El padre de Armando

Rodolfo pasó horas con su guitarra probando acordes, cambiando letra, hasta que por fin tuvo un esbozo de su canción. La verdad, se oía bien y el mensaje de la letra era consolador y elogiaba lo que un padre hace por su hijo.

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración Mely.

Eran jóvenes y, por lo tanto, querían disfrutar de la vida. Rodolfo era el mayor, usaba un corte de pelo a la moda, tenía 25 años y estudiaba tercer año de Relaciones internacionales en la Universidad de El Salvador; su afición por la guitarra hacía que sus dos compañeros y amigos lo acompañarán a todo lugar.

Él y René frecuentemente, por no decir que todos los fines de semanas, visitaban a su otro amigo Armando, quien estudiaba segundo año de derecho a sus veinte años y vivía en San Marcos, muy cerquita de la Unidad de Salud.

Cuando llegaban, generalmente los recibía muy contento y con muchas atenciones Don Mauricio, el padre de Armando quien se caracterizaba por ser muy amable y locuaz. Hubiera sido un buen presentador de cualquier noticiario de televisión, si no se hubiera dedicado a las ventas.

A sus cincuenta años no paraba de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo; era muy conocido en todo el país, sólo descansaba los fines de semana que se los dedicaba a su esposa Miriam.

René era moreno, un joven conservador que gustaba de cantar junto a Rodolfo. Un sábado por la tarde llega solo donde Armando.

– ¿Qué pasó René? -le dijo Don Mauricio- ¿Dónde dejaste a Rodolfo? Pero, pasa adelante. ¿Quieres tomar un refresco, una soda o prefieres una cervecita?

– No gracias Don Mauricio; sólo venía a traer a Armado, vamos a ir visitar a unas compañeras.

– Ah; ¡Picarones! ¡Conque ya de novios, eh! ¿Y están bonitas?

– Bueno, más o menos. ¿A ver que sale?

– Si quieren invitarlas al cine yo les puedo ayudar en algo. Anda, toma estos veinte dólares para que coman algo. Ya Armando casi está listo. Solo me dicen a la hora que van a venir, para estar tranquilo.

– Temprano, tal vez como a las once.

En ese momento sale Armando ya todo relamido y listo. Se van a reunir los tres de siempre y en esta ocasión con sus amigas.

Así pasaban casi todos los fines de semana, estudiando y disfrutando los placeres de la vida, pero un día; les avisaron a Rodolfo y René, que el papá de Armando había fallecido.

– ¡No, no puede ser! Si no estaba viejo aún y se veía bien potente, activo y muy jovial, dijo Rodolfo. Creo que haré una canción en su honor, él era muy buena persona y nos trataba bien. ¡Siempre nos ayudaba con algo cuando nos íbamos de paseo! Se lo merece y Armando seguramente se sentirá orgulloso; imagínense nomás, una canción para su papá. ¡Jamás se olvidará de este detalle!

Rodolfo pasó horas con su guitarra probando acordes, cambiando letra, hasta que por fin tuvo un esbozo de su canción. La verdad, se oía bien y el mensaje de la letra era consolador y elogiaba lo que un padre hace por su hijo, su amor: “Cualquier cosa en la vida podrá cambiar, cambian los días, los meses, los años, los rostros de la gente; mas el amor de un padre perdurará, porque siempre, serás mi hijo, aunque de este mundo me ausente…, seguiré siendo tu padre y esté donde esté, por ti siempre velaré”

Los ojos de Rodolfo se humedecían. Esta canción será difícil que la cante Armando, ¿Tal vez con el tiempo? Pensaba.

Por fin llegó la hora. René le llamó para que fueran de una vez a acompañar a su compañero, su inseparable amigo. Cuando llegaron a la funeraria, permanecieron todavía unos minutos en la entrada, pensando cómo darle el pésame.

– Entremos René, dijo Rodolfo.

Pasaron adelante buscando la sala donde estaba don Mauricio y de pronto René, se quedó estupefacto, pálido. Sus piernas le flaqueaban.

– ¿Qué pasó René?, le dijo Rodolfo.

René no contestó, solo se quedó viendo fijamente al interior de la sala. La mirada de Rodolfo lo acompañó y juntos caminaron como autómatas, incrédulos, tal vez temerosos sin decir palabra alguna. Al fondo estaba Armando, taciturno, anegado de pesar y del otro lado del ataúd, la causa del asombro de sus amigos: don Mauricio.

– A,a,ar…

– ¿Y mi canción? Pensó Rodolfo.

Perdóneme amigos interrumpió Armando. El que está en el ataúd es mi verdadero padre. Mauricio, el que ustedes conocen es mi padrastro.

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