El padre Chencho

Los niños estaban fascinados por el paseo en lancha, por todos los patos que alzaron vuelo, el agua que les salpicó la cara y el remolino que se elevó sobre las aguas del lago.

 

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely

Siempre hacía calor, pero esa tarde era especial. Estaba muy soleada y hacía un calor sofocante que desesperaba a los visitantes, sobre todo a los niños.

Llegaron al puerto San Juan, desde donde parten las lanchas para hacer los viajes a los diferentes lugares que el turista solicite.

Cuando vieron los diferentes destinos, los niños eligieron la isla del ermitaño. Una decisión al azar, no tenían la mínima idea de qué se trataba. Abordaron una lancha roja con un techo de diferentes colores.

Cruzaron la parte inicial de la orilla del lago que estaba cubierta completamente de Jacintos de agua, esas plantas flotantes que llamamos comúnmente ninfas.

La lancha aceleró más y más hasta llegar a las cercanías de una isla cubierta en su totalidad de un verdor vivo, brillante y muy vistoso, donde descansaban los rayos solares que bajaban libremente de un cielo raso, distante y profundo.

Esta es la Isla del Burro, dijo Jonathan, el timonel.

– ¿Y por qué se le llama del burro? -preguntó uno de los pequeños- si no tiene forma de animal, ni de nada en especial.

– Bueno, la verdad es que aquí dicen que había un establo y lo único que criaban eran burros. De ahí su nombre.

La lancha no se detuvo y siguió directo a la cueva del ermitaño. El paisaje estaba hermoso, todo era verde alrededor del lago adormecido por los rayos inclementes del sol.

De pronto se divisó una manada de patos negros que flotaban en hileras sobre las aguas tranquilas y, poco a poco, iban alzando vuelo haciendo figuras caprichosas en el aire cálido, mientras el agua que esparcía la lancha salpicaba la cara y el cuerpo de los visitantes que se sentían muy agradados por el refrescamiento que ello les producía.

Unos segundos después, estando todo apacible, la superficie del lago se fue llenando de pequeñas olas que poco a poco se iban elevando y formando un gran remolino en el aire donde, dibujaron una figura con los brazos abiertos como una cruz que, aparentemente, descansaba sobre una gran roca lejana y así como apareció así se esfumó.

El timonel estuvo a punto de perder la calma, pues nunca en sus años de lanchero, le había sucedido semejante cosa. Se preguntaba si algo tendrían que ver las tres cruces flotantes en el agua que acaban de pasar y que habían sido colocadas para recordar la muerte de los tripulantes de la avioneta que cayó al lago, varios años atrás.

No, no puede ser, decía en su interior. Pero, los pasajeros estaban muy preocupados, afortunadamente todo pasó tan rápido y la calma volvió cuando divisaron un peñón que se erguía distante al otro extremo en la orilla del lago.

El timonel detuvo por unos segundos la lancha para informar que enfrente estaba la cueva del ermitaño y explicó que un señor originario de Metapán se había refugiado y vivió, por unos catorce años, en esa cueva. Él era pescador, dijo y se llamaba Carlos Lemus, vivió en esa cueva hasta el dos mil doce.

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