La estación de Alausí

El vagón 502 fue vaciándose muy despacio de toda la ansiedad acumulada hasta que el último pasajero, vio la luz de nuevo. El pueblo estaba solo, ni un alma en las calles.

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

Era un día feliz, soleado y fresco. El grupo llegó como a las 7:30 de la mañana y el tren partiría puntual a las ocho. Ahí estaban todos expectantes sobre lo que les esperaba en el viaje hasta la Nariz del Diablo.

Abordaron el vagón 502, la mayoría era salvadoreña. Unos cuantos caras cheles, largas y no muy expresivas se habían colado en el vagón de las sonrisas.

Después de escuchar el silbato, el tren comenzó a descender lentamente. El ruido que se producía evocaba los recuerdos del ferrocarril de su tierra natal, allá en la estación del reloj de Flores, por la terminal de oriente; pero este viaje tenía algo especial. Mucha gente lo había realizado con anterioridad, pero Félix, presentía algo y lo expresó a un pequeño grupo de sus compañeros, nadie le puso atención. Era tanta la alegría y el entusiasmo por descender que todo se olvidó en unos segundos.

El tren bajaba en zigzag, pues la pendiente era extremadamente grande y casi perpendicular. Al observar por la ventana, se veía el inmenso precipicio de al menos quinientos metros de profundidad, sino más, y en las curvas encerradas se podía ver la máquina del tren desde el último vagón.

Era algo realmente emocionante para todos los visitantes, en especial, cuando al tren le tocaba que recorrer un trecho de la vía férrea en retroceso ya llegando al final.

Al fondo se dejaba ver un riachuelo con sus aguas algo terrosas y sus rocas con un color verdoso, todo producto de la contaminación por minerales, según los guías del ferrocarril.

Por fin descendieron hasta la estación de Sibambe, desde donde la imaginación ponía en evidencia la inmensa Nariz del Diablo surcada por la vía férrea por donde descendió el tren. En la falda de la montaña aledaña, se deja ver a lo lejos, lo que podría ser un inmenso agujero oscuro como un gran punto negro.

La pequeña estación, cuenta con un museo diminuto, un café y una placita donde los lugareños, gente de sangre Andina, ofrece a los visitantes sus artesanías y hasta una demostración de su baile folclórico, compartiendo con algunos de ellos sus movimientos característicos al ritmo de la canción El Ponchito.

Félix, lucía una camisa roja como los lugareños que vestían de blanco y rojo, hombres y mujeres.

El tiempo pasó veloz y la alegría se fue esfumando cuando el silbato del tren, sacó a los visitantes del trance entre lo antiguo y su realidad. El regreso no se hizo esperar y lo emocionante por venir, era sentir y vivir la experiencia de cómo el tren iba a subir toda la montaña de la Nariz del Diablo.

Poco a poco iba subiendo a veces frontal y otras en retrocesos en la majestuosa obra de ingeniería que se divisaba desde lejos en un zigzag bien establecido. Pero, algo inesperado y nada agradable se cernía sobre el tren de Alausí. Un ruido ensordecedor, muy vibrante, fue acompañado por una oscuridad que envolvía al tren, en especial, al último vagón, el vagón de la alegría.

De vez en cuando penetraban unos tímidos rayos de luz que hacían relucir el rojo de la camisa de Félix y nada más. El tren se detuvo y llevó segundos de calma; pero, de pronto, el vagón de los visitantes se fue elevando poco apoco envuelto en la oscuridad y en el chillido de innumerables murciélagos que producían un eco muy sonoro al rebotar en las faldas de las montañas aledañas a la Nariz del Diablo.

El terror y la zozobra fueron el sustituto de la alegría, pero afortunadamente duraron poco. El tren fue descendiendo lentamente hasta quedar inmóviles en la vía férrea de la estación de Alausí.

El vagón 502 fue vaciándose muy despacio de toda la ansiedad acumulada hasta que el último pasajero, vio la luz de nuevo. El pueblo estaba solo, ni un alma en las calles. ¡Nada! La estatua de San Pedro de Alausí también estaba sola, imponente; viendo alejarse a la multitud de murciélagos hasta su inmensa cueva, su hogar.

Los visitantes no se explicaban todo lo sucedido. Alguien del grupo exclamó irónicamente y, tal vez, con algo de razón acompañada de un temblor silencioso en su voz: nos salvó, el rojo de la camisa de Félix…

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