El tesoro de Lupe

Eran las ocho de la noche, ya todo estaba en silencio y oscuro; Sandra y su hija Norma descansaban en la hamaca esperando una manifestación de Lupe, pasó más de una hora, dos tal vez y ¡nada!

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración Mely.

Desde que murió su tía Lupe, no había tenido una noche tranquila. Siempre la hora de acostarse era un problema para ella. Un insomnio persistente e incontrolable se había apoderado de su cabecita y no era para menos; ella tenía la culpa. Por demostrar su valentía, inmediatamente después del novenario, decidió dormir precisamente en la habitación donde fue velada su tía Lupe.

Norma era la sobrina favorita, tenía doce años y un chorro de ilusiones por delante cuando ocurrió la tragedia. Ella se salvó de milagro, pero su tía Lupe, quedó desfigurada por el accidente y fue sumamente impactante para Norma.

Era una niña muy lista, hacendosa y excelente en sus estudios.

Su valentía se puso en duda cuando una noche, por no irse a la cama, les dijo: voy a dormir aquí en la hamaca, hace algo de calor y la frescura de la noche me hará bien. La hamaca se balanceaba en el silencio que flotaba en la penumbra del corredor.

La noche recién había comenzado, pero como la casa estaba algo solitaria en medio de la exuberante vegetación de lo que muchos años atrás fue la Finca “Pacita”, esa paz, se esparcía en toda la casa.

Norma se cubrió con la sábana de siempre, esperando que ahora sí; el cansancio de las noches de insomnio se apoderaría de ella sin mayor dificultad, y así fue, pero no le duró mucho. Sus enrojecidos ojos apenas habían pegado los párpados cansados cuando la hamaca comenzó a balancearse en forma suave, pero constante.

Norma en lugar de dormir más profundo, se sentó de un sobresalto por la sensación de que alguien se le aproximaba por detrás. Guardó silencio y escucho una ráfaga suave de un viento frío que no movía ni una tan sola hoja de los alrededores.

– ¿Qué será todo esto? se preguntó un tanto temerosa.

– Tía Lupita, ¿es usted?

– ¿Hay algo en qué pueda ayudarla? Recuerde que conmigo siempre ha contado y que yo, siempre la quiero mucho.

El silencio era cada vez más palpable y notorio en la oscuridad y, de pronto, se interrumpió; cuando la pequeña ráfaga de viento se levantó y alejaba de Norma, en dirección al inmenso árbol de zapote, unas cuantas hojas secas seguían el camino cual exhalación profunda y prolongada. Norma las siguió hasta el árbol donde el ruido provocado subió por el tronco del zapote y movió las hojas de sus ramas hasta desaparecer.

– ¡Uf! Dijo Norma, ¿qué me habrá querido decir mi tía?

Permaneció pensativa unos minutos y regresó a la casa. Se acostó en su cama y durmió profundamente como nunca lo había hecho.

La siguiente noche hizo lo mismo y el mismo viento se hizo presente en las cercanías de la hamaca hasta desaparecer en lo alto del palo de zapote. Al día siguiente le contó a su mamá Sandra, todo lo ocurrido.

– Bueno hija, mañana por la noche yo te acompaño.

Eran las ocho de la noche, ya todo estaba en silencio y oscuro; Sandra y su hija Norma descansaban en la hamaca esperando una manifestación de Lupe, pasó más de una hora, dos tal vez y ¡nada! Por fin, Sandra se fue a acostar a su cama y poco después la acompaño Norma, algo pensativa.

A la siguiente noche, Norma no dijo nada y se quedó sola en la hamaca. Media hora había transcurrido cuando el suave viento comenzó a mover y levantar hojas secas y unas cuantas flores de veranera y las llevaba rumbo al palo de zapote.

– Hoy sí tía Lupita, dijo Norma; ya le entendí ¡Al fin!

Al día siguiente, aprovechando que su madre había salido de compras, Norma tomó una piocha y se dispuso a cavar un hoyo, justo al pie del árbol de zapote. Levantó una piedra grande en el sitio exacto donde las hojas subían al tronco del árbol.

Cavó casi un metro hasta tocar algo más sólido y sonoro.

– ¡Es madera! dijo Norma. Siguió cavando con mucho cuidado, tratando de descubrir los bordes del objeto enterrado.

Estaba tan absorta en su tarea, que no se percató del regreso de su madre, hasta que el grito de reproche la hizo dar un tremendo salto del susto.

– ¿Qué haces, por Dios hija?

– ¡Ay mamá! Me asustó. Aquí hay algo enterrada mamá. Parece como si fuera un pequeño ataúd.

– Sí hija, eso precisamente es. Es del bebé que perdió tu tía Lupe. Un mes tenía el pobre angelito. Ella lo enterró aquí, porque no quería alejarse de él, deseaba tenerlo cerca siempre, aunque no lo pudiera ver ni acariciar. Era su tesoro decía.

Entonces eso era. Con razón decía la gente que a veces escuchaba llorar a un niño. Ya entendí todo mamá. Hoy, mi tía quiere que lo enterremos con ella.

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