Vivía con el hijo de él porque su mujer lo abandonó a su suerte con todo y retoño. Nunca supimos de ella, solamente que se fue con un hondureño a cortar banano en las montañas.
Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
Ilustración: Edgardo Trejo.
Don Aparejo le llamaron porque nadie le recordaba, incluso su nombre, y pasó como un espectro con su pequeño hijo, allá en los senderos de la ciudad de Mejicanos en la década de 1970.
Era medio ciego de ambos ojos, por nacimiento; pero aunque no sabía leer ni escribir era bueno para el trabajo pesado, desde abanicar toros de Lidia en el rastro, hasta sacudir sacos de arroz, o de hacer remiendos en las calles empedradas.
Su cara con huellas de la viruela y de voz medio desentonada por la tos perruna más vieja que sus pantalones.
Llegaba a comprar a la tienda de don Guillermo, el rico del pueblo, que tenía moteles y mesones y recibía la mesada entre otros negocios muy lucrativos de comprar barato y vender caro.
Ahí llegaba muy temprano don Aparejo a comprar el cinco de azúcar, dos sobres del café instantáneo, dos huevos y un tomate para unirlo a las sobras guardadas del día anterior y comer con apetito junto a su hijo antes de salir a buscar otro trabajo y recibir un peso al día.
Vivía con el hijo de él porque su mujer lo abandonó a su suerte con todo y retoño. Nunca supimos de ella, solamente que se fue con un hondureño a cortar banano en las montañas.
Al Niño así se le llamaba “Niño”, porque así le decía su padre: –Come el desayuno niño para ir a la escuela. – Mientras él se partía el espinazo cargando bultos, arreando el ganado o descuartizando los cerdos para las frituras del mercado.
El Niño que fue a la escuela comenzó a ver el mundo de los pobres desde abajo, porque habían otros menos pobres, y comer cuando había, dormía en un colchón sacado del basurero y en un cuartito de un mesón de don Guillermo.
Fue creciendo y creciendo; de escuálido y callado que era se volvió taciturno locuaz, fornido y a saber de dónde saco genes del crecimiento desde que lo molestaban los compañeros de clases.
Comenzó a pensar que siendo más grande lo respetarían y así fue como creció diez centímetros diarios, pero se detuvo de crecer cuando llegó a los tres metros y cuarenta centímetros hasta que se canso de crecer. De espaldas anchas y enormes manos peludas y pies con cojines de hule para llantas porque no hubo zapato que le calzara.
Don Aparejo, cuando lo vio crecer muy rápido le enseñó los trucos de los peluqueros en cuestiones del sexo y le formó el carácter apacible de sus años venciéndole las fuerzas y de su borrosa visión progresiva a la inversa que su hijo.
Le enseñó a cocinar, lavar calzoncillos durante las noches para evitar las murmuras de las vecinas lenguaraces, cocían juntos las lonas para camiones surciéndole los pantalones, ajustando tres camisas para hacer una y otra para los domingos de misa.
Le decía de memoria oraciones para cuidarse de los envidiosos, de las tempestades y de los rayos en seco y de las mujeres enfermas de la sangre. Aunque para él no había problema; nunca se lo dijo a don Aparejo, que ya no era niño desde que se encontró bañándose desnuda en la madrugada de su cumpleaños número quince, a una mujer enorme como él en el patio cerca de los sanitarios y lavaderos públicos.
Y que ambos se hicieron como le enseñó la mujer todos los días a la misma hora de la madrugada.
Entonces don Aparejo comenzó a declinar en su trabajo al mismo ritmo que su visión de luz de candela. Le costaba reconocer las monedas, y obtuvo la virtud de descifrarlas palpando con los dedos, a veces se las acercaba al ojo más bueno y aún así se las entendía con los vueltos de la tienda rapaz.
El “Niño” comenzó a dar muestras de gratitud y trabajaba por lo de tres para ayudar a su padre; en poco tiempo compró un lote en donde hizo un galpón para dormir encima del zacate para las vacas, y una tijereta de lona para don Aparejo.
Lo llevaba a las consultas de los ojos al Hospital para pobres en San Salvador.
Le compraba jabón de azufre en los mercados para que no se le subieran garrapatas y botarle las que le chupaban el cuero. Fueron días difíciles en la oscuridad diurna de don Aparejo.
Se aburría de comer yuca con berenjenas que alguien le llevaba en un plato y un enorme vaso de cerveza barata. Y decidió salir con un bastón de bambú y recorrer los caminos porque tenía meses de no saber de su hijo.
Cuando llegó al rastro municipal, escuchó las voces de quienes lo conocieron, los recordó con los ojos del alma y lloró. Lo llevaron a bañarse donde bebían agua los cerdos y lo enjabonaron con jabón de tuétano de vacas. Lo llevaron a la peluquería de don Anselmo y le cambiaron las ropas por otras menos usadas, después le sirvieron un plato de sopa de mondongo.
Luego del café con pan uno de los vagos y borrachos conocidos, le preguntó en donde había estado. Él respondió que en un rancho viviendo con su hijo El Gigante, pero que ya tenía meses de que no llegaba ni lo oía. Todos los amigos se quedaron viendo entre ellos y le dijeron:
– “¿Cuál gigante y cuál hijo?
– “El niño que andaba conmigo y que creció mucho y me ayudó desde que empecé a ver menos. Y desde que me quede ciego ya no supe de él.
Ellos le dijeron que él siempre hablaba solo y compraba dulces y preparaba comida para dos, pero que nunca lo habían visto con nadie, mucho menos con un gigante.
– “Entonces -dijo él- quién era ese niño gigante?
Se acercó una mujer del mercado y le dijo:
– “Ese niño o gigante eras tú mismo, porque trabajaste mucho y viviste en soledad y cuando dejaste de ver por completo, yo te he enviado comida todos los días, y poco a poco dejaste de hablar con las paredes. Pero aquí hay un niño de verdad que se llama Rigo y no tiene a nadie, que bien puede hacerte compañía, y le das el afecto que le diste El Gigante lo que te quede de vida.”
Él aceptó y lo llamó:
– “Ven Rigo -le dijo-, solo te pido que no vayas a crecer demasiado porque me recordarás al niño gigante.
Cuando se fueron de la mano los vieron que se alejaban; Don Aparejo y un hombronazo de tres metros y cuarenta centímetros.
Eso medía exactamente la sombra proyectada por la luz de un poste.
