Ir a eso es feo, está lleno de personas; las personas me angustian no me gustan los lugares llenos; esas actividades son para la gente corriente, nosotros no vamos a eso; y cuál es la gracia de irse a asolear, si quiero dulces yo me los compro no espero me los tiren como animal. Con algunas de esas frases crecí. ¿Le suenan a usted?
Por: Alejandra Chávez*/Foto: Periódico Equilibrium.
Nuevamente en el octavo mes amanecí y nunca fue mi fuerte, es que la locura de las fiestas agostinas se acercaba.
Como todo buen humano gravé estas palabras creyendo que a mí tampoco me gustaban este tipo de actividades y fue a mis 18 años que descubrí que convivía con estas, más nunca había sido partícipe.
Provengo de una familia de maestros ingenieros, personas de perfil serio que lo que menos quieren es estar en una aglomeración de personas, aman el poder descansar en casa encerrados comiendo y durmiendo. Bueno, y yo nací con ansias de ser comunicadora.
Por primera vez yo supe lo que era ir a apartar algún lugar en la calle para ver un desfile; vi como toda la población de forma alegre se acerca con su familia a las calles para ser partícipe de este evento y puedes irradiarte de su alegría.
Nunca supe lo que era sentir la emoción de un desfile en la calle, esperar una banda musical con todo su desfile y nunca supe lo que era comer un algodón de azúcar hasta que lo dulce se convierta en algo ardiente, nunca supe lo que era llenarse las manos con burbujas de jabón y nunca lo habría descubierto, de no haber ido. Fue algo fantástico.
Para muchos es día de celebración, de fiesta, salir, comer, gastar un poco de dinero, reírse con amigos o familia.
Somos salvadoreños, el lugar de los humanos arrechos que no dejan ir ninguna oportunidad; en las calles habían más de trescientos vendedores ofreciendo desde relojes de mano hasta fantásticos algodones de azúcar.
Somos el país donde vendemos lo inimaginable en estas ferias, hasta el parqueo de carro en las calles públicas; en fin, para muchos es una fiesta, una fiesta donde se ganará dinero, una fiesta hecha para cada Salvadoreño, es la fiesta agostina, paradójicamente con motivo religioso, que los feligreses viven alegremente al lado del Divino Salvador del Mundo, de las ruedas mecánicas para elevar la adrenalina al máximo, de las presentaciones escolares, del desfile del correo.
Es que eso es la fiesta, escuchar los gritos, contemplar las risas, vivir el desfile, la tradición, visitar las ruedas, comer, visitar a la familia que vive lejos y que no siempre se puede ver.
He vivido dieciocho fiestas agostinas; tres las he pasado en San Salvador y he disfrutado una sola de éstas. Me costó trabajo comprender que así como los estadounidenses elevan su bandera adonde vayan, como un italiano come pasta, en mi país El Salvador también se deben vivir las fiestas agostinas.
Parece sorprendente que con aquellos con los que nunca quise compartir en estas fiestas me divertí y, sobre todo, aprendí que unirse a las fiestas agostinas no solo es aceptar ser parte de la capital si no aprender a ser salvadoreño.
Las tradiciones ajenas no te calzan, sé grande con lo nuestro, simplemente sigue siendo salvadoreño.
*Alejandra Chávez es estudiante de la Licenciatura en Comunicaciones de la Universidad Tecnológica (UTEC). El artículo publicado ha sido editado por Periódico Equilibrium, con la anuencia de la autora. El escrito original puede leerlo aquí.