Mateo, el bromista

Teo el joven de diecinueve años y padre por accidente, disfrutaba mucho con su pequeño. Su inmadurez o poca edad para ser padre de familia, le ayudaba a jugar con su hijo.

 

Por: Dr. Adán Figueroa.

Era joven, demasiado joven para tener un hijo de cuatro años. Vivía en la colonia Los Alpes de San Marcos, en las faldas del cerro Amatepec, que todo el mundo conoce como cerro San Jacinto y habían estado celebrando los cuatro años del pequeño Mateo, con una piñata en el centro recreativo de la comunidad.

La tarde estaba tranquila y a lo lejos se dejaba escuchar el canto de múltiples cigarras por la cercanía de la Semana Santa. Una brisa suave y refrescante se esparcía en el ambiente acariciando a todos los festejantes.

Mateo lo había pasado de maravilla y se emocionó mucho más cuando abrió el regalo que le había dado su abuela Tita. Vivían en la misma casa, pues sus papás eran muy jóvenes y no tenía los recursos suficientes para llevar una vida independiente y digna; pero a pesar de todo había armonía en la familia.

Como el pequeño Mateo era algo perspicaz, siempre hacía alguna alusión sobre el trato de su papá con su abuela. Existía algo que a él no le gustaba, no le agradaba para nada como la llamaba su padre; y no perdía la oportunidad para que todos lo supieran.

Teo el joven de diecinueve años y padre por accidente, disfrutaba mucho con su pequeño. Su inmadurez o poca edad para ser padre de familia, le ayudaba a jugar con su hijo y la informalidad la demostraba hasta cuando decía su nombre.

Ese día cuando llegaron unos amigos de su joven esposa, Teo exageró al bromear con su nombre.

– Mira Juan, le dice ella a su amigo, Teo es mi marido, el papá de mi hijo.

– ¡Ah! Mucho gusto Teo. Teodoro, ¡verdad?

– No, le dice él sonriente, Doroteo Flores.

Continuaron platicando y casi en el mismo momento, la esposa lo presenta con otro amigo de ella y todo se repite casi igual, cuando el amigo le dice, mucho gusto Teo; Doroteo ¿verdad? Él le contesta siempre sonriente, No, Teodoro. Así era de bromista, pero a veces de tanto repetirlo, hasta al propio Teo se confundía con su verdadero nombre.

El día que Mateo se enfermó y lo tuvieron que llevar al hospital, allí se aclaró todo y se resolvió el problema del padre con su nombre y del hijo con su abuela.

El galeno los atendió como era su costumbre, amable y sonriente y ya al final de la consulta el niño le dice al doctor: fíjese que mi papá no quiere a mi abuela.

– A ver, y ¿cómo está eso jovencito? Dice el galeno.

– Es que mi papá la llama de otro modo, siempre le dice suegra y ella es mi abuela.

– ¡Ah! Eso que no te preocupe Mateo, así es correcto. Tu abuela es tu abuela y es así, porque es la mamá de tu mamá; pero también es la suegra de tu papá. Tiene dos funciones. Es como yo, le dice. Soy abuelo de mis nietos y suegro del papá de mis nietos. ¿Me entiendes, Mateo?

– Creo que sí, le dice un poco confundido.

– Es que mi papá siempre me confunde, a veces no sé, qué contestar cuando me preguntan; ¿cómo se llama tu papá?

– Y allí ¿cuál es tu duda?

– Todos dicen que se llama Teo, pero él, a veces dice llamarse Doroteo y otras veces Teodoro.

El doctor busca inmediatamente la hoja de información familiar en el expediente y el papá de Mateo lo busca en su celular, donde tiene su verdadero nombre.

Mira Mateo, tu tienes un bonito nombre y tu papá seguramente te lo puso porque te quiere mucho y se siente orgulloso que te llames como él: Mateo.

– ¿No es así, señor Mateo Flores?

– Si doctor, tiene razón. Así es hijo. Yo me llamo Mateo como tú, no soy ni Doroteo ni Teodoro, todo eso ha sido una broma. Perdóname.

– Tú eres mi hijo y eso nadie lo cambia. El joven padre lo abrazó, miró al médico y sonriendo le dijo: muchas gracias doctor. Nos ha ayudado a los dos.

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