Los cuentos del tío Tino

Todos esos detalles cruzaron por la mente de Moisés en esos breves minutos que estuvo cerca de la casa, pero había algo que lo inquietaba. Se acercó más y más hasta estar frente a la puerta.

Por: Dr. Adán Figueroa.

Después de veinte años de ausencia y añoranzas, la tarde de un viernes, Moisés decidió hacer el viaje. San Juan no estaba lejos, aunque era un pequeño poblado en progreso, era poco conocido, salvo en los tiempos cuando explotaron las minas.

La conversación que días atrás había sostenido con un nieto de su Tío Tino, lo hizo recordar las historias que él le contaba cuando era niño. Generalmente eran cuentos de príncipes y reyes que se daban la gran vida y todos tenían un final feliz; pero una noche le contó una historia que no la olvidó jamás.

Después de tanto tiempo no recordaba en realidad si había sido cierta o simplemente era un cuento como todos, pero Moisés, siempre la tenía presente y en cierta forma quería conocer qué había pasado con la señora.

Erlinda tenía unos cincuenta años y vivía en una de las últimas casas de San Juan, sobre la calle que conduce al cementerio. Era activa, vivaz y tenía mucho más años de los que aparentaba. Era de las personas que sabían todo lo que pasaba en el pueblo: se moría alguien, ahí estaba ella rezando durante la velación y en todo el novenario; se casaba una pareja y ella era la primera en estar ayudando en los arreglos de la casa para el fiestón.

Todo por conocer y estar al día con los chambres de la gente. Cuando Moisés llegó a San Juan, vio que todo había cambiado y el cantoncito que lo vio nacer había tenido un desarrollo increíble. Sus calles estaban pavimentadas, la iglesia antigua tipo colonial que llegaban a visitar muchos turistas del norte y que había levantado un tal Chico Flores oriundo del lugar, ya no era iglesia; hoy frente a ella habían construido una nueva y muy similar a la primera, pero sin la belleza que la antigüedad les da a esas construcciones.

Todo eso lo distrajo brevemente, pero, rápido dio vuelta en su vehículo y se dirigió a la salida, hacia el cementerio. Ahí estaba una casa, que al igual que la iglesia había cambiado y remozado su exterior. Moisés se preguntaba si aún viviría la señora Erlinda. Pasó frente a él un caballo negro, solitario y sin jinete y entonces recordó fielmente la historia de su Tío Tino. No había duda.

Ahí estaba la vetusta puerta que el jinete que montaba un caballo negro azabache había llegado a tocar en la casa de Erlinda muchos años atrás. Moisés no olvidaba que el tío Tino había dicho que el caballo expelía fuego por las narices y que la curiosa de Erlinda no pudo resistirse y salió a ver quién era, quien tocaba a su puerta a esas horas de la noche.

Sorpresa la que se llevó al ver al jinete igual de vestimenta como el caballo; todo de negro, hasta su aludo sombrero. Sin abrir la boca el jinete le dijo: cuídame esta cebadera que tiene adentro el historial de todas las cosas buenas que has hecho desde tus quince años, mañana por la noche paso por ella o por ti; después de todo, nadie te puede extrañar por la soledad en que vives.

Esas palabras le produjeron un pánico que casi se cae desmayada. Esa noche, Erlinda no pudo dormir por el miedo que el caballero negro le había causado, pero como su curiosidad era imparable, con mucho cuidado abrió el documento, donde observó que únicamente existía una cosa buena realizada en tantos años. Más desesperación fue para ella haber conocido semejante situación.

– ¿Y ahora qué hago? decía la señora en un estado de confusión y angustia sin límite.

Apenas amaneció y Erlinda se fue a buscar a su única amiga, la que asistía al cura en las noches de adoración.

– Mary, Mary le dijo angustiada, y le contó todo lo que la noche anterior le había sucedido con el caballero negro y lo que seguramente le esperaba.

– No te preocupes Erlinda, no te preocupes. Mira, lo primero que tienes que hacer es conseguirte un perico parlanchín, de esos que crecen en la casa de Serafín, tú ya sabes perfectamente quién es y lo que tienes que hacer para conseguirlo; pero, tal vez lo más difícil sea que te presten un bebé recién bautizado.

– Ya sé, quien tiene uno casi recién nacido, dijo Erlinda que sabía todo del pueblo, y creo que no habrá problema para tenerlo solo por una noche.

– Bueno, si es así, todo va a salir bien. Lo importante es que cuando llegue tu famoso caballero negro, el perico empiece a hacer bulla con su palabrerío y eso hará llorar al bebé. Entonces ese caballero sabrá que no estás sola y para llevarte no le será fácil o no querrá entra a tu casa. Por las dudas enciende una velita a nuestra madrecita, la virgen María.

– Tienes razón Mary y muchas gracias por todo tu apoyo, tenlo por seguro que así lo haré.

Erlinda pasó afanada todo el día consiguiendo todo lo que su amiga le había sugerido. Como a las seis de la tarde ya todo estaba listo. Pasaron dos extensas horas y el caballero no aparecía. De pronto se escuchó el galopar del animal y en segundos estaba frente a la casa de Erlinda. Tocó la puerta y el perico parlanchín contestó:

– ¿Qué quiere? ¿Quién es? Estamos ocupados.

Al instante el llanto del niño llenó el espacio de la casa y salió hasta la calle. El caballo negro azabache relinchaba sin parar y por sus narices brotaban unas llamas que iluminaban toda la calle mientras el caballero se retorcía de furia y de impotencia. Tocó fuertemente la puerta con su puño derecho y el caballo golpeaba la acera con sus herraduras que hacía brotar innumerables chispas luminosas.

Al instante dio un giro veloz y partió más volando que a galope tendido. Desde entonces Erlinda, cambió rotundamente su forma de ser y su curiosidad se esfumó con todos sus malos hábitos.

Todos esos detalles cruzaron por la mente de Moisés en esos breves minutos que estuvo cerca de la casa, pero había algo que lo inquietaba. Se acercó más y más hasta estar exactamente frente a la puerta. La observó cuidadosamente y allí estaban las marcas del puño del caballero que habían permanecido imborrables por tantos años. Bajó su vista y en la acera, también permanecían las huellas de las herraduras del caballo negro azabache.

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