la-azotea

Se bajó del borde y sentándose alzó la mirada y vio el cielo hermoso lleno de estrellas y se paró y vio el horizonte, con la ciudad perfectamen-te iluminada y sus edificios.

 

Por: Licda. Elsy Ch.

Estaba en la azotea de aquel edificio; había subido los escalones de diez pisos vagando en sus propios pensamientos. Lo hizo con calma, su respiración seguía el mismo ritmo una y otra vez, sin agitarse, sin percatarse del esfuerzo físico, solo seguía subiendo y subiendo, con su mirada fija en sus pasos, hasta que llegó a su destino.

Se acercó al borde, empezó a caminar sobre él, no sabía si trataba o no de guardar el equilibrio, la noche era estrellada y el cielo perfecto, el viento acariciaba dulcemente su rostro y sus cabellos, la ciudad se veía iluminada con luces del mismo color pero de diferente intensidad, los edificios, las casas y los parques hacían del paisaje algo hermoso, pero Ron no observaba el cielo, ni la ciudad, ni sus edificios ni sus casas o parques, solo miraba la oscuridad de la azotea y de sus propios pensamientos.

El vivió con su madre hasta la edad de quince años cuando ella falleció; a su padre no lo conoce ni de nombre y ahora él, con apenas diecisiete años, no encajaba en la escuela, se dedicaba a realizar trabajos eventuales que apenas le dejaban para comer y no tenía amigos, ni un lugar estable donde vivir y si no conseguía donde pasar la noche, subía a la azotea de ese viejo hotel abandonado, con sus zapatos desgastados y vistiendo arapos, dejándose invadir por los recuerdos de lo que junto a su madre un día fue y trataba de entender sus sentimientos.

¿Era tristeza por su ausencia? ¿Era dolor por su impotencia? ¿Era rabia contra la vida por haberla perdido? ¿Era desesperanza por las dificultades? ¿O solo desvariaba porque estaba fatigado y no había comido en varios días?

Casi siempre concluía que era todo eso… y más. Y se balanceaba en el borde de la azotea…

A un lado la muerte –se decía- salida fácil, fin al dolor, una caída rápida y muerte segura, probablemente ni me de cuenta cuando mi cuerpo toque el suelo y pronto pararé de caer; no como en la vida, que es como un foso profundo que no tiene fin y solo caigo y caigo y no paro de caer y cada vez estoy más lejos de la luz, sin salida.

Y si muero, ¿quién me extrañará? No soy más que un huérfano y vagabundo, ni siquiera frecuento los mismos lugares de manera que no tengo gente que me conozca, que me extrañe o me llore, no tengo abuelos o tíos o un padre, hermanos o una madre… y se inclinaba levemente hacia el vacío.

Por otra parte, -reflexionaba- qué salida más cobarde… ¿será cobarde? Se requiere de mucho valor tirarse o talvez de un momento de locura e irreflexión; sin embargo, es más valiente aferrarse a la vida que cuando la abrazas te desgarra y es de héroes luchar cada día por aquello bueno que aún no se tiene o que teniéndolo se procura conservar, es de cobardes dejarse vencer y renunciar… y se inclinaba hacia el edificio.

Se bajó del borde y sentándose alzó la mirada y vio el cielo hermoso lleno de estrellas y se paró y vio el horizonte, con la ciudad perfectamente iluminada y sus edificios, sus casas y sus parques y dijo en voz alta: En verdad, todo depende de la decisión que tome cada hombre.

¿Qué escogeré? Somos los hombres quienes escojemos qué ver y qué apreciar, hay cosas duras en la vida, es cierto, pero las hay hermosas también y todo es parte de viajar en este mundo… un día todo terminará, pero seré yo quien decida cómo, así que elijo luchar!!!

Y se marchó del edificio, con la cabeza en alto y no se daría por vencido jamás, encontraría un empleo, un amigo, un lugar donde quedarse, se encontraría a sí mismo.

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