Doctorada en medicina, Ana Lidia de Farela es una mujer que siempre ha tenido como visión servir a las demás personas; tiene una fe en Dios inquebrantable y su filosofía de la vida le ha mostrado un camino de entrega y amor al prójimo.
Fotos: Periódico Equilibrium.
“Sos india”, le dijo una niña proveniente de una familia adinerada. Aquella Ana Lidia de escasos diez años no le dio importancia a la expresión que en el fondo era racista, sino a la incomodidad de sentirse victimizada por una constante ofensa verbal en los restantes días y por el atrevimiento de la niña de halarle, cuantas veces pudiera, sus trenzas. A partir de allí, tras un consejo de su madre y una acción que motivaron la intervención de Sor Heralda, la madre superiora de aquel colegio, Ana Lidia aprendió a sobrellevar las adversidades de la vida con mucha calma y sabiduría. En su oficina permanece un lugar especial dedicado a la Cruz. Ella y su esposo pertenecen al Apostolado de la Cruz. Cada día le entregan a Dios su trabajo y lo demuestra en el trato a su personal y a los pacientes del Hospital Farela, ubicado en la colonia Médica, de San Salvador.
¿Qué le enseñó esa agresión verbal de hace tantos años?
Las cosas difíciles que le pasan en la vida es para salir adelante, con esa mentalidad la vida tiene que ser de fe, de esperanza. En esa época realmente llegué a pensar que era fea. Pero mi madre me dijo que era igual que otra persona que tiene miles; “las dos tienen lo mismo, porque las dos son hijas de Dios, porque el tener cualquiara se lo quita, pero el ser nadie se lo va a quitar”, me dijo. Eso me marcó la vida.
¿Y cómo lo puso en práctica?
Quería aprovechar al máximo lo que mis padres me daban con sacrificio y eso me impulsaba a ser la mejor en el colegio; pero mientras mis hermanos iban creciendo estudié en escuelas públicas. El cuarto grado lo estudié en la escuela pública renovada H. San German, quise ser líder, dirigí, me ponían de ejemplo, pero todo eso era una carga espantosa a mi edad, porque me tenia que portar bien, fui una niña con demasiada responsabilidad. Luego estudié en colegios católicos, habiendo salido del colegio la Asunción tenía la opción de dedicarme a las misiones y ser monja.
¿Por qué no lo fue?
Fui a Guatemala porque quería servir y ser monja, fui a enseñar a leer y escribir a los indígenas, antes de ingresar a la Universidad, pero mi novio (ahora mi esposo) me preguntó porqué quería ser monja y le dije que quería servir y ser buena; “ser buena entre cuatro paredes es fácil , pero te voy a llevar en donde si podés servir y ser buena”, Juan Farela entonces me llevó al Hospital Rosales; tenía 19 años y ver el dolor de la gente desde entonces (lo cual no ha cambiado nada), pacientes en el suelo, sin medicamentos, sentí el dolor del sufrimiento ajeno, y entonces me convenció y estudié medicina.
¿Soñó con ser empresaria?
Definitivamente no. Mi madre nos inculcó la fe, nos enseño lo que significa “el ser y el tener”, pero de pronto cuando nace la idea de tener este hospital, utilizamos los ahorros que teníamos para que nuestro primogénito estudiara medicina. Así nació este hospital de día hace 22 años para luego volverlo de día y de noche; fue creciendo, primero solo había tres camas, sala de operaciones y la sala de partos. Ahora son dos salas de operaciones y diez camas.
Usted habla de practicar la fe y la profesión en este hospital, explíquenos
Muchos de nuestras familias han terminado sus últimos días en este hospital, con un ambiente de amor y, así, damos lo que tenemos con amor en el servicio, el personal esta entendiendo eso. Nuestro objetivo es que el paciente se sienta bien desde el momento que entre y que viene a curarse, la mayoría de enfermedades son sicosomáticas estamos enfermos del alma, con estrés, como estamos en ese estrés debemos ser cuidadosos porque una expresión puede tomarse como algo que duele, entonces los hospitales pequeños pueden hacerlo, no queremos crecer más porque no queremos hacer dinero, solo servir.
Entiendo que usted se congrega ¿tiene que ver eso con el servicio hospitalario?
A veces me duele no ser testimonio y mis empleados lo han de decir, pero uno tiene que procurar dar testimonio de vida, pero el Apostolado de la Cruz me ha enseñado a que todo lo que hago lo debo unir a Cristo y unido a él lo ofrezco al Padre, para merecer la salvación. La espiritualidad de la Cruz es tomarla cada día, es morir cada día, me ha enseñado el binomio amor-dolor; no es que me alegre que alguien sufra, sino que en la medida en que amo, me duele ver la realidad de los demás, no debo cumplir con cosas externas, sino internas. Todos tenemos la obligación de ser santos y Jesús nos lo enseñó haciéndose hombre, cumpliendo la voluntad del padre, a vivir nuestro sacerdocio bautismal. Cuando uno toma decisiones torpes, cuando confío en mis propias fuerzas, es porque no nos hemos abandonado en Dios, pero en las situaciones más difíciles si uno dobla rodillas, puede vencer las cosas más difíciles.
¿Qué va a pasar cuando ustedes ya no estén a cargo?
En ningún momento nosotros, como esposos, nos imaginamos tener lo que ahora tenemos, porque nunca fue nuestro objetivo el tener; así que como profesional puedo decir misión cumplida, porque ya estamos en la meseta, Dios sabrá cuando debo retirarme.
Y ¿cómo se describiría a sí misma?
No hago deportes, cocinar me encanta, detesto la mentira, me gustan las pastas, mi color es el violeta. Mi ilusión es que este hospital, que es mi hijo adoptivo, cuando ya no trabaje o no esté viva, que exista como un lugar que sirva a la gente como asilo, hospital de sacerdotes, o algo así. Antes de morir quiero ser abuela, pero ya no depende de mí, estoy sometida a la voluntad del Padre.

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Yo ya soy cliente del hostal, para mi es una bendición . Excelente atención noe quejo. Le pido a Dios que bendiga cada persona que labora en ese hospital