Los guerreros de la vida

Momentos después Milton se despierta angustiado, dando gritos y efectuando movimientos con sus manos que golpeaban su cuerpo. Se veía cubierto de rompopos, completa-mente.

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely

Nunca se había enfrentado a una columna de guerreros tan grande, organizada y disciplinada. Muchos años atrás había sido combatiente ejemplar, pero lo que estaba enfrentando ahora, era algo realmente sorprendente.

Vivía en una casa rural, entre montañas, lomas y cerros. A sus cincuenta años y con la experiencia acumulada, Milton se rascaba la cabeza mientras trataba de explicarse el motivo o razón por la cual, el arbusto había perdido todo su follaje durante la noche.

Siempre que regresaba de su trabajo, aunque fuera muy tarde, él estaba pendiente de regar todas las plantas en el patio de su casa. Era muy cuidadoso y no dejaba ni una canasta sin regarla.

Una noche como a las siete, se dispuso a investigar o al menos a tratar de ver qué era lo que pasaba en su casa. Tomó su linterna de mano y salió al patio. Se sentó en una de las sillas blancas que rodeaban la pequeña mesa de la terraza y esperó con toda la paciencia del mundo. Pasó una hora y no vio ni escuchó nada sospechoso.

Entonces se levantó y como buen centinela se dispuso a dar una ronda y revisar el muro de la casa. ¡Nada! No se veía ni movía nada en todo el patio. Era una tranquilidad envuelta en una frescura muy agradable.

Bueno, dijo Milton, hoy no hubo suerte. Hay veremos mañana. Tomó su lámpara y echó el ultimo vistazo a un pequeño árbol de fuego que estaba a la orilla del terreno y ahí estaba su sorpresa.

Eran cientos de pequeños animalitos que caminaban hasta las ramas del arbolito y esos mismos cientos regresaban cargando un fragmento de hoja para llevarla a su nido.

Era una columna completa, no de guerreros armados, eran pacíficos, ya que lo que hacían era todo por su forma de vida y su subsistencia, eran guerreros de la vida pero, a Milton le causaban mucho daño en su jardín y no estaba dispuesto a tolerar semejante atrocidad.

Ahí empezó su lucha contra los zompopos y los combatió con gases tóxicos. Esa noche Milton fue el responsable de una verdadera masacre. La noche siguiente fue a revisar la zona de combate y todo estaba tranquilo. Cuando llegó el fin de semana recorrió paso a paso todo el patio y detectó múltiples agujeros por donde entraban y salían sus enemigos.

Los destruyó todos. No dejó la mínima posibilidad de que quedara algún refugio activo. Pasó una semana en calma y luego una noche dijo: ¡es el colmo! cuando observó que había dos columnas de guerreros, una para cada lado del patio llevando sus fragmentos de hojas.

Subían el muro para protegerse en refugios creados en los patios vecinos donde Milton no podía actuar. Destrozaban su jardín, pero comían y dormían en otro territorio. Una vez más los atacó sin piedad. Era una cantidad exageradamente grande de zompopos. Afortunadamente no son carnívoros dijo.

Se fue a la cama, comió algo de fruta y se durmió viendo un video que daba ideas para deshacerse de esa plaga.

Momentos después, Milton se despierta angustiado, dando gritos y efectuando movimientos con sus manos que golpeaban su cuerpo. Se veía completamente cubierto de zompopos que pretendía penetrar por sus oídos, nariz y la boca.

Al ver la cama completamente cubierta de miles de esos animales, dio un saltó enorme y cayó al suelo haciendo un gran ruido en el silencio de la noche.

– ¿Qué te pasa Milton? le dijo su esposa medio dormida.

– Son los zompopos, quieren acabar conmigo.

Qué zompopos ni qué nada. Aquí todo está bien. Te caíste de la cama.

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