En varias ocasiones se ha quedado en la playa más tiempo del previsto, esperando que alguien pregunte el motivo de su regreso tardío, pero nadie hace una sola observación.
Por: Licda. Elsy Ch.
Camina por la playa, las olas vienen y van, no se detienen, el sol ardiente ha bronceado su piel, su rostro arde, pues es la parte más sensible y frunce el ceño ante el reflejo, el cielo está despejado y las hojas de las palmeras apenas se mueven, tiene mucha sed.
Sus pies se arrastran en la arena de la playa, no porque esté cansada, sino por la sensación de frescura que le da ir enterrándolos a poca profundidad, caminó toda la costa hasta el estero, era un camino largo.
Pero ella acostumbraba hacerlo con frecuencia, todos los fines de semana solía ir al rancho de playa de la familia porque no había nada más placentero que salir de paseo al mar.
En ocasiones se acurruca para ver como los caracolitos salen de sus casas, suben a toda prisa y caminan alrededor de la playa para luego sumergirse en su mundo de arena otra vez, pues aquella escena hace su paseo más placentero.
Micaela, además de ver los caracolitos recoge toda clase de conchitas que adornan la playa, las hay de varios tamaños y colores, a sus trece años aún las utiliza para jugar, va recolectándolas en un balde, pues cuando vuelve a casa, entra en su dormitorio y derrocha su imaginación colocándolas en el suelo, elaborando una casa bien equipada, con su cocina y todos sus dormitorios y hace de algunas conchitas que tienen formas extrañas y alargadas, los miembros de una familia, unas serán los padres y otras los hijos y utilizará una grande de coche, para que los lleve de paseo o al trabajo y a la escuela y representará lo que para ella debería ser un hogar.
Sus padres, acostumbrados al paseo de la playa, la dejan ir y venir sola, es una niña valiente y muy lista, llena de encantos; pero rara vez logra captar su atención, suelen llenarla de regalos, ropa, zapatos, pero no le dan lo que ella quiere: tiempo y es por eso que se sume en su mundo imaginario, donde lo que ella desea se convierte en el centro de atención y por momentos se siente llena.
En varias ocasiones se ha quedado en la playa más tiempo del previsto, esperando que alguien pregunte el motivo de su regreso tardío, pero nadie hace una sola observación, se sirve la cena y todo es hablar de negocios, de la próxima compra o viaje y después cada quien por su lado a su habitación para dormir.
Esta vez Micaela encontró en la playa un inmenso caracol y al llegar a su dormitorio lo pone en su oreja para escuchar el mar, eso la hace recuperar la tranquilidad perdida ante la indiferencia de sus padres, pues recuerda su amada playa con sus olas constantes y sus conchitas de todos colores.
Todos tenemos un lugar que visitamos en nuestros pensamientos cuando todo va mal, un lugar donde sentimos que podemos respirar paz y encontrar tranquilidad; espero que tú como Micaela, hayas encontrado un lugar hermoso al que viajar.
