El Cristo entalizmado

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No tenía ni bigotes ni barbas, pero sus ojos de animal feroz estaban poblados de cejas con canas. Su camisa blanca de cuello chino, metida en los pantalones vaqueros, y sus botas de soldado raso.

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Samya Benítez.

SUCEDIÓ EN UN BUS de la ruta 101-D. Subió un vendedor muy peculiar y yo iba a comprar libros viejos, cerca de la Iglesia San José, en San Salvador.

– “No señoras y señores”, dijo el enorme hombre peludo, con voz de domador de tigres salvajes. Su edad indeterminada.

– “Yo no les vengo a estafar como otros. Ellos -refiriéndose a otros como él, sin identidad fija- les venden cadenas que dicen ser de oro puro. No se dejen engañar. Pónganles limón -dijo- y si se les hacen negras es porque son de latón viejo; si se hacen rojas entonces son de bronce, y si se hacen verdes como la verdolaga es porque son de cobre.

– “Estas -enseñando un maletín enorme y desgreñado como él- son de un metal más fino y resistente que el oro.”

Y en realidad parecían de oro macizo, del que pendía un Crucifijo de fondo oscuro.

– “El Crucifijo viene con fondo de mármol -agregó- y viene entalizmado, es decir con talismán para todo. Y del caro.”

Fue entonces cuando se acercó a cada uno de los que estábamos adormecidos debido a su voz de trueno. Iba dando tumbos y agarrándose de donde podía .

Tenía cabello agarrado con una cola, parecía un caballo viejo, pero bien vivido.

No tenía ni bigotes ni barbas, pero sus ojos de animal feroz estaban poblados de cejas con canas. Su camisa blanca de cuello chino metida en los pantalones vaqueros y sus botas de soldado raso. Tenía brazos de navegante. Era un energúmeno con dientes de jabalí amaestrado.

– “Ahí tienen”, decía sin parpadear, y sacó varias cadenillas doradas con un Crucifijo bailarín en su estructura.

– “No valen menos de doscientos cincuenta pesos -agregó- pero hoy, señoras y señores no valen eso, ni cien, ni cincuenta, ni veinticinco… Solo un dólar, no más. Y el Cristo, ese se los regalo porque ya viene entalismado, sirve para atraer la suerte, el dinero y los amores. Sí. A los hombres que no les sale novia, ni bonitas ni feas, ni gordas o flacas, ni chocas o patojas. A ellos se les encomienda poner el crucifijo enrollado en la cadenilla y meterlo a la bolsa izquierda del pantalón a las siete de la noche y lo sacan a las siete de la mañana del día siguiente: les van a salir hasta maricones. Si quieren dinero: enrollen la cadenilla y un dólar al Cristo y lo meten siempre a la bolsa izquierda del pantalón a las siete de la noche, y después lo sacan, y ya verán, ya verán”, vociferaba.

– “Señora, si su hijo es borracho de esos que se encunetan como carros, meta el crucifijo en un vaso con agua todas las noches de los viernes, y ya verá, ya verá; si su marido la golpea siete veces al día: deje que se duerma y al estar roncando como olla de tamales, le pone el Cristo cabeza abajo en la frente del marido, y ya verá: en la mañana se levantará como conejito de Castilla.”

Una señora compró dos y por poco se decidía por la tercer cadenilla.

Un hombre -cómplice a nuestro criterio- le pidió tres. En ese momento mágico todos queríamos una cadenilla (hasta yo).

Varios hombres le preguntaron cuantos viernes había que colocar el Cristo en el vaso con agua. Y el contestaba muy entusiasta.

– “Lleven la suerte -decía- cuidado con los caballeros que compren -y me miró- hasta cipotas de diecisiete van a encontrar .

Repartió los talismanes como dulces, y recogió muchos dólares. Se bajó por la puerta trasera del colectivo para ingenuos y para genios.

Cada día en El Salvador a los buses se suben personas que son corderos y otros que son lobos vestidos con cadenilla; y otros como yo, que nací para ver el mundo como es. Con tal que no roben que sigan vendiendo la suerte entalizmada cada día .

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