Recuerdos

Dennys, un señor de sesenta años iba acompañado de su esposa unos abriles menor que él y comenta entre el grupo: dicen que en la excursión del año pasado hubo un percance, una verdadera tragedia.

Por: Dr. Adán Figueroa.

“Hoy, ayer y otros días, no sé ¿cuántos serán? que mis recuerdos empedernidos no alcanzan a vislumbrar en medio de la incertidumbre. ¿Serán tan añejos o estarán dormidos? ¡Qué importa!

Lo bueno es que estamos juntos, con el deseo de continuar el viaje en el sendero trazado con esperanzas y muchas ilusiones.”

Esas frases estaban escritas en un trozo de papel teñido de manchas amarillas y arrugas que el tiempo había trazado mientras permaneció oculto, ¿Quién sabe cuánto tiempo? Pero fue precisamente la noche antes de emprender el viaje de vacaciones tan esperadas.

¡Uf! Estaban listos para ir a Tierra Santa, ni más ni menos.

Dos semanas antes, el viaje entró en una duda inmensa si se realizaría o no, pues como era costumbre, Israel y palestina habían entrado en conflicto nuevamente. Fue a penas tres días antes de la partida que se inició el cese al fuego. Iba un grupo numeroso, dado la situación conflictiva: veinte en total y muchos, adultos mayores deseosos de ir a dejar todos sus pecados acumulados en tantos años y regresar limpios. Iban alegres, muy contentos entablando conversación con sus compañeros hasta días atrás, desconocidos.

Dennys, un señor de sesenta años iba acompañado de su esposa unos abriles menor que él y comenta entre el grupo: dicen que en la excursión del año pasado hubo un percance, una verdadera tragedia.

– ¿Qué pasó compañero? Le dijo Esteban, casi de su edad.

– Es que falleció una señora y le salió tremendamente caro el traslado del cuerpo, el cadáver. Le costó casi quince mil dólares.

– ¿Y por qué no la enterró acá en Tierra Santa? a mí me gustaría que me sepultaran en esta tierra.

– Dicen que hizo todo el esfuerzo posible por llevársela y lo logró.

– Pero ¿Qué pudo haber sido? Compañero.

– Para que no tuviera la más mínima posibilidad de resucitar prefirió sepultarla en su país.

Muchos se rieron, algunas mujeres le gritaron ¡chistoso! ¡blasfemo! Dennys se calló, no dijo palabra alguna por un buen rato. Estaba sumamente apenado por la broma realizada. Realmente fue de mal gusto, pensó. Muy inoportuna.

Caminaron por varios lugares, subieron y bajaron pendientes hasta que llegaron a Monte Sion, donde está la tumba del Rey David y por estar observando el arpa que habían colocado en las afueras de su tumba, todos sus compañeros de grupo se alejaron de ambos esposos. ¡Qué barbaridad! ¡Cómo es posible! Un arpa con el Rey David, si él tocaba la lira y eso todo el mundo lo sabe.

Cuando reaccionaron estaban solos. ¿Y ahora? ¿Qué hacemos? Le dijo la esposa.

Dennys estaba confundido, caminó varios metros, corrió para un lado, luego para el otro y nada.

Ni un alma conocida, mucha gente, sí, pero eran de otros grupos.

Afligido y ya desesperado recordó, que otra compañera se había quedado a la entrada de Monte Sion, pues se le dificultaba mucho caminar. Buscaron ese lugar hasta que, por fin, allí estaba la señora Isabel, sentada, tranquila, recorriendo y escudriñando con sus ojos el Monte de los Olivos y el valle de Cedrón al fondo.

Allí esperaron con mucha paciencia, hasta que, por fin, iban apareciendo uno a uno los integrantes del grupo que, llenaban de felicidad a los ojos de Dennys y su esposa.

El cura y guía espiritual dijo: allí están las ovejas perdidas.

– Ahora las encontradas padre y disculpe. No volverá a pasar.

– ¿Se afligieron mucho? Dijo el padre

– Algo. Pero sabíamos que pasarían por nosotros.

– Eso es bueno. Hay que tener Fe y no olvidar que, el tiempo de los milagros no ha terminado.

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