Tras las huellas de Alfredo Espino

Alfredo EspinoHace 88 años, El Salvador perdió a uno de sus referentes poéticos: Alfredo Espino. Autor de poemas recopilados en una única antología llamada Jícaras Tristes, es considerado uno de los más leídos después de su muerte, ocurrida trágicamente en su propia casa, donde el joven poeta de 28 años decidió suicidarse.

Con aportes del historiador Carlos Cañas Dinarte

Carlos Cañas Dinarte, ha dedicado este 24 de mayo, fecha de la muerte de Espino, escritos que hablan de la vida del poeta, de su obra literaria y de la necesidad de una análisis más profundo de su legado.

Al respecto, Cañas Dinarte escribe en sus redes sociales que la obra del poeta ahuachapaneco ha sido evaluada hasta el momento con criterios extraliterarios, más volcados hacia la dimensión ideológica que hacia los cánones estéticos.

Ese análisis más profundo aludido por el historiador ya ha sido tomado por estudiosos como Francisco Andrés Escobar y Rafael Lara Martínez.

Alfredo Edgardo Espino Najarro nació en la ciudad de Ahuachapán, a las cinco horas del 8 de enero de 1900, como segundo de un total de ocho hermanos, venidos al mundo en el hogar del poeta y funcionario Alfonso Espino y su esposa Enriqueta Najarro de Espino, ambos descendientes de tradicionales familias de poetas, docentes y médicos.

[pullquote class=»cita»]A penas había pasado cerca de un año de haberse doctorado en leyes en la Universidad de El Salvador, cuando el poeta sumido en el alcohol decidió quitarse la vida. [/pullquote]

El joven poeta es recordado “como modesto y sencillo, de temperamento apacible y hasta retraído, fino humorista en la intimidad y poseedor de una pasmosa memoria, que le permitía repetir verbalmente libros completos”, escribe Cañas Dinarte.

Además, escribía versos, los que mostraba a sus familiares cercanos, cuyas reacciones favorables le producían estados de timidez tales, que se pasaba días enteros escondido en los rincones de la casa, sin presentarse al comedor familiar, para luego aparecerse con una sonora frase en la boca: “A saber que diría mi tata por este otro ultraje a las musas.”

También tuvo inclinación por el cultivo de la música –se sabe que era buen guitarrista-, la pintura, la caricatura –realizó su autorretrato parado frente a un espejo- y la redacción de sainetes, uno de los cuales, ahora extraviado, fue escenificado en San Salvador, en agosto de 1928, por la Escuela de Declamación y Prácticas Escénicas, dirigida por Gerardo de Nieva.

Alfredo cursó estudios en la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de El Salvador, localizada por entonces en el costado poniente de la Catedral Metropolitana, Alma Mater en cuyo desaparecido Paraninfo se doctoró, en la mañana del sábado 12 de marzo de 1927, luego de la defensa pública de su tesis, titulada “Sociología estética”, que fue publicada por entregas, un mes más tarde, en la revista capitalina “Pareceres”.

Miembro de “La Peña Literaria”, era activo colaborador de las publicaciones periódicas “Lumen”, “Opinión estudiantil” –órgano universitario del que fue también secretario- y “Jueves de Excélsior (México), al igual que de los diarios “Diario del Salvador”, “La Prensa”, “Diario Latino” y “Patria”.

Vestido con sus trajes oscuros y sus lentes como los del actor Harold Lloyd, en los últimos años de su vida y debido a sus desequilibrios emocionales y amorosos, se entregó a largos ratos de bohemia, que lo llevaban a realizar extensas visitas a bares y prostíbulos capitalinos.

Fue tras una de esas crisis alcohólicas que él mismo puso fin a sus días terrenales, al ahorcarse con su propio cinturón en la cabecera de su cama, hecho funesto ocurrido a las seis horas del 24 de mayo de 1928, mientras caía sobre la ciudad una pertinaz lluvia y el sueño aún hacía de las suyas entre los miembros de aquella familia residente en el barrio San José.   Fue sepultado en el Cementerio General de San Salvador, donde los discursos de estilo corrieron a cargo del doctor en abogacía y escritor Julio Enrique Avila y los entonces bachilleres Manuel F. Chavarría y Rafael Vásquez.

Desde hace unos cuantos lustros, los restos de Alfredo fueron trasladados a la Cripta de los Poetas, localizada en el cementerio privado Jardines del Recuerdo, al sur de la ciudad capital.

Luego de tan temprana muerte, su padre, el también poeta Alfonso Espino, se dedicó a organizar en un volumen algunas de las dispersas composiciones de su malogrado hijo, casi todas dedicadas a temas bucólicos del paisaje salvadoreño, en las que no dejó de retratar, en medio de las volutas del lenguaje y en su admiración por el cuerpo femenino, temas como la prostitución, la tristeza y la sangre de inocentes mujeres que morían a causa de las violaciones o los abortos.

Con una carta-prólogo del pensador y escritor Alberto Masferrer, una pequeña parte de ese trabajo editorial, en el que hubo intervención paterna en la versión final de los poemas, vio la luz en el periódico Reforma social (San Salvador, 1932). En 1936, esa antología poética fue impresa como “Jícaras tristes” por la Universidad de El Salvador.

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