El parque de las iguanas

Por fin, se llegó la hora. Bueno amigos, esta es la famosa Plaza Bolívar. Fue diciendo ese nombre cuando Aída comenzó a contorsionar su cuerpo y balbuceaba palabras ininteligibles.

 

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

Fueron saliendo despacio, uno a uno, estirando brazos y piernas por lo largo del viaje, luego dilataron sus pupilas por la claridad intensa que el sol producía, aún en medio de la fresca tarde.

Fue realmente deslumbrante para todos, cuando observaron frente y bajo sus pies, una inmensa alfombra blanca de nubes silenciosas que reposaban en horizontalidad absoluta, sirviendo de techo, al pueblo cálido de Guayaquil y de piso a los que descendía de los Andes Centrales.

Las expresiones de admiración no paraban, pues, era realmente hermoso, impresionante. No era un sueño, ni volaban en un avión. Estaban en tierra firme, montañosa, con rumbo a suelo costero y ahí, tenían frente a ellos, esa infinita nube que se perdía en el horizonte.

– Lenin, Stanley, Stalingrado o como se llame pues, le dijo Carlos.

Siempre decían dos o tres nombres antes del propio Stalin, quien no tenía la más mínima culpa de su nombre.

– Y si caminamos derechito sobre las nubes, ¿no habrá alguna escalerita para bajar directo a Guayaquil?

– No, lamentablemente no hay, pero si quiere, puede probar y nos espera en la Plaza Bolívar, para que no se aburra. De todas formas, mañana estaremos allí.

– ¿Y qué tiene esa Plaza Bolívar?

– Mañana lo veremos, ahora seguimos el viaje.

Reiniciaron el descenso hasta Guayaquil, donde almorzaron un rico pescado con abundante arroz y algunos frijoles que muchos ya extrañaban al igual que las pupusas salvadoreñas.

Algunos compañeros de Carlos estaban ansiosos por saber qué había en la Plaza Bolívar y así fue creciendo la curiosidad.

Karen, Aída, Celina, Aracely, Mely y los pocos hombres que había, se preguntaban si alguien sabía lo del parque.

Por fin, se llegó la hora. Bueno amigos, esta es la famosa Plaza Bolívar. Fue diciendo ese nombre cuando Aída comenzó a contorsionar su cuerpo y balbuceaba palabras ininteligibles, con una expresión de angustia, de miedo intenso y no era para menos; sobre su cuerpo iban cayendo una a una esos horribles animales que descendían del inmenso bejuco que pendía de la sedosa nube.

Parecían reptiles prehistóricos que poco a poco se iban acomodando tranquilamente en el suelo, los árboles, troncos, en la grama de los arriates y por todos lados. Pero eran tantos, que el cuerpo de Aída permanecía casi cubierto por esos animales. Entonces Carlos preguntó:

– ¡Huy! ¿Y de dónde salió tanto animal, Stanley?

– Stalin, mi amigo, Stalin.

Usted bien preguntó por la escalerita y casi adivina; pero fue realmente una liana.

Aída continuaba sufriendo esa ansiedad hasta que, su pequeño cuerpo fue sacudido enérgicamente por Celina.

– Aída, compañera; despierte, ¿qué le pasa?

¡Ah!, dónde estoy, quítenme esas iguanas de encima.

– Aquí no hay iguanas. Tuvo una pesadilla.

Entonces recordó las palabras de Mely cuando le preguntó al guía:

– ¿Es cierto eso Stalin? De cómo fue que bajaron las iguanas.

– No, no, es una broma, dijo

– Aquí en esta tierra, hay iguanas por todos lados, en muchos lugares. Pero, la existencia en este parque, es porque muchas de ellas fueron decomisadas a unas personas que las querían sacar del país y las trajeron a este parque temporalmente y terminaron dejándolas y desde entonces, aquí viven y se reproducen. Nadie les hace daño. Hoy la antigua Plaza de Armas, Parque Seminario o Plaza Bolívar, es y será siempre el Parque de las Iguanas.

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