La molienda

Viche se sentó a un lado de la pila de caña a chuparse unos trozos que ya tenía listos y al mismo tiempo prepararía su artesanal cuchara para degustar de la sabrosa espuma.

Por: Dr. Adán Figueroa/Foto: Periódico Equilibrium.

Eran mares los cañales que yo contemplaba un día, recordó inmediatamente el clásico poema; al ver las tres rastras que cargaban parte de esos mares rumbo al ingenio. Pero eso no fue todo; el olor a la caña que iba quedando en el aire, lo transportó a su tiempo de cipote allá en su pueblecito apartado del mundo: San Juan.

A sus cincuenta años apenas recordaba el nombre del propietario de la molienda, pero sí se venían a su mente las imágenes del trapiche que lentamente giraba impulsado por la fuerza somnolienta de la yunta de bueyes autómatas que daban vueltas y vueltas sin poder expresar su sentir más que en aquellos ojos tristes que no podían llorar.

Viche, por lo contrario, andaba jugando y corriendo entre el rimero de caña que la solitaria pareja tenía que moler, mientras su hermano Milton se había quedado inmóvil observando la cabeza de un pájaro carpintero que asomaba en el hueco de un árbol de Laurel donde tenía su nido. Le impresionó, el mechoncito rojizo de su cabecita que giraba de un lado a otro.

Viche se sentó a un lado de la pila de caña a chuparse unos trozos que ya tenía listos y al mismo tiempo prepararía su artesanal cuchara para degustar de la sabrosa espuma que estaba a punto de salir del inmenso perol.

Unas personas cubrían con hojas de huerta secas y amarraban el dulce de panela que ahí se producía.

Todo estaba bien, pero nadie esperaba ni suponía el accidente. Otro niño lanzó una caña sobre el rimero que estaba junto a Viche y esta deslizó suavemente y fue a impactarle con su punta en las proximidades del ojo, un poco arriba del pómulo derecho. Inmediatamente comenzó a fluir la sangre rojiza como las flores de un árbol de Fuego que resplandecían con el sol vespertino mostrando sus corazones hechos flores.

Viche se levantó asustado cubriéndose la herida con su mano y llamó a su hermano con un grito de angustia. Otros curiosos se hicieron presentes, pero nadie podía brindar una ayuda efectiva.

Estaban como a cuatro quilómetros de su casa y no había ningún medio de transporte, ni siquiera un caballo flaco, mucho menos dos alas para el vuelo. Alguien del grupo sugirió que se le limpiara la herida, pero como ni agua limpia había, dijo: ¡échenle un poco de orina! Y así fue como Milton apuntó cuidadosamente y dejó ir un chorrito de su orina sobre la herida de su hermano.

Tenían que regresar caminando por la misma vereda estrecha y serpentiforme que bajaba de la montaña. Pero para Viche, lo peor, era que no había pedido permiso a su papá para ir a la molienda. Regresaron sin saborear la espuma, ni las melcochas que iban a producir en unos momentos.

Cuando regresó, llego primero con su abuelo, quien le aseó la herida y le dejó caer otro chorrito, pero esta vez de agua oxigenada que le generó algo de espuma, le secó y luego colocó una curita que tenía en su botica. Al momento llegó su padre. ¿Qué te pasó Viche?

– Perdóneme papá, le dijo sollozando, no lo vuelvo a hacer y le explicó lo sucedido.

– Siempre te he dicho que hay que pedir permiso antes de salir. Uno tiene que saber donde andan o están sus hijos. ¿De acuerdo?

Desde entonces Viche, siempre pedía a permiso a sus padres para salir.

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