Las campanas de San Simón

Doña Laura se escurrió hasta el campanario y se encontró con el cadáver del curandero que horas antes había sido ametrallado. Estaba hecho un colador.

 

 

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

Fue en la época del treinta y dos. La sangre corría en el occidente del país, tras el levantamiento popular. Fueron miles y miles los muertos, nunca se supo exactamente el número, pero fue una masacre muy triste y lamentable de la población indígena. Los ametrallamientos masivos eran cosa rutinaria.

Fosas comunes albergaban a muchos cadáveres que nunca fueron recuperados por sus familiares. Los que capturaban los militares terminaban siendo fusilados después de un juicio, que más que una forma de impartir justicia, era un acto ejemplarizante.

El caso de Macario, fue excepcional. Según doña Laura, fue salvado por la campana. Eran las diez de la mañana y todo estaba listo para su fusilamiento. Doce soldados estaban prestos para descargar sus fusiles en el cuerpo rebelde de Macario, porque eso sí, era rebelde, bueno, reclamaba sus derechos pues.

El pueblo entero se había hecho presente en el parque que estaba junto a la alcaldía. La plaza junto al parque, sería el sitio ideal para la advertencia que el gobierno hacía a la población que manifestaba su inconformidad por la desigualdad imperante. Ni un tan solo habitante faltaba, a excepción del curandero del pueblo, que, horas antes, había sido ametrallado y su cuerpo depositado temporalmente en la iglesia.

De esto dio fe el pregonero del lugar, que sabía exactamente el número de habitantes y los que estaban presentes en el fusilamiento. Todo el mundo tenía que ver lo que le pasaría a cualquiera que se opusiera al gobierno. Por eso doña Laura, asegura que Macario fue salvado por la campana.

Unos segundos antes de que el sargento del pelotón de fusilamiento dijera: ¡Fuego!, las campanas de la iglesia empezaron a sonar, talán, talán, talán, talán. El viento llevó veloz el sonido salvador hasta los oídos de la muchedumbre, que, temerosa, exclamaron en coro: ¡San Simón, San Simón!

El pelotón de fusilamiento se quedó paralizado al oír la voz del pueblo y sobre todo el clamor de las campanas.

El santo de la parroquia se había expresado para salvar a Macario, decían los lugareños, mientras Macario abría sus ojos, volviendo a la vida al verse rodeado por todos sus paisanos. Los soldados no pudieron hacer nada, pues también estaban temerosos y no entendían la situación. Todo el mundo quedó paralizado.

Minutos más tarde, se congregaron en la iglesia a dar gracias a San Simón por salvar a Macario.

Doña Laura se escurrió hasta el campanario y se encontró con el cadáver del curandero que horas antes había sido ametrallado. Estaba hecho un colador. Múltiples agujeros eran visibles en su cuerpo.

En un rincón del campanario permanecía acurrucado Felipe, el hijo del curandero.

– ¿Qué pasó Felipe? le dijo Doña Laura, ¿Por qué sonaron las campanas?

– Es que mi tata, no se podía morir y pataleaba bastante, en una de esas movió el lazo con que tocan las campanas y sonaron varias veces. Al ratito mi tata estiró las patas, se murió. Solo esperó a que las campanas dieran su talán, talán y se murió.

– Está bien Felipe, no te preocupés, esto nos pasará a todos de alguna u otra forma. Ya tu tata está descansando, pero de lo que me acabás de decir, no le contés ni una palabra a “naiden”, oíste. Eso salvó a Macario, que era bien amigo de tu tata y ese fue seguramente su deseo.

Doña Laura salió sigilosa del campanario, así como entró. Antes de pasar el umbral de la puerta volvió a ver a Felipe y con su mano derecha levantada le insinuó con su índice y le dijo: “¡A naiden!”

Macario se fue del pueblo y no se volvió a ver por muchos años, hasta que un día apareció en San Salvador, coordinando una manifestación donde conmemoraban la masacre de aquella época.

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