La esperanza nunca muere

El ataúd fue descendiendo lentamente y momentos antes de cerrarlo definitiva-mente, cinco rosas en botón cayeron silentes; con la certeza de que se abrirán, cuando los ojos de Esperanza se abran en las puertas del cielo.

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Pixabay.

No es lo mismo que el optimismo, no; tampoco es la convicción de que algo saldrá bien, sino, la certeza de que algo tiene sentido independientemente de cómo resulte. Otros dirían que es un estado de ánimo que surge, cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. La Esperanza de hoy, tenía noventa y tres años y unos meses.

Recuerdo que la última vez que la vi fue en Panchimalco. Era un día de fiesta y sucedió hace como diez años. Lucía alegre, muy contenta y vestía como su estado de ánimo. Tía, ¿qué anda haciendo por aquí? ¿cómo es que ha venido a estas fiestas desde Sonzacate?, le dijo Melita, su sobrina. Cosas de la iglesia hija, contestó ella entre sonrisas y un fuerte abrazo. Fue un saludo muy agradable para ambas que, luego se despidieron.

Pues la niña Esperanza, o Esperancita de Arrivillaga como dijo el sacerdote que oficiaba la misa de cuerpo presente, le había dedicado muy buena parte de su vida a la iglesia de Sonzacate, desde su construcción, hasta sus últimos días.

Era parte de la iglesia y por eso también, recibió el homenaje correspondiente cuando sus hermanas hicieron una valla a ambos lados de su ataúd, momentos después de que el mayor de sus hijos, Carlitos, diera las palabras de agradecimiento a todos los presentes.

Era un momento altamente conmovedor, entre sollozos de familiares y las palabras del sacerdote que la presentaba y entregaba su alma al creador.

Pero también fue muy espontáneo y revelador el mensaje de su otro hijo presente ya en el cementerio, el que lucía el alzacuello blanco que lo identificaba como sacerdote aun sin su sotana, cuando dijo: les quiero dar las gracias a todos ustedes por su presencia, porque estando con ustedes el dolor se hace mucho menos.

No les voy a dar un sermón, les quiero decir algo como un amigo. Compartan todo con sus seres queridos ahora, sus alegrías, penas, triunfos o fracasos, pero compartan.

El domingo pasado estábamos reunidos con mi madre y Miguel Ángel, mi hermano, a quien tenía algunos días de no verlo. Pues hoy celebremos, tomémonos una cerveza les dije, y fue mi mamá que tras un trago otro y otro, se la tomó primero. Ella es, era una mujer luchadora.

Tuvo diez hijos de ellos cinco estamos aquí con ustedes. Mi papá la quería mucho, pero, era un borracho, a ella le tocó salir adelante con todo. Ahí pasaba prendida de una máquina de coser para darnos el sustento. Tenía que cocinar, lavar la ropa y pañales; porque antes no habían pampers. Pero ahí sí, le ayudaban.

Llevaba el poco de pañales todos sucios al río, a lavarlos. A él también le ayudaban. Ya te vamos a ayudar Carlitos, le decían. Era mi hermano mayor.

Cuando mi papá murió, la casa estaba hipotecada y a él le tocó trabajar para salir adelante. Fue padre y hermano. Pero mi mamá era pizpireta. Siempre estaba pendiente de ir al salón de belleza a peinarse o arreglarse las uñas y allí, era Ana Teresa quien la acompañaba.

Nunca nos tuvo bajo el brazo, cuando crecimos nos mandó a volar y pues, cada quien hizo su hogar y salimos adelante. En sus últimos años mis hermanas querían cuidarla y no se quiso ir con ellas. Pero siempre estaban pendientes de mi mamá y llegaban a verla.

Recuerdo que decía: esta Dora Imelda es como que no viniera, llega y toda callada, como ni habla y la otra, Ana Teresa, mamá aquí, mamá allá, mucho habla. Por suerte ya se fue, luego decía.

Cubrimos su ataúd con una sábana con la imagen de la Virgen María, era su deseo, como también que no fuera vista en este estado. Por eso pedimos a ustedes que la recuerden con su mejor sonrisa, su carcajada favorita, su alegría que siempre la acompañaba.

Como era luchadora y tesonera nos va abriendo el camino al cielo a todos nosotros. Mientras la recuerden, ella estará con nosotros. Entonces para terminar, quiero una vez más dar las gracias a todos y daremos sepultura a su cuerpo. Los señores harán lo correspondiente.

El ataúd fue descendiendo lentamente y momentos antes de cerrarlo definitivamente, cinco rosas en botón cayeron silentes; con la certeza de que se abrirán, cuando los ojos de Esperanza se abran en las puertas del cielo, al momento que Dios le otorgue los bienes prometidos por el cumplimiento de sus mandamientos.

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