Símbolo de estirpe de escritores

pajaro muerto

El aroma a café barato se esparció con la música de los bares con el murmullo de hombres ebrios, alguien cantaba en karaoke una canción de “Los Iracundos”.

 

 

 

 

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Edgar Pacheko.

CUANDO AQUILES LADRÓ despertó a don Gabriel quien, restregándose los ojos con los dedos, se despabiló del sueño y miró el reloj de la pared junto al calendario con una mujer en bikini.

– “¡Me quedé dormido! Es viernes 13 de mayo, día de la Virgen, son las seis de la tarde”.

Llamó con cariño al cachorro de pelaje gris. Encendió la vela de aceite, rezó un Ave María y puso una rosa blanca cerca del recipiente del agua bendita, santiguándose.

– “Gracias mi peluchón por avisarme”

Le dio una palmadita en la cabecita peluda. “Pobrecito, pobrecito bicho”, agregó.

Se levantó para ponerle la correa. Buscó los zapatos con el pie. El otro perrito blanco agarró un zapato, no lo soltó. Grrrrrr, grrrrr, hizo el perrito blanco.

– “Dámelo cabroncito o no salís y te quedas con los ratones…!”

Cuando el perrito vio la otra cuerda soltó el zapato, ladró y bailo en dos patas, mientras Aquiles casi hablaba como un mudo contento.

– “Bueno, bueno, ya vamos”, dijo Don Gabriel. “Ya está”.

Subiéndose los pantalones, ajustándose unos zapatos color rojo con amarillo para deporte, sin las cintas, gastados de las suelas, se fijó los lentes circulares enchapados en oro.

Aquiles iba deslizándose con las cebolletas haciendo inercia parando la cola.

– “¡Ya te volviste a hacer del dos, Aquiles!. Voy a ver, Uhmm, aquí está una bolsa”.

Levantó dos libras de desechos, agarró la bolsa sacudiéndola en el aire con tres vueltas circulares, la tiró a un basurero.

Llegaron a la pasarela que daba al parque. Estando arriba miró hacia el poniente, miró el sol, era un círculo sangriento antes de ocultarse.

Todos los pájaros negros del mundo pasaron cerca de la cabeza de Don Gabriel , los apartó a manotazos; las aves se cobijaron entre el follaje de los laureles trinándole a la tarde o puteándose entre ellos, mientras dejaban caer sus costumbres en el piso.

Un pájaro negro muy grande se quedó sobre una rama de un árbol de aguacates balanceando un fruto entre las hojas, Don Gabriel lo miró y el pájaro también, vio esa mirada penetrante y profunda del pájaro como la de pobre con hambre. Alzó el vuelo sacudiendo las ramas, dejando caer el fruto.

Don Gabriel iba a caminar para quitarse la tensión del trabajo. Era Zapatero, todos los días cortaba cuero, untaba betún, ponía hebillas, quitaba tacones, pegaba plantillas y olía la pega mientras esperaba que estuviera de punto la cera de las costuras con la aguja capotera. Tenía un taller pobre, estrecho muy desordenado al final de la cuesta frente a la iglesia El Calvario, a puertas abiertas por el calor y para mirar o enamorar a las colegialas.

Terminaba la tarde con olor a chivo, ponía el cigarro en el cenicero y tiraba el delantal mugre, pasaba comprando un peso de tortillas y dos de chanfaina para los perros.

– “Adiós mamacita” le decía a la vendedora de chanfaina, una mujer sin marido pero con seis hijos.

– “¿Cuándo va a venir con algo?”, le decía ella con malicia.

– “Un día de estos”.

– “Pero no se tarde, que los ratones siempre tienen hambre…”, dijo la mujer.

– “También los gatos viejos como yo”, respondió él.

Al llegar al parque iba Don Federico con el profesor de matemáticas, caminaban sobre las hojas y la basura de fiesta enorme, papeles, bolsas para el agua, platos descartables, todos con emblemas comerciales. Los parlantes repetían algunas obras de Jackes Breel, los valses de Strauss en la zona de cafetería para ricos.

Al otro lado, los comedores para miserables al fondo todos en línea, eran iguales; con techos con humo de leña, de tejas coloradas artesanales, mesas rústicas alguna mujer gorda con moño en el pelo que movía la paleta del atole o haciendo tortas de elote fritas.

El aroma a café barato se esparció con la música de los bares con el murmullo de hombres ebrios, alguien cantaba en karaoke una canción de “Los Iracundos”.

En las calles algunos niños jugando a los vaqueros usando de pistolas los dedos, una escoba vieja era el caballo negro con la estrella blanca, como en las películas.

– “Arre caballo”, gritaban desnudos y muy lodosos.

– “Hola Don Gabriel”, dijo sonriendo don Federico, “venimos hablando del Chino Martín, el tacaño que con una guayaba come él con toda la familia y todavía invita a los amigos… Dice que es para evitar la diabetes”.

Don Gabriel sintió el penetrante olor de frijoles rancios; era por las millares, diminutas y abundantes flores fosforescentes de un enorme árbol abonado por los orines y excremento de los borrachos.

– “Siempre me ha confundido este olor”.

– “Es un olor raro”, dijo el profesor.

El profesor se reía: “este Don Federico con sus historias”, dijo.

Oscureció. Cada quien se fue para su casa, iluminaban los caminos los focos amarillos de los postes y los candiles de las casas de los pobres.

Los pájaros ya se habían dormido en los árboles. En una champa el fuego para hacer la comida les daba luz y calor a una familia de doce que comían elotes asados con sal sentados en el suelo, mientras escuchaban las apretadas noticias en el radio portátil del paletero, que había dejado en el carrito sobre la acera del cementerio.

Habían papeletas de propaganda proselitista pegadas en los portones, paredes y hasta en las cruces de las tumbas.

Don Gabriel llegó a su casa, les quitó las correas a los perros para que bebieran agua. Se lavó las manos, sacó un filete del refrigerador, lo machacó con una piedra de río, echó aceite de oliva en una sartén de barro, encendió el fuego, cortó en trocitos unos tomates quitándole las partes malas.

Le untó sal y pimienta a la carne de res. Crujió el aceite al contacto de los tomates.

Puso una tortilla de maíz sobre las brasas, sopló el fogón para el café de pozol.

Sacó la chanfaina la mezcló con unos panes duros para las mascotas, que lamieron hasta los cartones; luego intercambiaron posición para saber si el otro había dejado algún ñango. Después se fueron a jugar con una muñeca sucia que Don Gabriel le había quitado en un descuido a la hija de la vendedora de refrescos.

En ese momento la Banda Regimental, en sus instrumentos de viento metal, repasaban las marchas marciales despiadadas hasta las ocho de la noche, eran casi todos obesos uniformados de verde olivo con quepis de almirantes, botas de soldado raso, de abdómenes prominentes. El nuevo director más joven que ellos los instruyó en el ritmo de las cumbias. Esas si las disfrutaba Don Gabriel.

Por alguna razón el pájaro negro con mirada de hambre sobre volaba el campo de entrenamiento. Se iba cuando izaban la bandera, entre redobles y trompetas.

Don Gabriel que ya había preparado la cena y se sentó a ver un programa de los Tres Chiflados.

Partió un pedazo de tortilla sin cuchillo, como le dijo su suegro que lo hacían los curas, cuchareó los frijoles con la carne, masticó en cada lado de las arcadas por treinta y dos veces, como le dijo su madre cuando era un niño de cinco años.

Tomando sorbos del café se quedó mirando el foco del techo en donde una araña estaba cenando una mosca enrollada en la tela.

Un trueno vestigio de lluvia asustó a los perros. Fue entonces que sintió que alguien lo estaba viendo, en el preciso momento de la torrencial lluvia. Se acercó a cerrar la ventana, a un lado estaba el mismo pájaro que vio unas horas antes, muy húmedo con una pata herida. Sacó una toalla, lo secó, le dio de comer unas migajas de un salpor de almidón y le puso la cazuela con agua. El pájaro se dejó llevar.

Fue al dormitorio después de ir al retrete de fosa; mientras, leyó unas páginas de un libro de Charles Dickens, bostezó a las once. Se llevó al pájaro dormido en la toalla, quito llave en el dormitorio. Había un colchón viejo sobre cuatro cajas de cervezas, con envases vacíos y viejos.

Era un enorme desorden de plumas estilográficas, mesas para dibujar con libros hacinados hasta en el suelo. Ahí estaban todas las obras de Víctor Hugo, Pearl S. Buck, Herman Hesse, Verner Von Heindestam, Henry Bergson, todos los tomos de El Señor de Los Anillos, El Hobbit; Rasputín, Gregory Efimovich; Cien Años de Soledad, El Conde de Montecristo, Todos los cuentos rusos, las obras completas de Julio Verne, Ernest Heminway, incluso excelentes obras como La catedral del infierno, Los relatos Don Campana: un guerrillero comandante de 84 años de la guerra civil en El Salvador, Gandul Poroto, Chepe El borrachito Feliz , hasta Los tres Mamotretos en la calle Celis con otros de buen calibre literario, entre estos “Una de esas tardes de Agosto”, y la mayor novela De guerra civil, Historias verdaderas aún no contadas, Los brujos de Ostuma, La viuda de Adán Díaz, que valieron el premio Nobel en literatura. Incluso textos de escritos acerca de las pirámides con el reloj de los Mayas.

En una pared estaban varias pinturas imitaciones en óleo, un autorretrato de Rubens, La Gioconda en litografía. Una de un enorme zapato de los años cincuenta, desclavado, sin las cintas, raspado, con el tacón gastado, una fotografía de los años 1800 en lámina, con una familia de inmigrantes de Irlanda con bonetes rojos, todos los hombres con uniformes militares sin insignias, boinas con fusiles terciados, bigotes engomados, solo las mujeres y los niños tenían ropas de civil de la época con polleras y sombreros con mantillas de punto, de labios pronunciados, con ojos de gitanos.

Eran los bisabuelos de Don Gabriel. Algunos amputados de un brazo o de una pierna.

Ahí dejó al pájaro dormido.

– “Aquí estará bien”, dijo.

Se bebió un vaso de vino y se acostó durmiéndose al instante, con la luz de un candil, junto a los perritos que le calentaban los pies con los ronquidos de Aquiles.

Como el pájaro fue el símbolo de su familia, ahí se quedó a dormir, pero en las tardes siempre salía a volar al parque mientras caminaba Don Gabriel con sus amigos armando el rompecabezas del mundo, apretando el dinero de la jubilación. Caminaban bajo la lluvia, la luz de los focos amarillos. El jodicio de los pobres por comer, al fondo las canciones del recuerdo, que simplemente eso son… recuerdos. Porque Fito Araya el escritor, se fue a vivir a Mont Martre en Francia, tomando café del bueno, siguió escribiendo sus cuentos o relatos para enviarlos a sus amigos y a su hermano, que adoptaron un cachorro de perro Dálmata y un pájaro negro como símbolo del arte.

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  1. David antonio flores garcia..

    exelente contenido literario me gusta y las ilustraciones son magnificas, me parece este espacio de ineditos, son escritos de escritores en potencia.

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