El último viaje

Después del corto baño, todas las personas in-mediatamen-te a la salida se embadur-naban del famoso lodo negro, en especial las mujeres. Decían que con ello re-juvenece-rían unos quince años por cada untada.

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

Era tanta la publicidad de los productos extraídos del Mar Muerto que Amelia decidió hacer el viaje. Con dificultad consiguió el permiso necesario, pues estaba a punto de jubilarse.

A sus 55 años y 30 de trabajo estaba como se dice en las tierras del indio Atlacatl, con un pie adentro y el otro afuera del sistema de empleados públicos.

El viaje a Tierra Santa incluía una visita al Mar Muerto y eso le había entusiasmado mucho. Cuando llegaron a Palestina y vieron el desierto de Jericó, sus ojitos color marrón se abrieron de alegría. A lo lejos se avistaba un pequeño rótulo 400 metros bajo el nivel del mar. Estaban llegando al Mar Muerto y el calor se hacía cada vez más intenso.

El grupo bajó del autobús mientras el guía daba las explicaciones y consejos necesarios para no sufrir por el calor y los efectos de bañarse en las aguas del mar.

Estas aguas dice: tienen la característica de ser ricas en minerales y la osmolaridad es mucho mayor que las aguas de otros mares, por eso es que al introducirse en ellas, todos ustedes flotarán; no se preocupen por eso, es lo normal y es uno de los atractivos para bañarse en este lugar.

Yo les recomiendo no permanecer mucho tiempo dentro del agua, sobre todo si padecen de alguna enfermedad como la presión alta.

Amelia observaba y escuchaba cuidadosamente, no quería cometer ningún error a la hora de hacerse el tratamiento que perseguía. Como todas las personas, se introdujo lentamente a las aguas salobres del mar y se reía nerviosa por el efecto que sentía.

Era increíble como flotaba, a veces su cuerpo giraba o se daba vuelta, pero siempre flotaba. Nunca había aprendido a nadar y por ello tenía mucho temor de meterse al mar. Después del corto baño, todas las personas inmediatamente a la salida se embadurnaban del famoso lodo negro, en especial las mujeres. Decían que con ello rejuvenecerían unos quince años por cada untada que se daban.

Una mujer sumamente hermosa, de ojos claros y cabello rubio, se daba su ducha para quitarse el lodo que cubría su cuerpo. El termómetro del lugar marcaba 40 grados centígrados y el sol ardía en silencio en aquella soledad muerta que desaparecía con la presencia de los visitantes.

Al ver la figura esbelta de la joven, el guía se le acercó con una sonrisa picaresca y unos ojos que la devoraban.

– Si necesita aplicarse más lodo en su cuerpo, con gusto le ayudo preciosa, le dijo el guía entrometido, que ya estaba en su quinta década de la vida.

Ella lo miró de reojo y no dijo nada, pero el guía insistió.

– ¿Cuántas veces ha venido usted a este lugar señorita?

Levantó su mano derecha y le mostró tres dedos. ¡Tres veces! Oh, que bien dijo el guía.

Amelia observaba en silencio y disfrutaba de las artimañas de que se valía el seductor frente a la joven de belleza resplandeciente; porque la verdad no se puede negar: era bonita, muy bonita y a cualquier hombre le gustaría tenerla de esposa.

Si ha venido tres veces, dijo Amelia, esa mujer ha de tener mucho dinero.

Imagínense, ¡Cuánto cuesta cada viaje! Yo me conformaría con disminuir unas cuantas libras y tener unos añitos menos, nada más.

Se dirigió a una de las duchas de la playa para quitarse el lodo negro de su cuerpo cuando, bajó las gradas donde estaba el termómetro, apareció otra joven de unos veinte años, muy bonita y parecida a la que quería conquistar el guía.

Seguramente es su hermana menor, pensó Amelia, mientras quitaba el lodo de sus ojos que bajaba lentamente sobre su cuerpo entristecido, al ver el de la joven.

La veinteañera pasó junto a Amelia, medio se sonrió y se dirigió donde estaba la joven pretendida. Al llegar a ella le dijo:

– ¿Qué te pareció ahora abuelita?

Ella se sonrió, miró a su joven pretendiente y le dijo a su nieta con una voz temblorosa.

– Siempre está muy bien, muy bonito mi querida nieta; pero creo que este, será mi último viaje a este mar rejuvenecedor.

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