Un alumno mangoreano

mangoreLo llevé a pasear, a sentir la brisa. Su esposa y la mía se hicie-ron amigas. A veces comí-amos en su casa. Yo, desde luego, llevaba el vino, Wiskey y los espaguetis.

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas

Ilsutración: Periódico Equilibrium.

DESPUÉS DE ESCUCHAR EN VIVO LA ROMANZA, melodía anónima en guitarra, mis conocimientos de rock and roll y boleros, incluso guapangos, y sones suramericanos rodaron por el mágico sonido clásico.

Tocó la guitarra un amigo, ambos éramos estudiantes de primer año de Medicina en la Facultad de la Universidad de El Salvador.

Félix Aguirre, ahora el mejor oftalmólogo de El Salvador, ejecutó la guitarra bajo mi asombro. Le pedí enseñarme ese arpegio y accedió de la manera más inteligente. Dibujo mástiles de guitarra y colocó puntos negros en las cuerdas, escribió los tiempos. Y eso bastó. Me aprendí la primera parte. La segunda parte me la enseñó Lito Portillo compañero estudiante de los Alacranes del Inframen (Instituto Nacional Francisco Menéndez) también utilice el método didáctico de Félix.

Escuche radio Clásica y las interpretaciones de Julián Bream eran asombrosas ejecutando “Estudio en mi menor”, de Fernando Sor, una melodía de 9 minutos, a dos guitarras.

Le pedí a Lito Herrera, hoy gran cirujano, exalumno de la Academia Nitsuga Mangoré, que me ayudara para llegar con el maestro Cándido Morales, quien fuera uno de los Doce discípulos de Agustín Pío Barrios Ferreira, o Nitsuga Mangoré, guitarrista clásico de origen paraguayo, de fama mundial, alojado frente al parque Centenario, en San Salvador, desde finales de 1930 por la fortuna de haber ejecutado obras propias y de otros grandes compositores en el Teatro Nacional a un Colón la entrada.

Lo escucharon los que pudieron pagar esa fortuna. Y un buen día apareció un carro verde olivo con el emblema de casa presidencial frente al hotel en donde estaba alojado Mangoré.

Era tarde. Iban dos agentes enormes con uniformes de la benemérita, según me contó don Cándido Morales.

Mangoré bajo armado con su guitarra y su frac negro, sus labios pronunciados y cara de nativo, altivo por su tranquila forma de comportarse, sabiendo de qué era capaz.

Fue recibido en Casa Presidencial en San Jacinto, por el Presidente de la Republica de entonces, con los debidos honores.

Ejecutó obras propias y españolas para una selecta audiencia. Los aplausos fueron nutridos. Durante el banquete le preguntó el presidente qué deseaba o en qué se le podía ayudar, si es que lo necesitaba.

Mangoré respondió que estaba un poco enfermo y el calor del trópico y la alta hospitalidad en El Salvador le hacían bien.

– Señor ministro de Hacienda, dele al Maestro Agustín Mangoré inmediatamente la nacionalidad salvadoreña, una pensión vitalicia, la asistencia de los mejores médicos, una casa y lo que él solicite.

– Sí, Señor Presidente…

Desde entonces Mangoré, agradecido, recibió a discípulos para la enseñanza de la ejecución de la guitarra clásica, en una casa modesta frente al parque Centenario. Y fueron doce alumnos destacados, entre ellos el Dr Bracamonte, oftalmólogo; Don José Cándido Morales y otros que aprendieron con mucha maestría la ejecución y lectura en solfeo, la guitarra técnica.

Siendo el Sr. Morales quien más tarde, después de fallecer Mangoré, se encargaría de llevar las pertenencias de Nitsuga Mangoré al Museo Nacional David J. Guzmán, en donde se le recuerda con la guitarra para concierto y algunas pertenencias muy personales. Además de llevar conciertos de guitarra cada aniversario al famoso Mangoré.

Pero fue don Cándido Morales quien al jubilarse de diputado y ex director del Inframen, quien ubico la academia Nitsuga Mangoré en la casa de su señora esposa, en la colonia Centroamérica, en la calle San Salvador # 11.

Ahí fui con mi guitarra marca Restagno, italiana, con alma de Sándalo. Me recibió el maestro. Había una antesala con varias guitarras y escabeles de madera, dividida por una madera artesanal de muy buen gusto de la sala amplia de las visitas.

Nos presentamos y me dijo: por favor toque algo, lo que sea… (era un hombre muy educado, nunca le escuché mala expresión).

Por supuesto toque la ROMANZA (con esta lo apantallo, pensé).

El dejó que terminara de tocar.

– ¿Ya estuvo?

Sí, maestro…

– Bien…

Me quitó la guitarra con una fuerza de estibador: ¡la guitarra se respeta, no es vómito!, dijo muy molesto.

Me dio una cátedra de cómo aparecieron los instrumentos de cuerda, con la voz apacible y muy didáctica.

– Lo encomiable en usted -agregó- es que desea aprender, en primer lugar debe saber historia de la guitarra, de la música y del Maestro Mangoré. Además le enseñaré a encordar las cuerdas y cómo afinar de oído.

Me quede minúsculo ante esa lección de humildad.

Me preguntó ¿Quiénes han sido sus profesores?

– Unos borrachitos, un vago y otros amigos.

Bien, bien… los términos los domina, algunos arpegios… Pero vendrá dos veces por semana.

Me comentó una anécdota de Mangoré:

En un Hotel de Buenos Aires, él estaba repasando con la guitarra a altas horas de la noche, entonces alguien llegó a tocar a la puerta. Abrió con guitarra en mano. Era una niña que iba con su muñeca y le dijo: Señor ¡su guitarra no deja dormir a mi muñeca!

Mangoré le dijo a la niña y la señora que le acompañaba: Pasen, en este momento lo arreglamos. Tocaré una melodía para dormir a tu muñeca. Así fue como compuso: “El sueño de la muñequita”, una obra magistral con armónicos y melodía con ritmo simultáneo, belleza de obra.

Una de las tantas anécdotas que me compartió el Sr. Morales, sus momentos que vivió con el maestro, nacido en San Juan, Paraguay, genio a los cinco años de edad. Inició una escuela de escala mundial. Falleció en 1948, y está en el cementerio de Los Ilustres, lugar en donde reposa mi amada madre, que me vio y escuchó tocar como los grandes.

Bien, comencé con escalas, ascendentes, descendentes, arpegios ascendentes y otros, pulsación, ligados, y sobretodo afinar, desafinar y afinar.

Estudios para cejas o sostenidos, en fin una educación de años, con la afinación del oído. De cómo hacer las pausas, los armónicos, y todo lo relacionado con las obras de Mangoré, además de Fernando Sor, Isaac Albeniz, Francisco Tarrega y otros españoles, incluyendo algunas obras de género Flamenco. Flamenco por las aves así llamadas Flamencos que baten armónicamente las patas para buscar alimento en las ciénagas.

Poco a poco, hasta que le solicité aprender trémolos. Aceptó, pero me advirtió: hay secretos que el maestro se los lleva a la tumba”.

(No hombre), pensé. Seguí llegando, nunca me aduló, si lo hacía bien asentía con una sonrisa, no más. Nos tomábamos un trago de Wiskey que nunca le faltaba.

Nos hicimos amigos, a falta de padre. Lo comencé a querer como el padre que no tuve en la adolescencia.

Lo llevé a pasear, a sentir la brisa. Su esposa y mi esposa se hicieron amigas. A veces comíamos en su casa. Yo, desde luego, llevaba el vino, Wiskey y los espaguetis. O salíamos a comer para sus aniversarios.

Le agradaba la carne asada con arroz y tortillas tostadas. Comida china. Y desde luego las cervezas muy frías. Se bebía cinco de las grandes, quizá debido a su gran estatura, y me dejaba una.

Comenzó a llevarme a los conciertos de guitarras. Iba como invitado. Hasta que un sábado después de desayunar en un cafetín muy bueno, vi que se cambió de ropa y se vistió de frac negro y agarró la guitarra con el estuche.

– Hoy no habrá clase, me dijo, le pido de favor me lleve a que me lustren los zapatos, allá frente al Palacio Nacional.

Yo iba con un pantalón Jean azul, una camisa roja informal y zapatos “tenis”.

Asentí con la cabeza. Nos fuimos en el carrito de dos puertas. Le lustraron los zapatos. – ¿Y ahora?, dije,

Ahora vamos al Foto estudio que está frente al cine Plaza. Fuimos. Yo cargando la guitarra.

Al llegar, supe que ya lo esperaban. Sacó la guitarra, la froto con una seda. Y posó para varias fotos, de pie, sentado, de perfil, de frente y oblícuas. Eran las fotografías para su siguiente libro “Obra de Agustín Mangoré”. Ya había escrito “Mangoré genio de la guitarra”

Cuando terminó la sesión yo iba a guardar la guitarra.

– No la guarde, dijo el maestro, sáquela, que le den un saco, posara con ella.

Pero maestro vengo en esta facha.

– Denle un saco, dijo.

Me puse uno que me quedó muy bien, negro, sin corbata o corbatín. Y mi sorpresa fue, que él se puso a la par mía, sudé helado cuando me colocó su manota en mi hombro, mientras sostenía la guitarra en tono de sol mayor. Fueron varias, que aún guardo.

– Bueno esa guitarra es suya, ahora es su “graduación” (Me obsequió una guitarra Yamaha, para estudio, con sonido ejemplar).

Al llegar a su casa había un almuerzo para rey y escribió en un libro “Mangore Genio de La Guitarra”, un verso de halagos que me hicieron llorar mientras fui a lavarme las manos.

Ese año me gradué de especialista en Neumología y, a solicitud de las autoridades, de la institución en donde estudié. Tuve el privilegio de tocar en forma alterna con otro guitarrista amigo mío, el Dr. José Roberto Paniagua.

De tal manera que toqué de la mejor manera, mi mayor satisfacción fue que entre el público estaba mi madre, a quien nunca olvido, mis compañeros de estudios, profesores médicos invitados de Oriente, Occidente y San Salvador. Fue un día de Enero que la directora general me saludó como el “virtuoso de la guitarra”.

Desde entonces he sido invitado a tocar en eventos para los profesionales de la Salud, en hospitales y hoteles.

Y recuerdo la vez que en el hotel Zahara de Santa Ana, una noche toqué un recital, se me dio alojamiento, incluso dormí ahí. Ubicaron una cama para mis dos guitarras ese fue un detalle muy especial.

Muchos años después, al salir de almorzar con el maestro, me dijo: hay secretos que debo revelarle, que a nadie le enseñé.

Me obsequió otra guitarra que perteneció a un muy preciado personaje salvadoreño y la guardo como guardar oro. Toco con ella en los recitales que doy ocasionalmente, debido a mi profesión.

En un repaso una compañera se asomó al auditorio del Hospital General del ISSS, y dijo: Quien sabe se divierte.

En efecto tocar guitarra es como darle un masaje al hemisferio cerebral derecho como dijo un Psiquiatra, profesor mío, que llevó a su esposa para estrechar mi mano.

Desde mi niñez le pedí a la Virgen de Guadalupe, una guitarra. Mi madre me compró una de las pequeñitas, porque me llevaba de niño vestido de Juan Diego, por ser enfermizo, y con los años la perseverancia y la disciplina me llevaron al camino que Dios me regaló con ese don.

Le doy gracias y le pido humildad. No alcanzo a darle las gracias por ello. Y por todas las cosas buenas. Incluso por poderlas escribir, pues es parte de mi historia.

Sin omitir decir que La Romanza la toqué muchas veces dedicada a mi primera novia, una mujer muy bonita, educada y que nunca pude olvidar: la arquitecta Ana Celina Rivera Toledo. Mis respetos a donde se encuentre, pues aún cuando toco clásico la recuerdo como cuando la conocí a sus trece añitos de edad, yo desde luego de 18.

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