Vilma Aricelda, la Maestra de los siete grados

Si bien las necesidades son muchas y las condiciones de transporte inadecuadas, esta maestra lucha cada día por acoplar la realidad a la enseñanza de un grupo de 29 estudiantes.

 

Fotos: Periódico Equilibrium.

El día anterior a la entrevista, la única maestra de la escuela del caserío El Volcán, en el cantón San Lucas, de San Simón, departamento de Morazán, se había caído y lastimado el tobillo. Pero allí estaba, fiel a su deber de enseñar al grupo de 29 estudiantes. Lo tenía hinchado.

Para llegar a ese lugar que está en la cima del cerro de dicho cantón, Vilma Aricelda Luna Guevara debe caminar al menos cinco kilómetros cuesta arriba, todos los días para atender al alumnado de parvularia y de primero a sexto grados. A veces, con suerte, ella encuentra un pick up todo terreno que va subiendo y aprovecha el momento para llegar a la escuela, donde ya tiene cinco años de estar como interina.

En receso.

El camino es tortuoso y, a veces, tanto ella como sus estudiantes (con excepción de quienes viven cerca de la escuela) prefieren las veredas para llegar más rápido.

Era un día de mayo cuando, buscando a una becaria de la Fundación Educo, este periódico conoció a la maestra que observaba a su grupo de estudiantes jugar en el receso. Estaban practicando softbol y fútbol.

Ese año, se habían inscrito 31 escolares, pero dos ya no llegaron. Es fácil concluir que sus padres prefirieron ya no enviarlos, porque en las conversaciones con quienes sí asisten, ella se entera que las familias prefieren que alcanzado un nivel de estudios la niña o el niño vaya a “manguear” (cortar mangos para vender).

Quienes perseveran en los estudios sueñan con ser soldados o policías, si son niños; y las niñas, con ser secretarias. Falta orientación para decirles que hay otras profesiones a las que pueden aspirar, dice su maestra, quien antes trabajó en Cacaopera en otro interinato.

Cuando estaba estudiando su carrera universitaria para graduarse como docente, nunca imaginó trabajar en un lugar así; se imaginaba más cómoda, con acceso a transporte pero la primera oportunidad que le salió la aprovechó. Era el cantón San Lucas.

Así es el camino hacia la escuela. Vilma generalmente sube por las veredas.

“Cuando vine a conocer el lugar por primera vez, yo llegué llorando a la casa porque estaba feo el lugar, pero de ahí todo se me ha hecho fácil, el ambiente es sano, en ningún momento he pasado algún susto”, dice cinco años después.

Ahora San Lucas ya no la asusta, es más, ha notado que a partir de las constantes y diarias caminatas ya no se enferma tanto.

En este tipo de lugares las cosas son diferentes, cuando hay dinero las personas van a comprar el maíz que sirve de alimentación de la comunidad educativa; cuando no hay dinero, entre padres, madres y docente se ayudan para proveer lo necesario a la niñez escolar, “porque nosotros no tenemos ayuda de nadie, no tenemos apoyo para comprar cosas complementarias para alimentación”.

No es mucho lo que se logra obtener; por semana se tienen dos libras de papas y dos libras de tomate. “Yo me preocupo porque la mala alimentación se ve reflejada en el rendimiento académico, les cuesta mucho entender y hacer sus tareas, ellos en la noche por ejemplo no pueden hacer sus tareas porque no hay luz eléctrica en el cantón. Yo les digo que vayan a la unidad de salud a pasar consultas”, observa la maestra.

Vilma Aricelda se ha encontrado con exalumnas que ya son madres y que están pasando la misma situación: “no tienen como alimentar a sus hijos, les dan agua de arroz.

A las 7:15 a.m. ya está en la escuela, después de caminar una hora y pese a las dificultades, lo que la anima es el contacto diario con la naturaleza y aprender a ser más humana.

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