Entraron al comedor secándose el sudor con la chumpa y se sentaron frente a la mesa en que el médico estaba chorreando sudor mientras rellenaba con las noticias los orificios de los zapatos.
Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
Ilustración: Ulises Palacios.
Eran las diez de la mañana de un día con sol abrasante y aún no desayunaba Uriel Pubill. Era un médico interno que tardó 25 años en sus estudios, era un fósil que salió del nosocomio con bata blanca y un pantalón remendado del fondillo; atravesó la calle venadeando, casi toreando los carros y camiones cargados con caña de azúcar.
Fue a un comedor pobre instalado en la acera del Hospital de la Señora de La Piedad, en donde hacían desayunos de a peso (un colón).
Lo invitó a pasar una mujerona hermosa con el sexo casi visible debajo de la licra de leopardo.
– “¿Que va a querer mi amor?”
El interno tropezó con un ladrillo, por ver lo que no debía.
– “Lo que tenga”, dijo Pubill.
Se sentó en el rincón más estratégico para seguir mirando a la mujer deslenguada y bien parada, que detenía al que pasaba con su vitrina de biscocho.
El calor de la lámina del techo hizo que el médico se abanicara con el periódico del día anterior, mientras leía en letras negras y grandes la portada despiadada del matutino.
Pidió un refresco con hielo picado. Le llevaron refresco de horchata en un bote de vidrio que había servido para la mostaza.
Mientras masticaba algunos cubos de hielo los vio pasar, ella iba adelante cubriéndose del sol con una sombrilla descolorida y algo destartalada; llevaba un vestido amarillo con campanillas moradas, un cincho negro de charol, zapatos marrones descascarados y un bolso que no cuadraba con su ajuar. Tendría unos 55 años.
Él mucho mayor, con un sombrero de pita, lentes para sol, la chumpa debajo del brazo, y los pantalones McArthur de la época de Gardel; caminaba lento, con zapatos de dos tonos, muy gastados pero bien lustrados; los pelos del bigote se confundían con las canas de la barba de tres días al menos.
– “Billetes de lotería ¿va a querer ? dijo un niño desaliñado.
No hablaban pero se entendían a señas por el bastón de madera rústica que llevaba el viejo en su mano derecha.
Entraron al comedor secándose el sudor con la chumpa y se sentaron frente a la mesa en que el médico estaba chorreando sudor mientras rellenaba con las noticias los orificios de los zapatos.
Ellos pidieron huevos revueltos con chorizo, frijoles fritos y unos plátanos pasados en agua de María; además café humeante.
Comieron mientras hablaban de la estrechez económica y de la pensión que cada vez alcanzaba para menos, ella le dijo en voz baja: “necesito comprar otros zapatos para mí y un par de calzoncillos para vos.
El hombre gruñó algo, tiró la taza sobre el plato. “Vamos”, dijo, y se levantó. Fue entonces cuando dejó al descubierto un remiendo en la camisa; dejó dos pesos sobre la mesa.
– “Apenas he recibido ochenta y cinco pesos ayer y ahora ya solo tengo treinta y dos. Y dice el doctor que debo cambiar de lentes o pagar por la operación de cataratas. Además, tengo que dar la letra del televisor y la renta de la pieza en el mesón de la Árabe, pagar las tortillas de la quincena pasada y la libra de queso seco en la tienda del turco Moisés. Darle el complemento de tu placa al dentista y abonar el camastrón usado de la difunta Conchita. ¡No alcanza para calzoncillos! Mejor pasemos a comprarte los zapatos al mercado Belloso y de paso comprás un peso de chanfaina para la cena”
– “Vámonos doctor -dijo la mujer a su marido- ahora ya estás jubilado…”
Las láminas tronaban por el calor y el humo de la cocina se esparcía hasta los ventanales del Hospital Rosales.
El viejo doctor miró un balcón en donde había dormido en sus años de estudiante y suspiró profundo.
– “Qué vaina”, dijo.
Los árboles de mamey estaban agrietados por la falta de lluvia y un perrito de nadie se rascaba las pulgas en medio de la calle, cerca del vendedor de sorbetes artesanales de coco.
Una ráfaga del escape de un autobús levantó las hojas secas de un árbol de San Andrés. En ese momento los alaridos de una ambulancia hizo el pánico en la Emergencia.
Uriel Pubill regresó corriendo mientras agarraba un par de tortillas con una salchicha y las metió en la bolsa de la gabacha.
Mientras los novios viejecitos se fueron caminando, él se atrasó un momento para comprar el periódico y una flor casi marchita. Se acercó a su esposa y tomándola de la mano le dijo: «toma, es por lo que te quiero y hoy es el día del amor y amistad».
Ella le dio un beso aún con sabor a chorizo, le corrió una lágrima en la mejilla y le contestó: «yo también te quiero mucho»
Le dio un dulce de leche.
– «Toma -le dijo- ahora solo falta que con lo que te queda de pensión no me lleves al mesón y nos vayamos al primer lugar al que me invitaste el primer día de San Valentín, cuando éramos jóvenes. Fue la primera noche que te regañó tu mamá por la queja que le dio don Paco el panzón, quien le dijo que te había visto salir de un motel con una mujer».

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Me parece una historia fascinante,no podemos olvidar el origen y recordar que el tiempo pasa.