El soldado ante el Rey de la Luz

cuento ElsyEl soldado ya sentía pesada su armadura, tenía hambre y sed, levantó la cabeza para mirar al rey, pero en vista que el tiempo pasaba y éste no decía nada, sus ojos comenzaban a distraerse…

Por: Licda. Elsy Ch.

En un salón amplio, lleno de lujos, sus paredes pulcras y su techo majestuoso en forma ovalada, con decoraciones color oro brillante, sin luces que lo iluminaran desde arriba, ni una lámpara o candil y un inmenso trono cuya posición se elevaba sobre el suelo, estaba sentado un hombre imponente de piel brillante y resplandeciente, que iluminaba casi todo el palacio con su luz.

Se encontraba en completo silencio, cuando se abrieron las puertas de golpe y de par en par, el sonido retumbó por todo el salón, cuando se ve entrar a un hombre polvoriento, con armadura de soldado, ésta se encuentra sumamente desgastada, aboyada en ciertas partes, sus pies están llagados, parece que caminó muchos kilómetros, pues cojeaba, estaba herido en un costado y en su rostro, iba sangrando aunque no de gravedad, entró al palacio y lentamente comenzó a caminar hacia el rey.

Iba con temor, iba despacio, se veía avergonzado y decepcionado, como sucede con aquellos que anduvieron perdidos y que regresan sin encontrar lo que buscaban, pues apenas y levantaba su cabeza.

Se veía cansado de tanto vagar, como un mendigo, venía dispuesto a rendirse a los pies del Rey; no había sido fácil matar su orgullo y aceptar que estaba equivocado, quiso aferrarse a tantas cosas: a su fuerza, a su fama, a su gloria, a otras personas y a su inteligencia, pero todo aquello había durado poco y estaba lejos de sentirse satisfecho.

Seguía caminando hacia el Rey, lentamente y sin detenerse, sentía que tardaba en llegar a los pies del trono toda una eternidad, no solo por el hecho de encontrarse herido, sino porque su orgullo no se había doblegado jamás; cuando al fin llegó a su objetivo, se postró de rodillas ante el Rey y comenzó a sollozar…

Antes fue llamado para servir al rey de la luz pero se negó a hacerlo, pues ello implicaba que debía poner toda su vida a su servicio, obedecerle sin titubear o renegar, anulando muchos criterios de la razón, pues debía hacer cosas absurdas como aceptar humillaciones sin decir una palabra o devolver bien en lugar de mal; para el soldado esto era ilógico, pues ¿cómo sobreviviría un reino de esa manera?.

Fue por esa razón que en ese entonces decidió servir al oponente: al rey de la oscuridad; en un principio, le ofrecieron toda clase de bienes y todo era tan apetecible a sus ojos que no había cosa que no deseara; pero al final, aquellas bestias, es decir los servidores, que eran los soldados de más alto rango en el palacio del Rey de las tinieblas, lo habían atacado y sometido por la fuerza cuando se fue apagando su deseo de colaborar con ellos por su propia voluntad y lo obligaron a hacer muchas cosas que lastimaron a otros y a él mismo, sintiéndose finalmente culpable y vacío.

Por las noches pasaba horas mirando desde lejos toda la luminosidad que salía del palacio del Rey de la Luz, era tan radiante que parecía que tocaba el cielo y en su corazón comenzó a crecer como una llama, el deseo de volver.

Fue difícil alejarse del Rey de la Oscuridad, pues los servidores le observaban día y noche y le atacaban con duros pensamientos, sentía lazos que se extendían sobre él y que no podía romper, no le permitían moverse a su antojo, haciéndolo estar a su total disposición y aunque pensara decir no a sus peticiones, casi siempre salía de sus labios un sí por respuesta.

Las pesadillas lo atacaban por la noche y su conciencia gemía por haber abandonado el bien por el mal; una noche mientras dormía, le pareció tener una visión de lo que parecía un ángel que se acercaba a su oído y le susurraba: “te dejaste vencer por el maligno” y sin más desapareció. El ángel se había ido, pero no sus palabras, pues no dejaron de resonar en su mente y en su corazón, hasta que tomó la decisión definitiva de escapar de aquel lugar.

Años antes, cuando decidió servir al Rey de la oscuridad, fue recibido alegremente en su palacio y despojado de su antigua armadura: su escudo, su yelmo, su espada… todo. Quedó desnudo y se le dio una nueva vestimenta que le pareció tan cómoda, suave y ligera, como todo lo que veía en esos momentos y se le ofrecía, dándole una sensación de gran bienestar, pero esto solo fue el anzuelo, porque duró poco tiempo.

Después, cuando quiso escapar, tuvo que valerse de trucos y distracciones, para ir recuperando poco a poco toda su armadura y hasta que la tuvo completa pudo luchar, defenderse y huir; fue herido, pero siguió luchando sin rendirse, fue un largo camino el que tuvo que recorrer, pero alcanzó su objetivo, estaba ahí de rodillas frente al Rey de Luz, estaba arrepentido y lamentándose de haberse apartado del camino correcto.

El Rey de la luz solo callaba y le observaba, su luz era constante, el soldado no se atrevía a levantar la cabeza, pasaron horas de esa manera, días y el rey inmóvil no pronunciaba palabra alguna, su mirada era amorosa, compasiva, pero el silencio sepulcral.

El soldado ya sentía pesada su armadura, tenía hambre y sed, levantó la cabeza para mirar al rey, pero en vista que el tiempo pasaba y éste no decía nada, sus ojos comenzaban a distraerse en las cosas que estaban alrededor y trataba de descifrar qué era lo que estaba más allá de la luz.

No tardó en darse cuenta, al observar fijamente que habían servidores en la oscuridad y que estaban moviéndose inquietos de un lado a otro, enseñando sus dientes y sus lenguas sedientas de sangre, cuando trataba de verlos más de cerca, caminando hacia ellos, lograban atraparlo con sus garras y sus dientes, por lo que varias veces resultó arañado o mordido y al caer al suelo lastimado, sus ojos volvían a su rey y se preguntaba ¿qué era aquel espectáculo en el que él solo miraba sin decir nada, sin mutarse ante sus heridas y guardando solo un profundo silencio?

Pero después de cada ataque, solo volvía a postrarse una y otra vez de rodillas ante el Rey, poco a poco se dio cuenta que aquellos servidores no podían penetrar la luz y que si resultaba herido era porque él se acercaba lo suficiente como para que esto ocurriera, pero que si permanecía postrado ante la majestuosidad del rey, con sus ojos puestos en él, nada ni nadie podía dañarle.

Los servidores deseaban atraerlo con burlas y amenazas, provocar en él toda clase de malas emociones: rencor, tristeza, enojo… no solo contra sí mismo, sino contra el rey que parecía indiferente a su dolor; habían días duros en los que les prestaba atención y gritaba al Rey en son de reclamos, con deseos de ira y de venganza; pero en otros, se sentía arrepentido y a él confiado ya que, después de todo, le permitía estar ahí al cobijo de su luz, donde se encontraba seguro y era amado.

Pasaron días, meses, años y el soldado permaneció a los pies de su señor y al morir, se llevó consigo una lección: que en la vida existen tantas distracciones y todas ellas aunque brillan y apetecen jamás nos harán sentir completos; que lo importante es permanecer en la luz, postrado a los pies del que está sentado en el trono, pues aunque a veces guarde un inmenso silencio, nos tiene bajo la protección de su luz y su mirada.

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