El primer amor

Ese día encontró en el parque a una de sus amigas, iba acompañada de un chico de cabello negro y lacio, de mirada profunda y nariz respingada, que al saludarla sonrió levemente y bajó la mirada.

Por: Licda. Elsy Ch.

Estaba sentada leyendo sobre historias de amores, le parecía hermosa la forma en que un hombre y una mujer llegaban a enamorarse y, aunque algunas de ellas le parecían cursis, todas eran mejor que la realidad y tenían algo en común: siempre aparecía un chico dulce, persistente y atento a las necesidades de su amada.

Le parecía romántico e interesante cómo la conquistaba y enamoraba, sin que tuvieran que llegar a lo sexual.

Era fascinante para ella, ver como el amor daba una inmensa fuerza para vencer los obstáculos, para estar seguro de lo que se quería y con quién, la manera en que hacía a las personas capaces de tener esperanza contra toda adversidad, de entregarse por completo y estar llenos de esperanzas, consideraba que el amor era de lo más genial.

Ella era bonita, caminaba con gracia, su sonrisa era dulce como su mirada y estaba llena de expectativas e ilusiones, de esperanzas y sueños y uno de ellos era encontrar a alguien que como en esas historias de amor luchara por ella, no se diera por vencido, no la abandonara, que fuera alguien con quien siempre pudiera contar, alguien que estuviera ahí para ella, que fuera su complemento perfecto.

Susana solía salir al parque y sentarse en una banca o recostarse en el césped mirando al cielo, la luz del sol que penetraba a través de las ramas de los árboles, perderse en sus nubes espesas y al fondo el cielo que le recordaba la inmensidad, un universo lejano esperando ser descubierto y después de relajarse un poco, se entretenía leyendo.

Ese día encontró en el parque a una de sus amigas, iba acompañada de un chico de cabello negro y lacio, de mirada profunda y nariz respingada, que al saludarla sonrió levemente y bajó la mirada.

– Hola Susana, él es mi primo Mario, dijo su amiga

Ellos se vieron a los ojos que se tornaron grandes y redondos, como llenos de admiración, como deslumbrados, ambos se saludaron un poco avergonzados.

– Ven Susana, caminemos juntos, mi primo está de visita y estoy enseñándole los alrededores.

Los tres empezaron a caminar, hablaron sobre diferentes temas: los padres, el vecindario, la escuela, los pasatiempos…

La tarde se sintió corta para tantos temas que platicar hasta que finalmente llegó la hora de despedirse, Susana estaba impresionada con aquel chico de cabello negro y lacio y en la noche antes de dormir no hacía más que sonreír en su cama recordando su sonrisa y su mirada, él había llegado a alimentar sus ilusiones.

Después de ese día, ella y él se encontraron en el parque cada tarde, se sentaron en la banca y se acostaron sobre el césped a mirar el cielo escondido entre los árboles, con sus nubes espesas y el azul profundo y poco a poco con el cariño de cada tarde, floreció el amor.

Ahora ya no necesitaba leer en sus libros de cómo era enamorarse, ya no tenía que imaginar a esos galanes que conocían a una chica y la llenaban de atenciones, pues su galán era él…Mario.

Mario era siempre quien venía a visitarla y ella pensó que también debía hacer algo por él que alimentara su amor, ese día tendría para él un detalle, iría a buscarle a su casa después de la escuela, para darle una agradable sorpresa y además le llevaría una carta elaborada delicadamente con sus propias manos.

Así fue, una vez terminaron sus clases, se apresuró y corrió hasta su casa, se cambió de ropa una y otra vez hasta decidir con cuál se veía más atractiva, debía tomar el autobús y caminar unas cuantas cuadras; al llegar al lugar anduvo perdida por un rato, hasta que finalmente vio la casa, la puerta estaba entreabierta, al igual que las ventanas; no quiso entrar por el momento, pues no consideró que fuera oportuno, ya que los padres de Mario no la conocían, podían estar en la casa y ella se moriría de vergüenza.

Susana se asomó por la venta, los cristales no estaban del todo limpios, así que los frotó un poco con sus manos, a través de ellos pudo ver a Mario sentado en la sala; con él había una chica y la abrazaba; Susana seguía observando con los ojos abiertos por completo y su corazón latiendo al extremo, sentía que el mundo se acababa, quería ver bien y frotó con más fuerza el cristal, Mario ahora besaba a la chica… ¡no puede ser!… esa chica… esa chica… era su amiga ¡le mintieron no son primos! la traicionaron.

Susana salió corriendo, con el rostro lleno de lágrimas, estrujó con sus manos aquella carta que había elaborado con tanto amor, estaba desconsolada, fue su error imaginar que el amor era como el de sus historias románticas, pues ahora se rompían cruelmente sus sueños y debía encarar la desilusión; había tenido su primer amor y su primer amor le había roto el corazón, tristemente comprendió que el amor no es como lo pintan, que las personas también te traicionan y engañan, ese día Susana decidió que no caería tan fácilmente, otra vez.

Opciones para compartir nuestro contenido