearle el alimento necesario para que no abandone su nido.

– ¿Y si llueve abuelo, para dónde se va la tortolita?

Llueva, truene o tiemble, esa futura mamá no se moverá. Su responsabilidad es velar porque sus hijos nazcan y cuidar de ellos.

– ¿Y otros pajaritos también hacen nido?

Acompáñame. Ven y fíjate en aquel naranjo. Dime Gabrielito, ¿Qué ves?

– ¡Ah! Allá están haciendo otro nido. ¿Y ese de quién es abuelo?

Ese nido grande que ves, es de guacalchías, esas aves bulliciosas, inquietas y alborotadas que saltan en el muro de un lado a otro.

– Abuelo, ¿Y aquel nido que está en lo alto, en aquella rama y que cuelga, de qué es?

Ese es de chiltota. ¿sabes cuáles son las chiltotas?

– No ¿Cuáles son?

Son unos pájaros anaranjados con unas rayas negras, son bien bonitas. Esos siempre hacen sus nidos en las alturas. Son mecidos por el viento y no se caen. Dicen que cuando los hacen en la parte baja de los árboles es que en el invierno va a haber mucho viento y si los hace bien altos como ese, es que no habrá viento fuerte.

– Oye abuelo, ¿Y siempre hay bastantes nidos?

No hijo, es la época. Hoy es tiempo de reproducción. Ya vas a ver en unos cuántos días, cuando nazcan todos. Está pendiente, oíste.

Pasaron los días y las noches y el pequeño Gabriel siempre salía a ver los nidos y nunca vio nada. Al poco tiempo después se le olvidó y dejó de revisarlos.

Un domingo por la mañana como a eso de las ocho, mientras todo estaba tranquilo en la casa; Gabrielito tocó con urgencia la puerta del cuarto del abuelo.

– Abuelito, abuelito, despierta, decía con voz alegre llena de entusiasmo, ¡Despierta!.

¿Qué pasa hijo?

– Ven, ven, apúrate, ven a ver.

Lo tomó de la mano y lo sacó apresurado hasta el patio.

– Mira abuelo, mira.

El abuelo se quedó impresionado al ver la cantidad de aves que había en el patio.

– Ya ves, yo te dije que estuvieras pendiente.

En la quietud de la mañana el sol iluminaba tenuemente el patio trasero de la casa. Tortolitas, guacalchías y chiltotas saltaban en la verde grama, comiendo insectos que ahí habitaban. Todos, los papás con los pajaritos tiernos comían y saltaban y hasta daban sus primeros vuelos, cortos pero, era el principio de su nueva vida.

Hasta un Cenzontle saltarín con su diminuta cola se había hecho presente en la fiesta de los pájaros que mantenían inquietos y vivaces a los ojos del también, pequeño nieto.

Todo era completa paz y armonía; pero en lo alto de un árbol de zapote, el temible zanate observaba a todo los pequeños pájaros que revoloteaban juguetones en el patio de la quieta casa.

De pronto se dejó caer y se dirigió sobre una tortolita atacándola a picotazos. Todos los que pudieron volar salieron en estampida cuidando de su vida. La pequeña tortolita apenas logro introducirse en la casa buscando refugio. Gabrielito vio cuando el zanate la continuaba persiguiendo y corrió para protegerla. Al verlo el temible Zanate voló de nuevo a lo alto del zapote.

Gabrielito, tomó con sus manos a la asustada tortolita que sangraba de su cabecita.

No te preocupes, le dijo Gabriel, ya estás a salvo. Yo te voy a cuidar y alimentar mientras le sobaba con sus dedos la cabecita.

La llevó con su abuelo y él la curó y continuaron dándole protección hasta verla recuperada.

Después de varios días, Gabriel y su abuelo dispusieron dejar en libertad a la Tolita, así la había llamado Gabriel durante todos los días que pasó pendiente de ella hasta que por fin la vieron en buenas condiciones.

Salieron con ella al patio trasero de la casa y con mucha tristeza y unas lágrimas en los ojos, el pequeño Gabriel la impulsó hacia arriba para que alzara vuelo.

La Tolita se elevó rápidamente y se paró en una rama del palo de jocote que estaba a unos metros del pequeño Gabriel. Fijó su mirada tierna salpicada con gotas de melancolía en sus salvadores y voló, voló, voló sin mirar atrás.

Cuentan, que semanas después, un día domingo por la mañana, la Tolita llegó acompañada de sus padres a la casa de Gabrielito, quien muy contento extendió su brazo derecho para que la Tolita se posara en él y juntos recorrían y disfrutaban la tranquilidad del patio. Así continuó llegando domingo a domingo a visitar a su amigo y salvador y pasaban momentos agradables e inolvidables.

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