Era muy previsora

Pero, la verdad era otra. Ese día específi-camente  ella tenía mucho temor del procedi-miento que le iban a realizar y se preparó para cada detalle o aconteci-miento.

Por: Dr. Adán Figueroa/Foto: Pixabay.

Ahí estaba, a la vista de todas las personas: pacientes y sus familiares o amigos que los acompañaban mientras eran atendidas. A pesar de ser una mujer muy previsora, eso se le fue de las manos.

No se le ocurrió pedirle a su hija que tuviera ese cuidado y la verdad, nunca se hubiera imaginado que podría suceder algo así: que la dejaran frente a tanta gente en espera de la recuperación de la anestesia.

De vez en cuando abría la boca y sacaba su lengua saburral. Dormía profundamente después de un procedimiento que había requerido de sedación y su cuerpo estaba cubierto casi en su totalidad por una sábana blanca que dejaba visible únicamente su cara, donde sobresalían unos espejuelos nuevos muy bonitos.

Por mucho que la hija le había dicho que no los llevara, ella insistió y ahí estaba con ellos. Como era una mujer muy lectora, los lentes eran imprescindibles para ella, por eso decía siempre que los usaba hasta para dormir. “Es que, si duermo y sueño que estoy leyendo algún libro interesante, sin los lentes no lo podré leer y mucho menos pedírselos a alguien”.

Pero, la verdad era otra. Ese día específicamente, ella tenía mucho temor del procedimiento que le iban a realizar y se preparó para cada detalle o acontecimiento que podría pasar y estar lista para ese momento.

Que era una lectora empedernida, era innegable; pero, los lentes los llevaba porque tenía mucho temor de morir durante el proceso y le dijo a su nieta más cercana que los llevaría por si entraba al túnel oscuro del que casi nadie regresa.

Así con su pequeña linterna que guardaba muy sigilosa y que nadie sabía de ella; esperaba no tener ningún problema para su regreso.

Pasó casi inmóvil durante dos horas. La gente entraba y salía. Llegaban unos nuevos y otros se retiraban después de haber recibido atención médica o hacerse algún examen.

Una señora de bata blanca se le acercó y ofreció un poco de agua para humedecer sus labios. Gracias hija, le dijo y volvió a su estado de sopor.

Horas más tarde, la clínica estaba quedando algo vacía. Eran casi las doce del mediodía.

La señora muy previsora, abrió sus ojos, se medio enderezó y vio para todos lados.

No vi el túnel oscuro dijo. ¿Estaré muerta o que ha pasado? Hay menos gente de la que encontré a mi llegada o, ¿será mi velación? ¡Dios mío! ¿dónde estoy?

En esos momentos se le acercó de nuevo la señora de bata blanca que le acompañaba y le dijo muy contenta: hola mamá, por fin despiertas. Ya estuvo todo, el examen salió bien. Ya regreso, solo voy a pedir un taxi. La madre sonriente le preguntó la hora y le dijo, no te preocupes hija, mi hermano vendrá por nosotras en unos minutos.

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