La inesperada tormenta

Trascendió las fronteras patrias por algo sumamente especial que hizo, no por guardar rencor o cualquier sentimiento nocivo, no; si hablara sobre su pueblo, hoy diría simplemente: ¡perdónalos señor, no sabían lo que hacían!

Por: Dr. Adán Figueroa.

Ese día amaneció muy contento. Se le veía feliz y andaba muy inspirado tarareando y, a ratos, cantando fragmentos de alguna alabanza desconocida. Era un creyente, católico de nombre como la mayoría.

Recordaba al niño y su origen, por los decires de la gente, y luego al hombre que se ganó su respeto y admiración. Por fin le iban a conceder el más preciado galardón existente en este mundo y bien merecido lo tenía.

¡Se lo había ganado! La decisión para otorgárselo pasó por un proceso largo, estricto y sometido a un análisis meticuloso de su actuar en la vida: su obra.

Era un día muy soleado, el ruido de vehículos lejanos llegaba a sus oídos sin alterarlo en lo más mínimo; Rodolfo, estaba sentado en el mirador de su casa observando el adormecido pueblo de San Marcos que lucía tranquilo.

Tenía sesenta y cinco años, flacucho y de andar pausado, su mirada perdida en el horizonte se escondía en los párpados de sus ojos nublados por las cataratas que opacaban su mirar, mientras recordaba la nube de polvo del desierto del Sahara que invadió y contaminó el aire salvadoreño. ¡Jamás esperaba, y mucho menos imaginar, la tormenta que arrasaría el país!

Degustaba un café de media altura, muy sabroso, y se jactaba de él, porque lo había cultivado en el patio trasero de su casa. La corta y todo el proceso desde el secado, tostado y molido, se había realizado artesanalmente bajo su mirada tenue y su sonrisa libre de amarguras.

Cuando el silencio de la tarde lo abrazó y las luces de la calle comenzaron a brillar, entró a su casa siempre tarareando melodías y moviendo su cuerpo al ritmo de su música; parecía una concha retorciéndose al contacto del jugo de un limón.

Horas más tarde, fue la noticia impactante y frustrante para él: había empezado en el occidente del país y se iba desplazando poco a poco arrasando todo lo que encontraba a su paso. Salió al patio para observar y evaluar, si él o su familia correrían algún peligro, pero todo estaba en calma.

Cada hora que pasaba era aflictiva. Las grandes ciudades habían caído según las noticias, pero no mostraban ninguna imagen devastadora y eso lo hacía inquietarse más.

El oriente del país, también estaba siendo víctima de la tormenta de arena. San Miguel se resistía y soportó la embestida generada por la inmensa ola que crecía e iba imparable hacia el norte, donde no encontró mucha resistencia.

Sus habitantes parecían autómatas, habían olvidado su origen, su historia y en especial, la causa o el por qué, el nombre de Ciudad Barrios, resonaba en todo el mundo y nunca imaginaron, las críticas que su actuar generaría.

Un personaje líder de la comunidad, opuesto totalmente al pesar y sentir del iluminado y acreedor al máximo reconocimiento que estaba por concedérsele, murmuró ante los efectos de la ola:  este mi paisano, ha de estar retorciéndose en catedral de dolor, porque su pueblo ya lo olvidó, lo traicionó.

Mas esa figura ignora, como es de esperar, que el tributo próximo a rendirle y que ya fue anunciada la fecha del magno acontecimiento que causó mucho regocijo, es porque él, trascendió las fronteras patrias por algo sumamente especial que hizo, no por guardar rencor o cualquier sentimiento nocivo, no; si hablara sobre su pueblo, su gente, hoy diría simplemente: ¡perdónalos señor, no sabían lo que hacían!

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