Mauricio “Araña” dio la alarma y nos fuimos detrás de la figura silente y pausada que era una hormiga de la noche estibando material para construir su casa.
Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
Ilustración especial: Edagra Alfredo Pacheco.
“Ahí va” dijo ‘Araña’, el que se lleva los ladrillos de ‘PapaTunco’!…
Salimos corriendo. Vimos la sombra de un hombre obeso y lento que cargaba en la espalda enorme 12 ladrillos de barro cocido y dos varillas de un cuarto, de los que estaban arrimados en la pared de la casa en construcción de don Pepe.
Nosotros estábamos mirando, desconcertados en la esquina. El foco del poste estaba quemado y la noche era para los que andábamos con el mundo joven.
Todos teníamos un apodo como mínimo: Julián, “Cachetes”; Beto, “El recluta”; Iván, “El cura”; Paco, “Mecate”; Nelson, “Pototo” o “Pan de a diezzz”; Herí, “El Fuhrer”; Enrico, “quico”; Mauricio, “Murito”; y yo, que no me gusta recordar tantos apodos que tuve.
Nos reuníamos en las esquinas de la colonia “La Casita”, en la ciudad de Mejicanos, para distraernos, contar chistes o simplemente divagar la mente con otros de nuestra edad y tratar de olvidar el hambre.
Eran cerca de las dos de la madrugada y teníamos curiosidad por saber quien era el que se llevaba las piedras, hierro y otros materiales para construcción.
Mauricio “Araña” dio la alarma y nos fuimos detrás de la figura silente y pausada que era una hormiga de la noche estibando material para construir su casa con las compras de otras personas.
Era muy peculiar. “Síganlo -dijo Beto- que lleva pisto”, fuimos tras él y vimos que se metió a su casa, bajó los ladrillos y cerró la puerta.
Nos ubicamos en posiciones de zafarrancho y esperamos. Paco se paseaba en la calle sola y llevaba un plátano metido entre el cincho y el pantalón. Hasta que don “Buey Manso” se asomó en el balcón superior de su casa y Paco lo encañonó con el plátano.
“Ahora Sí”, dijo Paco, y Buey Manso se tiró de panza al piso. Se defecó y al día siguiente la señora gorda y morena de nalgas paradas lavaba los calzoncillos con una escoba y les tiraba agua con la manguera.
“Viejo pendejo”, decía. No retuvimos la risa. Habíamos descubierto al que halaba tarros de pintura vacíos, piedras, maderos y todo lo que encontraba, recolectando para hacer a su sabor una casa de dos plantas. En efecto la hizo.
Era tan tacaño que cuando le llegaban a ofrecer comidas pre vendidas por actividades sociales decía:
“deme un tiquet para carne asada”.
Y para su esposa? Preguntábamos.
“No, ella está muy gorda”, decía, y cerraba la puerta.
A veces lo encontrábamos subiendo despacio la cuesta del Rastro, siempre llevaba un maletín enorme de color negro; algunos decían que vendía medicinas, pero por la forma en que le inclinaba el cuerpazo daba la impresión que llevaba piedras o cocos.
Era muy callado y metódico y hubo quien dijera que trabajaba en un cuartel y pasaba inyectando penicilina a todo un batallón. Era el enfermero del Cuartel “El Aguacate”. Y no faltaba quien comentara que comerciaba con carnes de perro en el mercado negro o en los partidos de fútbol, porque vio la cola de un perro recién extraviado que salía de un lado del maletín.
No lo volvimos a ver, desde que se supo que al enviudar se casó nuevamente con una mujer del campo, aún de buen ver, pero con una recua de hijos…
Hizo una fiesta de dos días con la filarmónica que tocaba desde valses tímidos hasta los sones de Cocula y Tecalitlán; y una comilona de tamales de pato. Además, mandó asar un torete, lo repartió con los comensales probando la comida de cada plato.
Tuvo una nueva familia con hijos de otros y se los llevó a vivir a la casa que hizo a costa de los demás.
Un día en que encontró al hijastro menor haciendo de las suyas con la sirvienta en el lavadero de ropa tomó un látigo y los sacó a todos ladrando en tono mayor; les tiró las maletas a la calle y de un portazo se encerró.
“¡¡¡Y no los quiero volver a ver , mantenidos malacates!!!”, gritó desde el sanitario. “No soy laguna”, agregó, y tiró de la cadena del retrete.
Siempre pasábamos en la acera de su casa y nos asomábamos en silencio; solamente escuchábamos la rocola con el mismo disco de Toño Aguilar… “Aleluya, Aleluya, cada quien con la suya”.