El fin de la búsqueda

“Usted tiene un niño con una fractura en el radio que le van a colocar un clavo, una niña muy bonita que le padece del corazón y también la operarán y otro hijo asmático con broncoes-pasmo que no puede esperar.”

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely

Le hablaba a todo el mundo y nadie lo escuchaba.

– Señor, señor, decía: fíjese que a mi hijo me lo van a operar del brazo; se quebró el radio y el ortopeda le quiere poner un clavo. No me podría ayudar con un dólar por favor.

– Pero ¿Suena todavía el radio? Dijo con una sonrisa. Hay en otra ocasión, lo siento.

– Señora, señora, insistía y nada.

Caminaba a lo largo del pasillo del segundo piso. Se iba y regresaba y cuando pedía ayuda lo hacía muy cerca de la consulta de ortopedia, pero a pesar de ello, a nadie se le ablandaba el corazón.

James, un médico extranjero que visitaba el hospital lo observaba detenidamente y como él también andaba conociendo, siguió su rumbo hasta el primer piso, mientras el señor de la camisa de cuadros de varios colores seguía solicitando apoyo a todos los familiares de otros pacientes que esperaban pasar consulta.

James y su amigo, un neumólogo salvadoreño, siguieron viendo todas las instalaciones y terminaron bajando al primer piso. Ahí se detuvieron frente a la consulta de cardiología y conversaron brevemente con Patricio, cardiólogo y gran amigo del anfitrión.

Por pura casualidad, coincidencia o como quieran llamarlo, el señor de la camisa de cuadros caminaba por el mismo lugar y James lo reconoció. Pasó junto a él, en el momento preciso que pedía ayuda a una señora, pero en esta ocasión era para su hija que padecía del corazón.

– Mire señora, decía. Mi hija tiene nueve años, está muy bonita, estudia tercer grado, está un poco delgada, pero eso dicen que es por lo del corazón; tiene un soplo y me la tienen que operar. A mí me da mucha pena andar pidiendo, pero uno por los hijos es capaz de muchas cosas, claro que yo nunca robaría, ¡Eso sí que no!

La señora se le quedó viendo a la cara de tristeza del señor de la camisa de cuadros, buscó en su cartera y extrajo el dólar solicitado. Lo remiró antes de dárselo, porque no andaba mucho dinero, pues ella también necesitaría para comprar alguna medicina que no existiera en el hospital. El señor le dio las gracias y profirió muchas bendiciones para la donante del dólar.

James y su amigo, siguieron su ruta como estaba programado para ese día, luego de terminar sus labores en el hospital se dirigieron a la clínica del neumólogo y ahí, precisamente ahí, en la esquina de la cuadra ya para entrar al consultorio, se encontraron con el señor de la camisa de cuadros. Él por supuesto, no los reconocía y les dijo:

– Disculpen señores, ustedes parecen ¡No, no parecen! Seguramente son muy buenas personas. Yo ando pidiendo ayuda para comprar un inhalador que me han dejado en neumología del hospital, pero es un poco caro, me lo dejó el especialista porque mi hijo padece de asma y ahorita tiene mucho broncoespasmo.

– ¿Qué le dejaron señor?, le dijo el neumólogo.

– Un salbutamol y algo más

Saca una receta un tanto ajada.

– Bueno, yo le puedo ayudar, pero lo que le ofrezco es ver a su hijo mañana a primera hora, estoy en el consultorio número uno. Me lo lleva a las siete de la mañana y le daré lo que le haga falta.

– Pero mi hijo está muy mal, ¿Quién sabe si aguante hasta mañana? dijo el señor de la camisa de cuadros.

Entonces señor, dijo James, créame que entiendo su situación y la tengo ya muy clara. Usted tiene un niño con una fractura en el radio que le van a colocar un clavo, una niña muy bonita que le padece del corazón y también la operarán y otro hijo asmático con broncoespasmo que no puede esperar el tratamiento para mañana.

El señor de la camisa de cuadros se le quedó viendo muy sorprendido y un tanto preocupado que quiso alejarse del lugar.

James le dijo: señor, yo le doy para la medicina si todo eso que usted dice es cierto. Porque como hay un Dios en el cielo que todo lo ve y todo lo sabe, si es para el bien de sus hijos que tienen esas enfermedades tenga, le dijo, y sacó varios billetes; pero si todo lo que dice es falso, si usted tiene hijos, ellos sufrirán alguna peste como castigo por su falsedad y engaño.

El señor de la camisa de cuadros no contestó. Se dio la vuelta y se alejó muy rápido.

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