El viaje ii. Ensueño y encanto

Esa noche, para Jonathan, no fue muy agradable; pues el frío le impidió dormir. El abuelo Francisco cayó en la cama y durmió profundamente.

Por: Dr. Adán Figueroa

Todo estaba listo para continuar el viaje. El frío de la mañana calaba hasta los huesos mientras el sol aparecía en el horizonte. Uno a uno iba subiendo a la embarcación que los conduciría hasta Amantaní.

El pequeño grupo de Jonathan y el abuelo Francisco se colocaron en la parte trasera de la embarcación; el viaje era largo y el guía los saludó en Aimara y comenzó a explicarles el recorrido a través del Titicaca y algunas historias o leyendas.

Vamos a ir a la isla de ensueño y encanto: Amantaní, muy cerca del cielo; casi a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, de cuya cima podrán observar el atardecer más bello de su vida. Solo una recomendación, después del almuerzo, descansen un rato, tómense un mate de coca y de muña para que no les afecte la altura.

Pero antes que nada quiero comentarles que bajo las aguas de este lago azul según algunos historiadores, hay una ciudad perdida que fue fundada mucho antes que los Incas existieran; y según cuentan, se construyó con la ayuda de seres extraterrestres que convivieron con nuestros antepasados. Existen muchas historias que mencionan que nosotros en estos tiempos, aún no estamos preparados para descubrir y ver la grandeza y misterios que hay en sus construcciones.

Jonathan iba muy atento a todos los comentarios de Javier, el guía; la verdad era que había captado la atención de todos los visitantes, tanto que la travesía del lago se volvió fugaz con tantas historias y anécdotas que pronto estaban atracando en la isla de Amantaní.

Todo el mundo estaba alegre y con gran expectativa por lo que iban a observar y compartir con los nativos. Era una experiencia que se planteaba fabulosa, pero lo que no se imaginaban ni se les había explicado era que tenían que subir todo el cerro para poder disfrutar de una vista inigualable.

El poco oxígeno del aire debido a la altura, hacía que la fatiga aflorara por los ojos, la boca, la nariz, piel y todo el cuerpo. Con la lengua de fuera y el corazón en la mano saltando a galope tendido ascendían penosamente por las veredas decoradas cuesta arriba, hasta que por fin uno a uno se iba quedando con la familia que se les había asignado.

El abuelo Francisco subió, porque Dios es grande, pero disfrutó como nunca, al estar en la cima del mundo.

Desde aquí, dijo el Javier, cuentan que se veían las luces de lo que posiblemente eran naves espaciales que subían y bajaban donde está la ciudad perdida. Viendo esas aguas azules que se confundían con el cielo, disfrutaban de una paz infinita que se respiraba en aquel silencio mientras el sol se escondía lejano, cansado tal vez, pero maravillando a los pocos y extraños ojos triunfales que habían alcanzado su meta. Fueron pocos minutos pero altamente satisfactorios y gratificantes.

El descenso se inició rápido porque la oscuridad los comenzaba a envolver con el frío que cada vez se hacía sentir más y más intenso.

Esa noche, para Jonathan no fue muy agradable; pues el frío le impidió dormir. El abuelo Francisco cayó en la cama y durmió profundamente.

La nueva mañana los esperaba ansiosa e impaciente propiciándoles un descenso más rápido y tranquilo, la embarcación los esperaba y todos los nativos estaban prestos despidiéndolos con alegría y agradecimiento entre abrazos y sonrisas.

Todos regresaban muy contentos entre comentarios y especulaciones sobre los extraterrestres. Algunos osados subieron al techo de la embarcación para disfrutar el paisaje y despedirse de las tierras sagradas.

De pronto un silencio se apoderó de la embarcación durante casi una hora, hasta que el sonar de una sirena, unas luces brillantes de varios colores y murmullos lejanos que se iban acercando poco a poco, sobresaltaron a Jonathan, quien gritaba asustado: ¡Los extraterrestres, los extraterrestres nos atacan! Todos se veían confundidos y temerosos cuando unos hombres de negro abordaban la embarcación.

Calma joven, calma; le dijo Javier. Es la guardia costera que nos hace una revisión de rutina.

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