Familias sencillas, hombres y mujeres, bellas jóvenes, líderes y lideresas, indígenas y artistas, hacen posible que los sábados, cada 15 días, la que fuera una lujosa residencia presidencial ahora los acoja como la casa de la gente, la Casa Abierta.
Fotos: Periódico Equilibrium.
Aquel espacio que a finales de la década de los 70 fue adquirido como residencia exclusiva del gobernante de la época, Carlos Humberto Romero, nunca fue habitado por este por la efervescencia política del momento.
La residencia fue construida en los años 50 por Rodrigo Tinoco y su esposa Irma.
Por aquellos años la zona donde está la actual Residencia Presidencial era una montaña y en el terreno los esposos construyeron su casa y cuando en 1978 se retiraron a vivir a otro lugar, la adquirió el último Presidente que ganó bajo la bandera del ahora extinto Partido de Conciliación Nacional (PCN).
Álvaro Magaña, José Napoleón Duarte, Alfredo Cristiani, Armando Calderón Sol, Francisco Flores, Antonio Saca y Mauricio Funes se interesaron en ocupar esa residencia que ofrece todas las comodidades de una mansión.
El Presidente Salvador Sánchez Cerén, al llegar a la Presidencia de la República en 2014 aplicó un cambio en la política para convertir esa exclusiva zona de 600 metros cuadrados en lo que se conocería posteriormente como “Casa Abierta”.
En esa casa abierta, los fines de semana, cada 15 días, personas comunes y corrientes, desde campesinos que viven en lugares insospechados y que luchan por sobrevivir con salarios exiguos, hasta talentosos jóvenes o profesionales que nunca antes habían siquiera soñado con entrar a esa casa, se reúnen para disfrutar de la cultura y el arte o recibir escrituras de propiedad de sus tierras, como es el caso de la última edición de Casa Abierta celebrada este 27 de febrero.
“Cuando hace poco pasamos aquí con mis hermanos indígenas solo nos dijeron allí no se puede entrar, allí vive el Presidente”, recordó Elba Pérez, una mujer indígena que este sábado llegó ataviada con la característica vestimenta de los pueblos originarios.
La que llegó era gente sencilla, campesina, productora de alimentos que sin saberlo, es la que garantiza la seguridad alimentaria, como se los dijo el gobernante.
Y no solo llegaron para pasar un rato alegre, sino para recibir simbólicamente en nombre de sus comunidades, las escrituras de propiedad que las acreditan como legítimas propietarias de sus parcelas cultivables.
Algunos han esperado relativamente poco para recibir por fin el instrumento que los acredita como propietarios de la tierra que por siempre han habitado; pero otros como José Ever Mejía Romero, de 36 años, su esposa y sus dos hijos y una hija (la más pequeña) recuerda que esperó desde la edad de 11 años que su familia recibiera este título.
Mejía Romero y su familia proceden del cantón Agua Zarca, de Zacatecoluca, en La Paz.
Ahora muestra orgulloso la escritura, junto a su grupo familiar incluido su hijo del mismo nombre, de siete años cuyos ojos verdes y su rostro sonriente no atinan a comprender la alegría que tener ese papel legal significa para sus padres.
Pero él sonríe y deja ver la alegría en su rostro, sobre todo exaltado porque muchas chicas de la Presidencia y hasta mujeres periodistas quieren fotografiarse con él por su gracia y su guapura.
Después de un desayuno, de los testimonios, de las presentaciones de arte musical y de un recorrido entre grandes obras de arte ha llegado el momento de partir de la Casa Abierta, algunos felices por tener ahora en propiedad sus tierras; otros con la esperanza que las peticiones que expresaron o que entregaron al Presidente, se las hagan realidad para realmente tener o empezar a forjar el Buen Vivir.









