Momentos de la vida

Por fin lo fueron subiendo poco a poco y ya cuando estaba a punto de introducirlo al yate, el agónico animal lanzó un coletazo y el capitán fue lanzado a las aguas del mar.

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely

Ese día fue algo extraordinario. Era sábado por la tarde y el recorrido por el Yate en el puerto de La Libertad había dejado muchas satisfacciones, en especial por la adquisición de Edgar.

La mañana transcurrió tranquila, el mar balanceaba al yate suavemente mientras Gilma flotaba en sus aguas profundas de un color azul oscuro o tal vez negro azulado, pero había una calma infinita.

La mirada se perdía en el horizonte donde el cielo se juntaba con el mar, agua para un lado y otro con algunos rumores de voces silenciosas. Al poco rato de estar flotando, Gilma sintió que algo rozó una de sus piernas y entonces recordó que no era muy buena nadadora De nuevo algo liso y fino pasó junto a ella y entonces no pudo más.

– ¡Súbanme por favor! dijo

Inmediatamente el capitán Foster lanzó una pequeña escalera y Gilma subió un poco alterada, observando las aguas tratando de dilucidar qué animal pudo haber sido; pero no se vio nada. Entonces el capitán les dijo: Voy a preparar algunas cañas de pescar por si alguien gusta de este deporte.

Edgar fue el primero en obtener su caña y colocarse en muy buen a posición. Dos compañeros de viaje hicieron lo mismo y al momento se dejó escuchar un silencio prolongado, suave y muy cálido que fue interrumpido por los gritos emocionados de Edgar:

– ¡Pesqué algo!¡Pesqué algo y grande!

Entonces el capitán Foster se le acercó para ayudarle con su enorme pez, y no era broma; sus brazos temblaban al sostener al pez que luchaba incansablemente para escaparse. Por fin lo fueron subiendo poco a poco y ya cuando estaba a punto de introducirlo al yate, el agónico animal lanzó un coletazo y el capitán fue lanzado a las aguas del mar.

Edgar siguió luchando enérgicamente para conservar su presa y sus amigos acudieron a su auxilio. El pez medía como un metro y su tamaño dificultaba inmovilizarlo.

El capitán, mientras tanto, nadaba con dificultad por el golpe sufrido y nadie notó su problema por la emoción del pez capturado. Al momento de caer al mar, otros peces enormes lo rodearon, lo golpeaban con sus cabezas, le daban vueltas en el agua, saltaban sobre él; estaba muy atemorizado, cansado y a punto de desfallecer, entonces haciendo un esfuerzo sobrehumano logró aferrarse a la escalera de yate e inició su ascenso. Iba subiendo poco a poco, sumamente aturdido, pero tal vez más apenado por el accidente sufrido.

Yo tuve que caer se repetía en silencio y frustración, pero para Edgar y su emoción, no fue perceptible la afrenta y el riesgo que el capitán había enfrentado.

Exaltado le dijo Edgar: ¿Qué es capitán? ¿Cómo se llama este pez?

El capitán se le quedó viendo a Edgar como reprochándole la indiferencia por su accidente, respiró profundo varias veces y luego observó al pez; le daba vueltas y vueltas y al final le dijo: parece una barracuda Edgar.

– ¡Barracuda!

– Si una barracuda, eso es. Ellas son así con grandes y filudos dientes, son muy feroces.

– ¿Y se comen capitán?

– Claro. Se la preparamos en un momento para que la disfrute en su casa

Edgar y sus amigos estaban sumamente entusiasmados y complacidos. ¡Nunca!, ¡Nunca en su vida, habían pescado algo tan grande!

La verdad, no tenían experiencia en la pesca, fue pura casualidad. Durante el regreso solo se habló de las barracudas y de los nuevos instrumentos que iban a adquirir para seguir con ese deporte.

– Esto es maravilloso, decía Edgar, lo debemos de repetir por lo menos cada mes. Capitán, la próxima vez que vengamos lo buscaremos a usted. Nos ha dado mucha suerte.

– De acuerdo, como gusten. Yo permanezco aquí todos los días, en especial los días de semana. Pero ahora es tiempo de regresar y veremos las caprichosas estructuras rocosas que descansan a la orilla de la playa.

Era tarde ya, y el sol enfrentaba su ocaso. Un celaje impresionante se dibujaba lejano. En el horizonte se escondía un sol rojizo, inmenso, que dejaba escapar sus rayos luminosos a través de las blancas y sedosas nubes que decoraban el cielo de nuestro país, mientras la brisa marina acariciaba el rostro de todos los viajeros que no se cansaban de repetir la palabra “barracuda”.

Habían pasado un buen rato abstraídos en las imágenes del recuerdo, se reían muy contentos mientras señalaban con el índice algo especial que solo ellos veían.

Al dar la vuelta a la hoja del álbum, la voz apacible de Brian dijo: Mi padre a esto le llama “Momentos de la vida”

Bonito nombre dijo Edgar; suena bien para título de algún libro.

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