La oveja y la cabra montés

Debes crecer moral y espi-ritualmente  si te equivocas, está bien; eres humano y como tal puedes equivocarte, pero no debes condenarte por un error. Hay que pedir perdón, cuando se deba y agradecer siempre.

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

El verano se iniciaba y los maizales desfilaban a diestra y siniestra de la carretera, a veces, interrumpidos por las enredaderas de frijol de soya que se perdían en el horizonte distante.

Ocasionalmente se veían unas vacas negras desplazarse en grupos en los pastizales. Era un país grande y poderoso, pero Ramón, vivía en una aldea lejana olvidada por el tiempo, donde había mucha paz y tranquilidad.

Él era agricultor y cultivaba enormes cantidades de tierra. Tenía dos hijos: Josué de ocho años, de piel blanca y ojos marrón y Sonia de seis, pequeña para su edad, pero muy bonita y activa.

Era una familia ejemplar; pero, un día; Josué estaba discutiendo con Sonia, le gritaba y llegó a punto de golpearla, cuando Ramón entró y detuvo la pelea. Sin recurrir a la violencia, llamó a su hijo y le habló serenamente: mira hijo, los seres humanos nos comportamos muchas veces como una oveja y es lo bueno, lo correcto; en otras ocasiones lo hacemos como cabras.

– ¿Por qué ha de ser bueno comportarse como un animal? Dijo el pequeño.

– Mira Josué, estos animales en particular tienen la cualidad de darte abrigo, si tienes frío; si tienes hambre, te pueden dar leche o carne. En general son muy útiles, de gran beneficio y en especial muy mansos y domesticables; oyen la voz de su pastor.

En cambio, las cabras, aunque es cierto, te pueden proporcionar algún alimento y son domesticables; son más dañinas e invasoras que muchos animales, no escuchan la voz de su pastor y tu Josué, ahorita te has comportado como una cabra montés.

– Pero eso es con los animales y yo soy un niño.

– Josué, debes recordar que el que siembra cosecha y esto no es solo para los agricultores que siembran los maizales que nos rodean. Si tú haces una obra buena, algo bueno cosecharás. Son tus acciones las que cuentan y las que hacen que la convivencia sea armónica, digna y que valga la pena vivirla.

– Mira, cuentan que hace muchos años vivió en nuestro pueblo un señor que tenía una gran familia, muy numerosa, producto de la vida libertina que de joven había llevado, pues según dicen había tenido varias mujeres y con ellas muchos hijos. Con el correr de los años, los hijos crecieron, tuvieron hijos y formaron su hogar como el que nosotros tenemos. El gran señor quedó sólo con su última y joven esposa que, por dedicarse a su trabajo y otros quehaceres lo dejaba en el abandono, sólo con su impotencia física y mental que el paso de los años había llevado a su enfermizo cuerpo.

Había pues, buenas ovejas dispuestas a proporcionarle abrigo, comida y lo que pudiera necesitar; pero como eran tantas y carecían de un buen pastor que las aglutinara y como no oían su voz, no llegaban a un acuerdo y cada vez se alejaba la posibilidad de proporcionarle en sus últimos días, algo de la paz y felicidad que él no sembró en su juventud.

El tiempo pasaba y las ovejas mansas y la esposa del gran señor se distanciaban en su relación familiar y eso, repercutía negativamente en él, pues las mansas ovejas también lo dejaban solo, se estaban convirtiendo en cabras monteses.

Olvidaban una frase célebre que dice: las mujeres y los hombres van y vienen en la vida, mientras que los padres o hijos, siempre serán ellos, y estarán presentes hasta el fin.

– ¿Y qué pasó con las ovejas y las cabras, papá?

– Bueno hijo, el problema era tan grande que, casi todo el pueblo se enteró de la calamidad del gran señor y el Jefe Supremo de la aldea, dispuso enviar a una persona para que armonizara ovejas y cabras para cumplir con su responsabilidad y la obligación de darle al gran señor todo lo necesario para que en sus últimos días tuviera lo justo que debe tener todo ser humano: compañía, cuidados, alimentación, y si fuera posible unas gotitas de cariño o tal vez, un chorrito.

Como ves hijo, la vida es corta, muchas veces dura y difícil para algunas personas. Debes aprender a vivirla para ser feliz, para que esa felicidad sea de todos los días y no la meta de la vida. Muchas veces es difícil, debes aprender a decir tu propia verdad, a oírla porque es tuya y de nadie más.

Debes crecer moral y espiritualmente, si te equivocas, está bien; eres humano y como tal puedes equivocarte, pero no debes condenarte por un error. Hay que pedir perdón, cuando se deba y agradecer siempre. ¡Seguir adelante!

Cuando Ramón terminó de decir adelante, Josué cayó en un sueño profundo.   Buenas noches hijo, le dijo.

Meses después Ramón llegó agitado a su casa. El día había sido difícil en el trabajo, se le veía contrariado, molesto y mientras su esposa terminaba de preparar la cena, él, tomaba un bocadillo por aquí, otro por allá y comía mientras se paseaba en la cocina.

– Espérate Ramón, le dijo; ya casi termino.

– Es que ustedes no entienden, he trabajado duro y tengo mucha hambre; hay tantas cosas que hacer dice casi a gritos.

Entonces Josué le dice suavemente: papá, te estás comportando como una cabra. Él, lo miró a los ojos por unos segundos. El ceño fruncido y la expresión de enojo se tornó en una sonrisa. Se acercó a Josué y lo abrazó con mucha ternura.

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