La iglesia del pueblo de la yuca

Iglesia de mi pueblo

Era una vendimia, desde gallos de pelea hasta vacas de dudosa procedencia, juegos de chivos y barajas, ventas de ponche de leche con huevo y alcohol barato.

 

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Luis Alfredo Alfaro (obra en proceso)

ESA MAÑANA EL PADRE MANUEL TERCERO se levantó con mucha alegría; era el domingo 4 de abril de 1982, en la casa parroquial del pueblo iban a rifar un par de cerdos y un burro con intención de recaudar fondos para la construcción de la nueva iglesia, pues la guerra civil y el tiempo con su inercia habían destruido la construcción colonial de madera y lodo.

Era un desorden de tierra blanca, piedras, cemento y hombres con carretillas de mano en medio de las misas alegres por las ventas de matracas, ropa para los bautismos, fotocopias y maicillo con miel de piloncillo.

En el ministerio de alabanza un señor tocaba el piano ancestral, don Julio Zepeda con el saco luctuoso de alguien más corpulento que el; tuvo que usar mantillas para librarse del polvo fino ya que la antigua iglesia de maderos y bahareque estaba cayéndose poco a poco.

Una hora antes de la misa, el Padre se levantó con el canto de los gallos, se había puesto una sotana blanca y remendada. Tenía noventa y tres años de edad, y había sido el tercer hijo de un matrimonio entre un comerciante de fiambres y una vendedora de dulces de camote.

Se lavó la cara en la palangana de peltre, agarró la bacinilla de laurel, se puso las sandalias de cuero similares a las del emperador Adriano. Caminó bailando la melodía que tenía en mente: “…Te he prometido… Que te he de olvidar… La,la,laa”. Quería cantarla para la hora de la rifa, pero no daba para tanto.

La había escuchado mil veces en los parlantes municipales, en el mercado, en la venta de queso, en su pequeña oficina calurosa, antes de irse a la cama, en las ventas de churros españoles, en la buhardilla de un escritor pobre amigo de lecturas sacrílegas, que fumaba marihuana en una cachimba que le regalaron unos franceses por haber ganado el concurso de cuentos cortos cinco años antes.

Incluso la escuchaba cuando salía a comprar disfrazado de vendedor de libros usados, con tal de ver los juegos mecánicos y entrar al circo para ver a los payasos, la pantera negra, un león mosquitoso que no dejaba dormir a la población desde que se supo que se había comido el antebrazo de un borracho que quería cepillarle los dientes, en la ciudad calurosa de Quezaltepeque.

Bajó las gradas agarrándose del pasamanos, se vio en el espejo, se echó agua de Florida en el cabello dando la impresión de un baño ligero. Aunque al verse con la cabellera mojada dijo: ¡Ay Dios mío!, me parezco al gallo miniatura.

Se afeitó con la misma máquina que su madre le compró cuando iba para el seminario a los 19 años.

Y recordó cuando en la escuela los profesores le decían que tenía talento para ser Papa, lo vieron encendiendo un cigarrillo en la luz de una vela, orinarse haciendo competencias de puntería, le gustaba desvestir y volver a vestir los santos de la iglesia San Francisco, en la Alameda Juan Pablo.

Sintió el olor de la surrapa para freír los frijoles, escuchó el estropicio de ollas, platos, las voces de las mujeres discutiendo a gritos por los fiambres mordidos por los ratones en la cocina.

Pasó al sanitario de fosa, enjuagó la bacinica, después se lavó las manos en el agua de la pileta de los pajarillos, miró las flores enormes del clavel, respiró profundo. Cortó la flor con una abeja dentro y se la puso en la cabellera oscura de la cocinera, sin que ella se diera cuenta.

– Buenos días les de El Señor. Que La Paz esté entre vosotros, dijo preparando la misa.

El desayuno estaba tibio sobre un mantel plástico de cuadros blancos con rojo en la mesa del comedor común. Comió despacio chupándose los dedos, le sirvieron frijoles fritos, huevos revueltos, una rodaja de pan de centeno y una taza de café con canela endulzado con panela.

Eructó el olor de la chanfaina en los frijoles. Se limpió los labios en la manga, esperó dos horas dormitando para hacer la digestión. Su cara se puso roja como una granada madura.

Movió el brazo derecho para agarrar la estola de los domingos y una biblia vieja con algunas páginas muy subrayadas con tinta roja. Fue a dar la misa, dijo el sermón acerca de lo poco o nada para presupuesto de obras sociales, habló del “Justo Juez de la noche” que se había vuelto a aparecer por las injusticias y la pérdida de la creencia católica con aumento de protestantes, del éxodo de mano de obra calificada y pasaban por Tijuana las noches de fiebres, las sopas de mondongos para curar la anemia,   e hizo un aviso de los billetes para la rifa, repartió el pan de consagrar después de bendecirlo con el vino tinto marca “Cinzano”.

Al decir “podéis ir en paz”, inició la bulla de gente y animales en el atrio de la iglesia, como recreo escolar.

Era una vendimia desde gallos de pelea hasta vacas de dudosa procedencia, juegos de chivos y Barajas, ventas de ponche de leche con huevo y alcohol barato.

Puestos de tiro al blanco, dulces de anís, de camotes, naranjas de cristal, manzanas con dulce de fresa caramelizado, panes con mortadela, jamón y carne de perro. Un barullo de la madre.

Fuera de la iglesia estaba la banda regimental de la primera brigada de infantería, bajo el sol, tocando marchas y algunas tonadas que daban risa por su sonido estridente y monstruoso a la par de un árbol de Conacaste, muy cerca de donde amarraban los burros y algunas reses para el destazo del Rastro.

Las mujeres no se veían en medio del humo de leña en las cocinas haciendo pupusas   de “papelillo” , loroco con queso y de chicharrón de puerco, otras moviendo el atole de elotes, removiendo la masa para las “riguas”. La gente esperando el número premiado de la rifa parroquial de a veinte centavos y ganarse un par de críos de cerdos negros y peludos.

La iglesia estaba a medio reconstruir pero aún así se daban las misas, en medio de los albañiles, que pegaban ladrillos entre las beatas dejándolas con tufo a cemento fresco. Alrededor un enorme basurero al aire libre donde comían los borrachitos. En la plazoleta de la iglesia los niños se entretenían en los caballitos y las sillas voladoras de los juegos mecánicos movidos a fuerza de hombre. Un loquito del pueblo llegaba con un palo de guayabo a dirigir la banda filarmónica, simulaba las melodías.

En cierto ocasión que el director no estaba presente, los dirigió tan bien que le aplaudió hasta el Padre.

Un homosexual pasó vendiendo cocadas en un canasto de plástico y repartiendo panfletos llamando a la subversión. Ponía una cocada en cada papel y se fue con su pantalón floreado, blusa escotada y moño en el pelo.

Los sopladores de los cobres fueron a descansar bajo un toldo de trapos, se sentaron frente a una mesa muy larga para tomar el chocolate, pan dulce o comer tamales con pollo. Mientras los parlantes municipales silbaban antes de oírse las cumbias de la Sonora Dinamita y de Aniceto Molina. A veces escogían algunas canciones “Rancheras” de Cornelio Reyna.

El padre correteaba con el manojo de billetes de lotería para la rifa en una mano y en la otra una gallina agarrada de las patas, iba apresurando a las muchachas que andaban persiguiendo dos cerdos.

La torre del campanario estaba casi terminada pero aún le faltaba el repello y el pequeño techado. La campana ya había sido colocada con su badajo y un lazo de donde se colgaban los niños que se ofrecían a columpiarse para hacer las llamadas de las misas.

En un rótulo pintado a brocha se leía: “se rifan cerdos y burros a veinte centavos”.

Esa tarde, antes de la rifa y después de las ventas de comidas, llegó una muchacha con séquito para su misa de acción de gracias por sus quince años.

Llegó en un camión destartalado que manejaba su padre, sobre la cama del camión iban los padrinos y damas de honor con sus vestidos amarillos y listones rojos en los moños.

Todos los muchachos vestían sacos al estilo inglés a pesar del calor sofocante además de ir parados sobre caca de puercos. Fue cuando un hombre panzón de sombrero de pita hizo venta entusiasta de minutas de fresa y vainilla con jalea de tamarindo y sorbetes de coco y jalea.

Había un ex militar que estaba ebrio y decía ser de la policía secreta, a todo el mundo.

Se acercó al poeta en pantalones Jeans y le dijo: “soy de la mera, mera… En realidad fue soldadito de la guerra de las cien horas contra Honduras, por la nefasta guerra atribuida a un gol de “ Pipo Rodríguez”, en 1969, que ciertamente fue una medida de hacer simpatía por los militares en decadencia y con el movimiento de los hippies debido a que no aceptaban la guerra en Viet Cong, de la cual en 1950 ya habían expulsado a los franceses en Dien Vien Phu. Una guerra sin sentido como la guerra de El Salvador.

Después de la misa de Acción Gracias por la señorita de quince años rifaron los cerdos negritos. El billete premiado lo había comprado el poeta de la buhardilla en la casa de un zapatero remendón; tocó la fanfarria la banda regimental y fueron a sacarlo en ropas menores pues estaba bañándose por el calor y porque tenía solamente una muda de ropa, un pantalón Jeans rojo y una camiseta azul, además de la boina negra que nunca se quitaba ni para bañarse.

La joven cumpleañera se fue con los invitados y los que no cupieron en el camioncito se subieron en taxis, en caballos alquilados o en buses colectivos de a diez centavos por persona.

Como ocurre en agosto, comenzó a caer un diluvio que volvió lodo las calles. Al llegar a San Roque entre paredones aguados, árboles caídos y el lodo hasta los tobillos todos caminaron hasta llegar a una casa en la cima de un cerro entre los sembradíos de maíz y el frijol de seda.

La casa de adobes muy pequeña, para cantidad de invitados y gorrones, estaba adornada de flores rosadas, globos de colores y muchos curiosos muy mojados por la lluvia, con bolsas de confeti.

Colocaron el disco del valse “Danubio azul” para que la novia bailara, entre los gritos de la gente y al estar bajo un enorme girasol de papel soltaron papeles de colores.

Mientras en la iglesia los albañiles sacaban el agua y lodo con cubetas y las mujeres seguían cocinando bajo los toldos para terminar de vender las pupusas y elotes asados. Un perro flaco con manchas oscuras en el pelaje husmeaba dentro y fuera del atrio. Se echó jadeante bajo un árbol de guayabo y otro de floripondio.

El pájaro de la aurora cantaba en las madrugadas en el árbol de conacaste cerca de la iglesia.

Un avión de hélices, lento como sapo volador sin luces, daba vueltas a baja altura y sonaba como un ronquido de animal peligroso, con el rumor se caían a pedazos las paredes de la iglesia, las cruces del cementerio y husmeaba todo lo que se movía, no dejaba dormir, pasaba cada quince minutos, tiraba bengalas que caían lentas con paracaídas iluminando los senderos en donde cabalgaba la muerte, la peste, la guerra y el otro caballero del caballo blanco.

El padre se había desvelado con unos lentes muy gruesos, iluminándose con dos velas contando los billetes y los centavos de la recolecta, apartando lo del cemento, el pago de los albañiles, lo de los burros cada vez más flacos, el pago de la cocinera, descontando las donaciones del elote, la surrapa y la chanfaina, comenzó a estampar las imágenes de la Virgen del Tránsito.

Volvió a asomarse a la ventana que daba al basurero, para que no entrara el mal olor y fue cuando sí creyó en las palabras de los borrachos, vio la enorme figura de tres metros con cuarenta centímetros de un hombre con ropa de manta y enorme sombrero, llevaba en sus manos la balanza de la justicia y un garrote para castigar a los vagos, delincuentes y corruptos.

– Dios mío, dijo, de todas maneras mañana prepararán otra vez sopa de chorizos con huevo.

Unos perros callejeros se revolcaban con ganas por una perra coqueta que no valía la pena, el Padre les tiró una guacalada de agua de la palangana, una pedrada y una sandalia. Pero ellos continuaron su instinto por la perra bondadosa.

Se metió a la cama con fiebres. Miró hacia la pared y vio la litografía de una zorra con birrete y un cuervo rascándose la cabeza debajo de un título: “ El tiempo es eterno”. -Ojalá, pensó sin saber que estaba diciendo oh Alá; rezó con la camándula de maderos de rosas. Volvió a dormirse con la sotana, iluminado con la luz de un candil. Los mosquitos volvieron a meterse por millares. Los perros callejeros seguían revolcándose con ganas por una perra coqueta que no valía la pena.

A sus noventa y tres años, volvió a soñar con su madre que le calentaba café y le daba un pan para el desayuno, antes de irse al Instituto Nacional. Volvía a revivir sus años de estudiante en esos años en que el mundo era muy joven. Recordó a la joven que dejó ir a su suerte debido a su inhibición a los enfrentamientos de la vida laica.

En ese instante pasó la vendedora de empanadas de leche y frijoles, con su canto hecho grito vespertino.

El padre salió de prisa a recoger la bolsa de tela cuadriculada en rojo con blanco para las compras de urgencia, metió la mano a la talega de las limosnas. “Estos muchachos se llevaron la limosna”, pensó. ¡Qué vaina!, dijo.

Recordó la última canción de la tarde, de Paul Simón and Garfunkel : “Sonidos del silencio”.

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