Un magnate en el Parque Cuscatlán

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Llegando a una glorieta me senté y pedí un refresco embotellado, sin acordarme cómo iba. Poco faltó para que me sacaran a empellones, yo enseñando un billete de veinte, que creyeron era falso.

Por: Ranulfo Araya.

Ilustración: Samia Benítez.

ESTABA RETIRADO DE LA PUBLICIDAD “La Jurásica”, de aquellos tiempos de trabajo artesanal en convivencia con muchos y muchas que bien hubieran estado tan felices dentro o fuera del manicomio, escribiendo babosadas de poeta en las paredes, pintando caricaturas, peleas de perros con pedigrí, grabando comerciales para cigarrillos y perfumes para mujeres bonitas o manejar un carro clásico con un puro y sonriendo en el comercial de pasta dentífrica, ver a alguien tirado al piso y hacer pataletas por Pedrito el panzón encargado de la radio y televisión y otras tonterías en ese trabajo que apenas si daba para comer y tener una corbata decente.

Era domingo 4 de abril de 1984, un día soleado muy cerca del batallón de artillería con la corneta matutina y vespertina. Era considerado un escritor de los grandes y que podía durante el desayuno comer decente, leer en el periódico una de mis fábulas: “El Tiempo es Eterno”, de las buenas que escribí cuatro años antes, con su ilustración anónima una zorra con un pergamino y un cuervo rascándose la cabeza.

Muy satisfecho de cómo captó el ilustrador la idea del relato decidí ir a caminar al parque que aún está a un costado del Hospital para pobres; en donde en los días feriados, aún llegan muchas parejas a planificar los embarazos, otros a acostarse sobre la grama, comer desde Cuzuco y perro asado con pimienta y hojas de laurel.

Otros jugando fútbol, niños corriendo para hacerse un chindondo en la frente con los cotorreos de sus madres dando a gritos el diccionario de verduleras. Hombres fumando solos, acechando alguna muchacha descuidada de esas que trabajan en la servidumbre de casas modestas o de alcurnia.

Otros poniendo la cuchilla filosa en las costillas de alguno de los descuidados enamorados, para el sustento de sus noches de atraco. Decidí vestirme lo peor, un pantalón viejo roto y flojo además de sucio, que ocupo aún para cortar las incontables rosas ocres o arreglar las otras plantas del enorme jardín de mi casa. Complemente con un cincho de pitas, camisa cuadriculada con remiendos que ocupo para limpiar el carrito Fiat blanco y desempolvé un sombrero olvidado por un señor sordo y haragán abuelo de una amiga mía, que llegaba a limpiar las hojas de los tejados en los tiempos que aún vivía en este país, pues se fue para New York, en donde aún anda su alma caminando, comiendo guineos y trozos de sandia en las calzadas para los carros o camiones de carga , con la idea de visitar a familiares en la ciudad de Queens. O sea, Don Caballo de Palo, pues eso parecía.

Llegué y me senté en una banca de hierro sucio de letreros obscenos, me sacudí los zapatos de magnate que podrían delatarme que no era menesteroso. Iba para escuchar cómo se divierten y que dicen los pobres en su lugar de recreo, cómo enamoran a las cipotas ingenuas y cómo estas se dejan seducir intencionalmente o algunas casi arrastran sin ningún tapujo a hombres que ellas llegan a escoger con urgencia para ir a un Hospedaje de esos días : “El Dólar de plata”, a una cuadra del parque Bolívar.

Algunas bancas tenía letreros más religiosos: DIOS TE AMA… CRISTO VIENE PRONTO; era metálica, amplia bajo la sombra de un árbol de San Andrés, agarré una rama gruesa a manera de completar el aspecto de uno más y tener con qué defenderme por los atracos comunes en ese lugar, pero no fue necesario, hubo quienes se acercaron y hasta me dejaron unas monedas, algún pan ya empezado que no querían, llegaron al colmo de tratar de convencerme los hermanos de una entidad religiosa de las cuales en esos días estaba sin motivación en fervores presentados por la salvación aún no comprendida.

A excepción de cuando llegó una mujer bonita y de muy buen cuerpo a darme un sermón del cual solo recuerdo su cara de ángel y quizá mi cara de tigre con hambre.

Tomé agua del chorro público y seguí a la joven bonita que iba con un joven y se trataban con cariño. Ella le decía “Caramelito” y él “Cosita rica”.

– “Vaya, aquí comienzo en este repertorio”, pensé.

Habían dos parejas tiradas en la grama mientras los críos corrían jugando de cualquier cosa. Una mujer le dijo al marido: “Oye gordo”, ve a comprar dos paletas. Contestó: “sí gorda” y ambos eran tan flacos que nada tenían que ver con ese apodo de obeso. La otra pareja se trató de “negro” y “negra”.

“Bueno, dije, ahí sí van bien.”

Otros, dame un besito “chata”.
 Sí mi “chato”¡Mua!. – Los dos eran narizones.

Otros que seguí eran ciegos, una mujer y un hombre, ambos con bastón de aluminio, llevaban sombreros tejidos con colores vivos y camisas cuadriculadas, él cargando una guitarra y la mujer un contrabajo enorme y remendado con remaches para tapizar muebles burdos; se ganaban la vida tocando y cantando las canciones de “Cornelio Rey” y “Chente Aguilar”.

En ese momento pasó trotando cerca una mujer muy bonita y hermosa como yegua de raza buena, con traje de leotardo negro, iba con audífonos, su perfume de gladiolos importados. La mujer ciega pujó: “Uhmmm, Pedro, qué vas oliendo?”

¡Nada, nada! Mi terroncito, ¡nada!…

Ya te oí como respiras y caminas más de prisa, acaso te gusta esa mujer?…

¡No que va, Para nada, nadita!…

Sí te gusta porque respiraste muy profundo…

No mi amor solo a vos te huelo.

Los seguí de cerca y ella lo llevaba por otro rumbo diciéndole palabras de alto calibre, se calló hasta que le pegó una patada en las nalgas.

Pasó un hombre obeso con el cuello muy similar al del can, iba en calzoneta, enorme, color rojo con amarillo, corriendo con un perro Bulldog, el perro llevaba una camisa de un equipo de fútbol muy popular y con el número comprometedor del campeón goleador de un equipo español, ambos iban dando el alma por un poco de agua, jadeaban igual. No pude distinguir quien lo hacía peor.

Llegando a una glorieta me senté y pedí un refresco embotellado, sin acordarme cómo iba. Poco faltó para que me sacaran a empellones, yo enseñando un billete de veinte, que creyeron era falso.

Un borrachito de goma se fijó y acercándose me dijo : -Vengase allá hay un grifo , el agua es fresca y no lo quita nadie a menos que sea el policía que no quiere vagos.

Me fui conversando de su vicio, sus desgracias; mientras basureaba buscando algo que pudiera servirle, lo echaba al saco de tela muy sucio que llevaba en el hombro izquierdo, por la necesidad de la costumbre de comer, guardaba desde cartones, latas de aluminio hasta pedazos de tortillas y algunos macarrones rancios.

Tomé agua con él, pero no accedí a la comida que me compartía de buena gana.

Un trago de licor me dio, ese sí lo sentí bueno. Me despedí hasta de abrazo y con la promesa de volvernos a ver y ponernos una borrachera a muerte por la miseria del hambre y los tiempos pasados que siempre han sido mejor que los de ahora.

Era Santos Rivera, un profesional en desgracia, gran intelectual que perdió toda su fortuna por la guerra civil y lo que le quedaba era vagar por las calles tratando de olvidar lo que tuvo y que no recuperó.

Cierto día fui a buscarlo con intención de ayudarle y no lo encontré, me subí al carrito Fiat blanco, me dirigí a una conferencia de Prensa en La Universidad Nacional, acerca de mi reciente Novela “La Catedral del Infierno”, de éxito mundial incluso con escala en Estocolmo para una medalla colocada por el Rey en persona.

En el portón de la Universidad Nacional encontré a Santos Rivera, pidiendo para comer. No me conoció. Saqué un billete de 100 y se lo di. El me dijo mientras me besaba la mano: muchas gracias patrón. Dios lo bendiga!.

-Ya no te emborraches por el pasado, si quieres hazlo por el presente, vete a vestir y bañar, come algo bueno y busca un amigo y lo invitas.

Se me quedó mirando, pero no me conoció.

Así lo haré, alcanzó a decir mientras me llevaba la turba de periodistas a empujones y preguntas. Como detesto las fotografías por mi timidez genética, me puse el sombrero negro de tela que me regaló mi buen amigo diseñador gráfico de las portadas de mis libros el gran Edgar Frederik Pacheko.

El siguiente domingo fui otra vez vestido de vago y pude comprobar que los mismos vendedores de paletas y otros de mango rallado estaban vendiendo a los pobres que no tenían más que sentarse en la grama y esperar a las puntuales jóvenes a las citas de enamorados y acaramelarse sin importarles la vida, el calor o las hormigas.

Iban a comer panes con salchichas al camioncito de los panes con Chorizo, hacían cola como para ir a ver una función de los “Tigres del Norte”.Y bailar hasta el amanecer sin importarles que sería lunes día de trabajo.

Incluso algunas meretrices muy hermosas regresaban casi borrachas al bar “El Panamá”, en el puerto de La libertad.

Ahí estaba Santos deseando un choripán, con mejor ropa pero siempre con los zapatos viejos.

Como ya tenía planificado el vuelo a Francia para el siguiente día. lo llevé a tomar un cerveza y comer punta jalapeña en un comedor del mercado Excuartel.

Vimos los enormes peroles de chanfaina con patas de cerdo, los huesos de res en sopa de frijoles blancos, arroz con cuche, asados de toda clase y los dulces de camote.

Desde luego a las muchachas hermosas, serviciales y lambisconas, parecían potrancas que habían reventado el lazo, se reían de cualquier cosa, incluso de lo que pedíamos para comer, parecía que lo inventaran antes de que pensáramos en nuestro gusto.

Hablamos y bebimos hasta ver a las dioses romanos.

– Adónde vives?

En cualquier parte, pero duermo en los portales de los almacenes o bajo un almendro cerca de la Universidad Nacional. 
En efecto ahí tenía su tambacho de cartones viejos y un cuero de una vaca pinta, todo amarrado con alambre de cobre.

-Bien… desde ahora te vas a un lugar decente.

Le di un fajo de billetes. Vive pensando en ahora, el ayer es cicatriz. Si puedes busca a tu familia.

Me comentó detalle a detalle cómo murió su familia, mujer, hijos, perros, las vacas y gallinas por la metralla . Además expulsado de sus tierras y sembradíos.

Me sentí comprometido por el contenido de mi novela y él era un personaje ausente de ella. Tenía que redimir ese capítulo con este relato al menos.

Como tenía que salir a Francia por motivo de literatura y placer. Lo llevé a un hostal de buen ver y pagué sus gastos en todo. Le dejé un número de teléfono y un smartphone para comunicarnos.

-Ahí tienes, un amigo, hermano latinoamericano.

Me despedí con un abrazo, los ojos con lágrimas y un vacío por ver solamente un ejemplo de miles. El tenía amputada el alma y para eso no hay prótesis aún.

Me fui caminando bajo la luz de los postes hasta el hotel en que daría otra presentación del libro más reciente: LA TELA DE LA ARAÑA Y LA MOSCA . Libro por el cual ya había solicitado asilo por persecución política. Yo por supuesto no seguía ninguna bandera y si tengo alguna será la de la paz.

Además de hacer un recuento de los dichos populares de este país del que no había nada escrito hasta la fecha. Iba pensativo y muy sentimental, pero un pleito de borrachos en una cantina de la tercera calle poniente y segunda avenida norte me alertó fuera de tiempo a reaccionar y me metí en la trifulca.

No paraba la música de cumbias; la pelotera comenzó por una botella de licor y una mujer hermosa que era de todos y de nadie, muy atractiva por cierto, era la que más garrotazos tiraba. De manera que no pude evitar entrar en batalla defensiva por la resaca de lo peor, con la ropa y la mona que llevaba.

Ya no recuerdo cuantas patadas me dieron pero sí recuerdo de las trompadas y garrotazos que acerté con mucha seguridad, incluso le quite un caño a la joven meretriz y le di un empujón a un viejo borracho que quería estrangularme, de una patada me lo quite, poniéndome en guardia a lo que podía venir después.Mis reflejos fueron buenos y le acerté a todo el que se acercó.

Entonces tuve tiempo justo para la retirada por una calle que deriva aún cerca de la Alcaldía Municipal, justo en el pasaje Cuscatancingo, un perro color café como de chucho viejo, me había agarrado el ruedo del pantalón. Aún así logré correr con todo y perro al que agarré a garrote y pedrada hasta que me soltó. Logré llegar a la esquina en donde estaba un universitario que logró conocerme y me ayudó a la escabullida.

-Que anda haciendo “Maestro”?

-Aquí haciendo honor a la mala cultura muchacho… Mejor corramos y no hablemos mucho!.

Hasta el día de hoy no me había divertido tanto sin saber las repercusiones de andar en esas calles de mi país, con un atuendo en que yo era el que daba miedo.

Todo por saber con detalle cómo viste y habla el populacho, entre revendedores de objetos robados y mujeres con pingos muy dadas a la vida alegre. Y vaya, qué alegre.

Al llegar al hotel por poco y armo otra trifulca por mi aspecto, pero mi buen perro Aquiles me conoció. Me bañé, tomé un vaso de vino tinto, frío, con un Sandwish de jamón que desde luego compartí con Aquiles. Dormí tan profundo magullado, pero contento.

Al día siguiente recordé sonriendo en Mont Martre por la trifulca, mientras me sobaba alguna patada y comía carne en salsa de hongos, pan baguete y un café de los que si saben a néctar para dioses. Viendo el amanecer de París, la mesera blanca de cabellos de oro y ojos azules, me llevó un plato con un sobre. Era la confirmación del Premio Nobel en Literatura.

-Vaya, vaya-dije- ahora solo me falta escribir por placer, como haber nacido después de estar a fuego tierno en la placenta del infierno. Buen título para otra novela-pensé.

Llamé a Santos Rivera.

-Tráeme a Aquiles, nos dieron el Premio Nobel en literatura, al fin alguien leyó en español, después de tanto jodernos en ese país de mujeres borrachas y pleitos por una botella y tanto desmadre de ricos y pobres que al ser ricos chingan como ricos.

Venite hermano salvadoreño ahora que agarramos vuelo no nos para nadie. Aquí el café sabe muy bien, deja esa parte más profunda del infierno que ni Dante se la imaginó.

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