Otras agresiones sexuales

otras-agresiones

Miriam se sentó y al minuto tenía al médico mirándola fijamente a sus ojos claros y diáfanos que escondía cierta sensualidad, descubierta únicamente por la sensibilidad de algunas personas.

 

 

Por: Dr. Adán Figueroa.

Ilsutración: Mely.

“Pendejo” -le dijo- y tiró la puerta con tanta energía que la división del consultorio se estremeció y tembló por el impacto.

Su ira fue imposible de ocultar. Sus labios rojos delataban la impotencia femenina y el temblor de sus manos, la frustración retenida.

Hubiera deseado descargar una sola cachetada sobre la pobre ética del abusivo Galeno. Miriam Aguilar tenía 33 años, dos hijos y era la tercera vez que intentaba pasar una consulta por sus várices.

Cuando entró al consultorio, el doctor Villareal estaba fuera de su escritorio ordenando unos instrumentos que descansaban en la mesita junto al canapé.

– Buenos días doctor, saludó Miriam.

Él la miró de pies a cabeza, guardó silencio un instante y con esa mirada la desvistió en un dos por tres.

– Buenos días señora, pase adelante y tome asiento, dijo Villareal serenamente. En un momento la atiendo.

Miriam se sentó y al minuto tenía al médico mirándola fijamente a sus ojos claros y diáfanos que escondía cierta sensualidad, descubierta únicamente por la sensibilidad de algunas personas.

– ¿De dónde viene usted Miriam, preguntó el doctor Villareal mientras escribía en la hoja de censo de pacientes.

De aquí, de San Salvador, doctor.

– ¿Y vive cerca de la unidad?

Sí, relativamente.

– Cuénteme, ¿Qué le pasa Miriam? ¿Por qué viene a consultar?

Es que tengo várices doctor y quiero ver si me las inyectan.

– ¿Y le duelen?

No me duelen, pero no se ven bien y no quiero que me vayan a aumentar más.

– Muy bien Miriam. Veámoslas cómo están. Se quita la ropa, se pone esa gabacha y se acuesta en el canapé. La voy a examinar.

El doctor Villareal escribía en el expediente con letra de principiante, que sólo él la podía entender, y de reojo miraba el cuerpo ondulado de Miriam.

– Ya doctor- dice Miriam acostada en el canapé.

El Galeno se aproxima. Descubre lentamente el cuerpo de Miriam con una ansiedad reprimida. Villareal se quedó perplejo, inmóvil. Jamás había visto tanta belleza escondida. Miriam se había dejado únicamente su bikini negro.

– ¿Dónde tiene las várices Miriam? preguntó el doctor Villareal, mientras sus manos y su cuerpo sudaban la emoción.

Ella le señaló sus muslos y Villareal empezó a deslizar su mano por su parte interna más con picardía que con el objeto de detectar algo. La mano casi temblorosa ascendió hasta rozar ligeramente el bikini negro.

– ¿Se rasura usted Miriam? – preguntó Villareal.

Sí, a veces.

Siguió tocándole el otro muslo de abajo para arriba hasta sentir el bikini y esta vez, palpó con sus dedos toda la curvatura hasta la cresta ilíaca, la cadera.

– ¿Y atrás no tiene Miriam?, voltéese por favor.

Miriam se coloca boca abajo mientras las pupilas de Villareal se dilatan para ver con más claridad al sentir su cuerpo a escasos centímetros del suyo.

Sigue deslizando sus manos sobre las piernas y ahora incluye los glúteos. De repente, agarra los dos glúteos con ambas manos y los agita. Observa que aún hay cierta firmeza en estos.

Miriam hizo un movimiento de rechazo, pero no dijo nada. Pensó que seguramente era parte del examen físico.

Al final el doctor Villareal le pide que se dé vuelta y fue entonces cuando éste, ya no pudo soportar y al ver los senos medio colgados de incertidumbre, los tomó con sus inquietas manos.

Miriam reaccionó indignada. Se levantó inmediatamente y salió furiosa del consultorio tirando la puerta con una fuerza extrema.

Al verla, la enfermera le pregunta: ¿Qué le pasa señora, por qué está tan alterada?

– Es que el abusivo del Dr. Villareal me estaba tocando toda.

Pero no es posible señora, si en el consultorio nada más está el ordenanza.

Opciones para compartir nuestro contenido