Las apariencias engañan

Yo le puedo temer a los sapos, pero a ti y todos tus cobardes amigos ¡Nada! Por respeto a la disciplina de las artes marciales, no te golpeo como te lo mereces, tras su enfado por la burla de la que fue objeto.

 

Por: Dr. Adán Figueroa.

Ilustración: Mely.

De cuerpo delgado, ágil, muy astuto e inteligente, siempre andaba con una sonrisa en los labios, platicando con todo mundo.

Su mamá decía que, de pequeño, había sido un poco tímido, muy dedicado al estudio y se notaba por las notas que mostraba en la antigua libreta. Pero el joven Fernando Reyes, tenía una debilidad y esa era, precisamente, la que aprovechaban sus compañeros para hacerlo quedar mal con las cipotas.

A sus trece años tenía muy buena apariencia y muchas jovencitas de su edad no perdían la oportunidad para pasar un rato a su lado.

Estaba por comenzar el mes de septiembre y las lluvias se habían dejado caer en abundancia y con ellas por supuesto se producía el acumulo de agua formando grandes charcos y en estos, crecían y vivía unos sapos.

Sapos comunes y corrientes; pero el joven Fernando Reyes les tenía miedo, más que miedo, era pánico.

No podía ver un pequeño e insignificante animal de esa clase y evitaba por completo caminar cerca de ellos. Decía que era por el veneno que tiraban o sea la leche del sapo, pero en realidad, era más por la apariencia verrugosa y fea del pobre anuro, pues él como era inteligente, sabía perfectamente que la leche del sapo era más tóxica para sus enemigos que para el humano.

Pues un día, ya atardeciendo, recién había terminado de caer un chaparrón, cuando al joven Reyes lo mandó su madre a comprar un poco de pan dulce, ya que estaban preparándose un cafecito vespertino para calmar el poco frío que acompañó y dejó la lluvia.

Como todo buen joven, obediente con sus padres, tomó las monedas que le dio su madre y emprendió el camino.

No estaba lejos, pero por las estrechas calles antes polvorientas, aún se veían algunas corrientes de agua sucia, por la tierra que arrastraban, descender por las pequeñas pendientes del terreno donde iban abriendo y dejando surcos por la erosión que, con el tiempo, crecerían más y más.

Para la mala suerte del joven Reyes, al momento justo cuando pasaba junto a un gran charco, un insoportable sapo da un salto gigante para salir del agua estancada.

El joven Reyes al verlo, no pudo resistir y se echó a correr. El sapo, también salió corriendo en la misma dirección. Iba salto tras salto y casi daba alcance al joven cuando éste, dio un brinco y se subió con mucha facilidad, dado a su agilidad notoria, a un pequeño árbol de amate que refrescaba las tardes calurosas del pequeño poblado. El sapo no se detuvo, siguió ansioso saltando sin parar hasta que, por fin, atrapó a su presa; un pequeño insecto volador que el temeroso de Reyes, no pudo observar.

Pero, todo hubiera estado bien, lo malo fue que al joven lo estaban viendo sus compañeros y observaron bien clarito su debilidad con los sapos. Del susto, perdió las monedas para la compra del pan dulce y sus padres se vieron frustrados para disfrutarlo a la hora del café.

Al siguiente día, ya en la escuela sus compañeros le habían dibujado un enorme sapo en la pizarra y junto a él, la silueta de un joven que daba la apariencia que iba huyendo.

El joven Reyes lo vio a su ingreso, hizo una expresión de enojo, furia con sus compañeros y al momento resonaron en el salón varias carcajadas. Pero eso no era todo, cuando se sentó y abrió la tapa de su pupitre, retrocedió bruscamente muy asustado, pues dentro de él, habían colocado un sapo horrible a sus ojos, que saltó casi sobre su cuerpo.

Entonces sí, se enfureció. Como sabía perfectamente quienes habían sido, les dijo: ¡Al recreo los espero!

Eran cuatro los compañeros que lo molestaban y algunos mayores que él; por lo tanto, no les causó temor alguno.

Inmediatamente al salir a recreo, el joven Reyes los estaba esperando.

– A ver Juan, tú que eres el más grande y fanfarrón; ahora sabrás de lo que soy capaz.

El joven Reyes comenzó con unos movimientos raros, contorsionando su delgado cuerpo y con los puños cerrados estiraba un brazo, mientras el otro lo encogía, pero todo lo hacía muy rápido y enérgicamente.

Juan quedó impresionado. Nunca había visto a alguien realizar esas maniobras. La sonrisa burlesca se fue transformando en temor y en un segundo fue embestido por el tigre que el joven Reyes había dejado salir de su cuerpo. En un par de segundos Juan estaba en el suelo inmovilizado completamente. Sus compañeros no tuvieron ni una pisca de valor para defender a su amigo.

¡Ves Juan, las apariencias engañan! Yo le puedo temer a los sapos, pero a ti y todos tus cobardes amigos ¡Nada! Por respeto a la disciplina de las artes marciales, no te golpeo como te lo mereces.

Pero una vez más, oye bien, una broma más que me hagan, olvidaré el reglamento. Este es un arte y sirve para defenderse, no para hacer daño ¿Entendido?

– Sí Reyes, claro. No te preocupes, dijo Juan con voz temblorosa mientras se levantaba y sacudía su ropa llena de suciedad por lo húmedo de la tierra.

El joven Reyes miró fijamente a todos los amigos de Juan. Se sacudió las manos y se abrió paso entre ellos haciendo gala de su poder.

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