De cómo llegó y regresó Miguel Cotto, de Canadá

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Durante la organización del sindicato de motoristas el llegó a ser vocal. A los dos años lo despidieron. Porque aparte de tenerle miedo era de los más lúcidos y transparentes que no se dejaba sobornar.

 

 

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Samya Benítez.

ERA UN HOMBRE QUE LLORABA por la muerte de las mascotas suyas y de los demás. Creció en la ciudad de la yuca con merienda. Descalzo, con la complexión de ocho hombres, de fuerza descomunal, apasionado por tener un par de zapatos para jugar basquetbol.

Lo apodaron Ninfa, nombre de su perra que murió de vieja y sarnosa, le hizo velorio con candelas y rezo, la metió en una caja para zapatos y la enterró en el patio, le colocó flores de floripondio además le encendió una vela por nueve días.

Aún así lloraba por su perra. Ninfa lo llamaron incluso cuando cumplió 65 años. ¡ FELIZ CUMPLEAÑOS NINFA!, le gritó un borrachito que llegó al novenario.

El tiempo pasó y llevó a su casa cuantos perros atropellados encontrara.
 En el Rastro Municipal le retaban a que cargara el cuerpo de una res y él pedía que le colocaran otra, aún así corría llevando un barril en el otro hombro.

Tenía la voz pausada, que no iba con su cuerpo de oso. Piel morena y rematada por el sol del trópico. Los que lo conocieron nunca dudaron de su fuerza y que era capaz de rivalizar contra diez hombres en lucha campal y salía diciendo si habían más.

Cierto día llegaron unos desconocidos a vender ganado y después de salir de la cantina comenzaron a golpear a un hombre. Miguel intervino pacíficamente ya que solo eran cuatro.

Les dijo: “ya no molesten a este hombre y vayan de donde vinieron.” Ellos en lugar de hacer caso, que más les hubiera valido, arremetieron contra él. Después de golpearlos los tiro a la cama de un camióncito y le dijo al motorista: “llévelos y no vuelvan. Si vuelven vengan con más gente.” Nunca regresaron.

Se casó a los 18 años de edad. Para entonces manejaba autobuses dela ruta 2. Durante la organización del sindicato de motoristas el llegó a ser vocal. A los dos años lo despidieron. Porque aparte de tenerle miedo era de los más lúcidos y transparentes que no se dejaba sobornar.

Se fue con intención de quedarse en El Canadá, llamado por un amigo Renzo Corletto. Después de vivir en un lugar tan caliente llegó a una ciudad muy fría, aún con un abrigo de piel de foca tiritaba caminando en las aceras de Quebec.

Se detuvo frente a una cafetería que él llamó “El cuche choco”, ya que tenía un rótulo de luces con un cerdo que parpadeaba los ojos. No aguantando el frío, entró y se topó con el obstáculo del idioma. Se quedo frotándose las manos muy cerca de los clientes que hacían cola para solicitar y pagar. Y escucho que decían con frecuencia: “A cup coffe and two donnas!.”

Memorizó la frase y cuando le llegó su turno dijo lo mismo, le sirvieron dos panes redondos y una taza con café. Se fue a sentar y esperó a su amigo que llegó media hora después.

Se ubicó en una factoría de destazo de cerdos enormes de granja, su trabajo consistía en cargar los cerdos pelados, con plástico al vacío en un trayecto de quince metros hasta cargar un camión. Acostumbrado a hacer esas proezas en su pueblo se quedó en ese trabajo durante seis meses.

Se mudó a un lugar más cálido y trabajó de cortar hojas de tabaco, iba sentado en un carrito, arrancando hojas a diestra y siniestra, así pasaba ocho horas hasta que lo picó un gusano.

Cambio de trabajo y ciudad, llegó a una fábrica de partes de motores para carros, iban los bloques colgados en un gancho y él se encargaba de pegarles golpes con un martillo de manera que botaran los residuos de los moldes de arcilla. Comenzó golpeando con ganas hasta que al salir a las cuatro de la tarde iba con las manos hinchadas además de escupir saliva fosforescente debido a los gases de la fundición. Él lo contrarrestaba bebiendo un litro leche de vaca todos los días.

Después de tres años de estar sin su esposa y solo saber noticias de su casa por cartas, decidió que su mujer llegara a visitarlo. Un día antes encontró un televisor muy grande en un basurero. Lo cargo hasta su apartamento que compartía con un peruano, electricista, le compró una pieza de dos dólares y tuvieron televisión para mucho tiempo, es más, aún lo tiene funcionando, 40 años después.

Vilma, su hermosa mujer llegó con visa en regla y se alojó en la casa de su amigo Renzo. Al día siguiente hubo un pleito por una insignificancia y la esposa de Renzo llamó a la policía migratoria.

Esa tarde detuvieron a Miguel en su trabajo. Estuvo preso cinco días y en un avión para deportados lo enviaron haciendo escala en Los Ángeles y México hasta llegar de nuevo a El Salvador, solamente traía su ropa puesta y una bolsa plástica con el pasaporte, el sello de indeseable y una botella con agua.

Había ahorrado treinta mil dólares canadienses pero los guardo en el colchón de su cama. Le dio instrucciones a Vilma su esposa, ella los escondió en dos maletas enmedio de calzoncillos sucios y calcetines, que ni los perros quisieron olfatear.

Pero el dinero no lo supo administrar y se le terminó. Compró dos camiones uno grande y otro pequeño, usados. Tenía más gastos que ingresos y se fundieron.

El camión grande lo estacionó frente a su casita y el otro lo metió en un terreno abandonado, le crecieron orquídeas y mucho monte, que un borrachito se encargaba de limpiar, pues lo utilizó de motel.

Siempre por las tardes iba con una meretriz muy bonita y ahí pernoctaban. A la mañana siguiente se lavaba la cara con agua de lluvia de un recipiente de la cama del vehículo y se iba, él a su trabajo de albañil, y ella a vender helados de coco.

Miguel poco a poco quedó en bancarrota. Tenía dos hijos, con otro en camino; la mujer, una recua de perros patojos, un hermano borracho, otro inválido por secuela de poliomielitis y a su madrecita, una señora desordenada y hablantina, que se ponía un zapato de uno y otro de diferente estilo y a veces zapatos para hombre.

Andaba con una escoba barriendo las hojas y frutos de un almendro gigantesco en donde llegaban a dormir miles de murciélagos y guardando tarros de latas hasta que ocuparon más espacio que ellos.

No había que comer. Miguel y su hermano tuvieron que ir a estibar huacales con gallinas, sacos de repollos, zanahorias y todo aquello que podía dar la tierra en huertos de Guatemala y llevarlos al mercado mayorista “La Tiendona”.

En cierta ocasión se salió una gallina de un huacal, en vez de regresarla idearon amarrarla y esconderla. Recolectaron papas, tomates, zanahorias y las hortalizas que ellos mismos cargaban en hombros.

Hicieron sopa en un enorme tarro de lata para leche “ Ceteco”. Desde ese día solo las tortillas compraban e idearon la forma de esconder desde gallinas hasta pavos y patos y toda clase de verduras. Todos los días llegaban como que habían ido de compras y armaron un enmaraño para tener los animales de corral. Hasta que se dieron cuenta y los corrieron.

Miguel pasó una semana debajo del almendro pensando qué hacer, mientras se comieron hasta la última papa.

Y pasó casualmente un compadre en un taxi. Se saludaron. Esa tarde ya tenía trabajo manejando el taxi. Hasta que se arruinó. Ahí quedó el carrito.

Un vecino, padrino de uno de sus hijos, le ayudó a arreglarlo con piezas reparadas. Miguel se fijó como hacía el mecánico con mucha experiencia y jefe de talleres de un Ministerio de Gobierno. Miguel se hizo mecánico a pura fuerza y viendo.

La fama de arreglar carros conocidos se le hizo y llegó un señor con un carro de marca desconocida. Miguel le colocó las piezas al revés. Esa vez salió mal.

En otra ocasión estaba reconstruyendo un carburador y colocando un empaque de corcho, no daba como hacerlo. Llegó Fito, un estudiante de física cuántica.

Se metió al carrito para dormir un rato en el asiento de atrás. Durmió tres horas. Al despertar aún no podía hacer el empaque el pobre Miguel. Fito pidió una hoja de papel bond, una de papel carbón y a los cinco minutos estaba hecho el empaque. El carro quedo como nuevo. Miguel admirado le dijo: “mirá chelito, con vos hacemos buena pareja.

Esa tarde salió a dejar unos encurtidos que su esposa elaboraba para vender. Recogió otros perros desvalidos y regresó contento con el carro en buenas condiciones.

Hicieron poco a poco una fábrica de encurtidos con mucha falta de higiene, pero que prosperó. Las cosas comenzaron a mejorar.

Los niños, que no traían para estudiar, los ubicaron en talleres de mecánica para carros, sin el vicio de beber o fumar llegaron lejos, de tal manera que los tres se fueron a los Estados Unidos y trabajando honradamente, durmiendo en la cajuela de un carro, comenzaron a prosperar.

Y hasta el día de hoy le han construido una enorme casa a sus padres, les envían dinero y vehículos. Además de surtirles bien un negocio de productos de primera necesidad en el mercado.

Miguel compró los zapatos que tanto quiso en su adolescencia, una bicicleta y todas las tardes sale a jugar basquetbol, tomarse un atole shuco con sus amigos y regresa a cenar a su casa, en donde lo espera una jauría sin patas o sin cola, que aúllan cuando lo ven porque les lleva las sobras de las comidas de los comedores del mercado. “Como dice la canción de “ El Libro de la Selva”: “… Busca lo más vital no más, lo más esencial, no más, y olvídate de la preocupación … Así es Miguel.

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