Y volvimos a ver al borrachito remendado que bailaba las canciones colombianas frente a un almacén de electro-domésticos cerca del parque Bolívar.
Por: Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
Ilustración: Edgardo Trejo, Trabajador del arte.
Mi obsesión es el tiempo y acerca de él me documenté y supe que los libros nuevos no tienen mucho; por ello comencé a escribir acerca del pasado, buscando la felicidad de la pobreza.
Quizá por ello Dios me creó en este crisol, a fuego tierno, para llevarles a los que logran lo que hice con escasos recursos, teniendo en el desayuno un pan de la calle y un café fiado; además, el siglo veinte cruel con la ausencia de justicia, solamente la energía del sol y en las noches un foco de un poste alumbraron mis libros comprados entre los burdeles
He ahí el mundo feliz o triste; a veces un racimo de majonchos verdes y algunas naranjas con sus flores de azahar nocturno y las lágrimas de un poeta, con los innumerables diamantes entre los tomates podridos y las moscas del almuerzo, complementaron mis sinsabores.
Era viernes y fui con dos letrados profesores para comprar libros usados a las tiendas en las calles de San Salvador; eran casuchas de mala apariencia, antiguas calurosas y sucias.
Las calles cercanas entre las hordas de pobres con vendimias de tomates podridos en bolsas, guineos pateados, mandarinas desmirriadas, y algunos vegetales aturrados; todos en carretillas de mano y a pleno sol abrasante.
Muchos estibadores correteaban con sus sacos de lona, entre mujeres gordas con moños en el pelo, sucias, con sus críos en brazos, uno de ellos chupando una teta enorme y morena.
Encontramos niños con mejillas chorreadas, jugando con pelotas de basura, descalzos, con los pantalones remendados, gritándose la madre por un gol o un penalti en la esquina de cualquier callejón.
La música salía a borbotones de las cantinas y cervecerías, en una de ellas sobresalía una canción con el ritmo de un bajo abismal y estrepitoso: «… Animal rastreroooo, engendro de la vidaaaa…»
El acompañamiento de mariachis hacía más pedregosa la voz de aquella mujer despechada por alguno o por muchos y agregó: «…Te lo estoy diciendo a ti, inútil…»
Pasé de largo para evitar ser señalado por una rocola que me disparara una canción que fuera con mi persona, considerando que ya era conocido por la «pipiripao», «la Marina Maldonado -profesora entre las maestras- a los 19 años» y otras que prefiero no recordar ahora.
Pasé escamoteando un borracho apestoso y a una persona ciega que pedía para un trago y que estaba sentado en la acera de una casa que tenia un rótulo triste: «cafetería San Antonio».
Era una casa de estampa española, de muchas ventanas y sus balcones descoloridos, con las macetas de plantas desgarradas por la insolación de muchos años. Se percibía la tufarada del tragante de aguas negras de la esquina a las diez de la mañana.
La pintura de las paredes había resistido por centurias y comenzaba a descascararse enseñándonos la historia de otras generaciones de meretrices que no conocieron los bombillos rojos eléctricos y que azotaban con pencas los mosquitos chifladores y transmisores de la fiebre amarilla, bajo la sombra de árboles frondosos que desperdigaban diminutas flores blancas con olor a sopa de frijoles negros.
Un hombre viejo y sin oficio dijo: “Esa de los pezones grandotes lo hace bien…”, señalando con los labios a una mujer aún joven y con unos senos amazónicos que eran melones frescos.
Entre las mesas y sillas ancestrales estaban otras mujeres muy alegres riendo a carcajadas enseñando sus prendas íntimas a un hombre medio borracho, con camisa verde y cabello hirsuto como de un mulo, muy moreno y de corta estatura, pero con la musculatura de los que tienen licencia de sacaborrachos.
Su nombre era Francisco Martínez, exsargento de alguna brigada. La celestina de la tienda -Morena Toledo- una mujer marchita y muy gorda y de piel trigueña, con un delantal enorme y que aún a su edad tenía nutrida clientela, lo jaloneó del pantalón y le dio un manotazo en la cabeza.
– «Tomá para que no toqués sin pagar, animal…” y le dio otro revés en el mismo puesto.
– “Y eso es por bruto –agregó- curate de los manoseos”, y se fue con una botella de cerveza en la mano izquierda.
Esa era la calle de los libros usados, muy cerca de La Praviana, entre la tercera y primera calle poniente. A veces compartían inmueble con prostíbulos de a peso, separando los quehaceres con cortinas floreadas mientras hojeábamos los mamotretos de nuestro interés literario.
También escuchábamos las confidencias exigentes de urgencia entre los amantes desconocidos en los momentos cumbres del sexo sin amor; con rebaja de estira y encoje entre la negativa de las mujeres acostumbradas a negociar hasta a sus abuelas.
Algunas tan cínicas que decían: “que esto lo hago por mi niño y su dolor de muela, a ver que le llevo de la farmacia”.
Mirábamos a través de los agujeros, que hacían las ratas, a las mujeres que pasaban a comprar aguardiente trasegado a una cantina y luego pan con queso. No conocí una que no tuviera un «niño» mantenido.
Después de secarnos el sudor y tomar un refresco de horchata con hielo picado de un carretonero de la calle, fuimos a ver desde los clásicos griegos, hasta las obras casi deshaciéndose de Alejandro Dumas; entre los del suelo rescatamos los dos tomos de Los Miserables, de Víctor Hugo. Eran dos libros muy viejos pero bastante conservados, enormes y con estampas del siglo antepasado.
Después de comprar con remilgos en descuentos, nos íbamos a la venta de choripanes y pollo rostizado. Era un cuchitril muy caliente y sucio con dos mesas y bancas muy viejas para sentarnos; ahí discutíamos acerca de los griegos, y los romanos, incluso tuteábamos a los Mayas acerca de Bonampak y sus pintoretes, rituales y su insólita sabiduría de las eras y el reloj de tres tiempos, además de su extinción explicable en su arqueología de San Andrés, mientras comíamos los sabrosos choripanes de la pobreza.
Nos sentíamos muy enriquecidos por aquellos libros que nadie quería, porque a nadie le interesaba la buena literatura. A veces la gente de a pie nos miraba en los momentos de mayor calor en las discusiones filosóficas y creo que llegaban a pensar que habíamos salido de un chupadero.
Todo porque en una ocasión dije que el tiempo es eterno pero que la eternidad realmente no existía, solamente la sensación de su presencia paralela en otro Universo sin tiempo.
La silla individual siempre la ocupé; era de hierro fundido y con fibra de hule a remiendos. El profe, un psiquiatra muy versado y con sus libros de sexo, no dejaba de hablar del Kamasutra aplicado a la política nacional y en el pleno en la Asamblea Legislativa, como argumento en los acuerdos de guerra legalizado de unificación entre los rojos y los azules.
Él se sentaba con su humeante café, aunque hiciera calor a las tres de la tarde; le acompañaba el mas callado de los cuatro, Armando, un Urólogo que sostenía que la felicidad del hombre estaba en la paternidad responsable pero con muchas mujeres y sin compromiso en papel de matrimonio.
Nos auto apodamos los tres mosqueteros –“y ¿D’Artagnan?”- preguntó el psiquiatra.
Nos hicimos un amigo fantasma: D’Artagnan a manera de árbitro letrado; el Urólogo, Portos y el buen profe Atos y yo, Aramis.
Con la consigna: «Todas las mujeres para uno, y uno para todas». Tuvimos que crear un cuarto mosquetero fantasma para tener la excusa de comernos otro pedazo de pollo u otro choripán.
Teníamos conversaciones afines y algunas secretas por cada uno, solo D’Artagnan sabía lo de cada uno por supuesto.
En cierta ocasión, como solía suceder, llegó un vendedor de cadenas milagrosas, con el talismán para toda suerte, ya sea en dinero o amores y en la mesa de al lado estaban dos homosexuales de los que hacían clientela cerca del Hotel Alameda, comiendo con mucho refinamiento y a pierna cruzada; nos veían de reojo, les miré el cabello planchado y un atuendo de minifalda color rojo uno de ellos y el otro con un vestido escotado y una licra color de leopardo, con una sacola con las mismas manchas del animal.
El vendedor nos miró con ojos de camaleón, era enorme desgreñado, de edad indeterminada y vestía camisa blanca de cuello chino, sin bolsas, y metida en el pantalón de lona azul, botas de soldado raso, muy parecidas a las del sargento del salón.
Habló con voz de domador de tigres salvajes y dijo «Ahí tienen caballeros, estas son de oro”, eran unas cadenillas que parecían de oro macizo, con un cristo bailarín de fondo oscuro en su estructura.
– “Son para atraer la suerte y los amores.”
Mirándome con sus ojos de animal feroz me dijo: «caballero, hasta cipotas de diecisiete le van a salir, solo tiene que enrollar la cadenilla en el crucifijo y meterla en la bolsa izquierda del pantalón a las siete de la noche.
Mirando al Urólogo le ofreció y él paso siendo de por sí muy parco. El Profe Atos, la miró, la revisó y se la regresó con una sonrisa y le dijo: “ya estoy encadenado en tres sentencias de Amor” (se había divorciado dos veces y vuelto a casar).
El vendedor viendo a los homosexuales les dijo “a ver Florencio… ¿Qué tal? No hay sin suerte ¿verdad? ¿Y vos Lucrecio, con ese animal a cuestas, desde mondongo de puerco y hasta pastel de fresa te van a dar”, volviendo la vista a los mosqueteros, es decir nosotros.
Como ya se habían fijado en que incluíamos a un cuarto elemento invisible, dijeron con la voz unificada y en falsete en do mayor: “nosotras queremos a D’Artagnan” y cada uno compro una cadenilla.Desde luego que nos fuimos incluso con D’Artagnan, y nos zambullimos en las calles de verduleros bulliciosos.
Fue cuando vimos la orquesta que tocaba en vivo las cumbias de la “Sonora Dinamita” y una mujer muy hermosa de piel blanca cantaba y bailaba en ropas menores la cumbia del «Lagunero»
Ahí nos quedamos hasta que anocheció entre cumbias y apretujones del gentío y un borrachito remendado con saco y sombrero negro enormes iba de paso; la cumbia lo paró en seco y bajó su costal con botellas y latas aplastadas, comenzó a bailar por inspiración del licor. Le hicimos rueda porque se movía muy bien al ritmo y, además, le dimos cuerda.
Llevaba unos zapatos sucios, grandes y rotos sin fijarse que tenía manchados de orines rancios los pantalones, ya de por si embarrados con olor a níspero; al detenerse la música agarró tambaleándose sus corotos y siguió su camino balanceándose, hacia el mercado sucio al lado de la Iglesia del Calvario, entre los ladrones que comían cerca del basurero algunas verduras rescatadas a medio podrir, mientras revisaban las carteras de los pasajeros de los buses y de mujeres atracadas.
Volvió a hacer apetito porque nos llegó el olor del casamiento y carne asada ambulante, con una mujer joven gritona en un comercial cantado con la laringe de animal peligroso, que no necesitaba ningún rótulo.
Soplaba el fuego de carbones en una hornilla de hierro oxidado y mugrienta que emanaba volutas de humo hasta el foco amarillo de un poste de madera retorcida, iluminando un basurero enorme.
Nos atragantamos con un ñango, cada uno, dos tortillas y un café que sabía a zapato; después fuimos a buscar el carrito Fiat blanco del Profe Atos que bautizamos «Rocinante»; lo empujamos unos veinte metros y luego de dos tosidas arranco con su icónico zumbido sin mofle.
Íbamos felices, incluso D’Artagnan. Me dejaron cerca de mi casa por la calle apelmazada de ripio, cerca del rastro de Mejicanos y cerca del Motel «El Intimo”; cansado con los libros que llevaba, me recosté en un catre para guardia, que compré en cuatro pesos, encendí el candil y me puse a leer entre la humazón del kerosene, mientras recordaba retazos de las cumbias: «… ya se va tu lagunero, negra… se va para no volver… aquel que te quiso tanto y tú no quisiste querer», moviendo un pie descalzo en el suelo tibio.
Sabiendo que habían cortado la luz y el agua por pagar la leche fiada para la mamá escuché que Doña Concha estaba sacudiendo los alacranes de la cama en la casa vecina.
Considerando que mi fuente de ingreso era la beca universitaria y algunos dibujos publicitarios, conecté el agua con una llave de Don Quincho, un vejete tuerto que miraba sin cuidado los eclipses y dormía en una cama de concreto armado y que estaba condenado a morirse hasta que terminara la guerra civil en El Salvador, mientras cantaba: «La Vaca Vieja», de Rufo Garrido.
Me acosté pensando: “la verdad es que me había enamorado de la cantante blanca, la recordaba hasta de un lunar del muslo derecho. Tenía que regresar a comprar más libros y ver la cumbiamba y la mujer blanca en el parque San José. La calle de los verduleros, borrachos y trabajadoras sexuales de a peso.
Porque los poetas así somos, con la universidad en las calles alegres, la calle de los libreros, de los niños harapientos y sin zapatos; de las cervecerías con sus mujeres de nadie que agarran cualquier mulo con olor a chivo que pague para el dolor de la muela, aunque sea lo que sobra de las compras de los mamotretos… y comer casamiento entre las vendedoras de rábanos y ancianos que llevan su casa en un costal de lona y duermen debajo de las bancas entre periódicos y basureros del Portal de «La Dalia», con los perritos sin cola y que de añadidura a veces les falta una pata.
Y seguí recordando otra cumbia: «…el viejo del sombrerón, será que tiene secreto… el viejo del sombrerón…», mientras ordenaba los libros con su tufillo a rincón.
Era la esperanza de los pobres teniendo tanta felicidad entre frijoles y mucho sudor con tan poco y unidos en una mano con Dios; en vísperas de una revolución anunciada.
Fueron las noches en que verdeaban las calles por uniformes camuflados, con aquellos rostros pintados de negro humo y sus fusiles eran chasqueados, las botas de seiscientos hombres sonaban al unísono recorriendo el asfalto húmedo por la lluvia. Desde luego en la mañana nada había sucedido, solo había sido un sueño de los desagradables.
Y volvimos a ver al borrachito remendado que bailaba las canciones colombianas frente a un almacén de electrodomésticos cerca del parque Bolívar. Nosotros, por supuesto, con un choripán cada uno y varios libros viejos debajo del brazo y discutiendo acerca de la batalla de Don Pedro de Alvarado y el Príncipe Atonal.
Nos persignamos al entrar a una iglesia y le echamos unas gotas de agua bendita a la cadenilla que por alguna razón llevábamos en la bolsa del pollo.
Deducimos que d’Artagnan, el fantasma, la había tomado del vendedor. Después volvimos a empujar el carrito y nos fuimos a seguir escribiendo y cantando, porque así es la vida aquí con el calor que derrite el asfalto y las mujeres hermosas que bailan cumbias.
Obsesionados por el tiempo, y sus Eras que se repiten, bajo la luz de las estrellas que son el reflejo del pasado. “…Ya se va tu lagunero negra… aquél que te quiso tanto y tú no quisiste querer…”.