El niño y el pingüino

Las palmas de las manos de un visitante comenzaron a chocar repetidamente una contra la otra y de ahí, se generó un aplauso cerrado y muy nutrido por el espectáculo que estaban brindando el niño y el pingüino.

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

Toda la mañana se la había pasado muy feliz y no era para menos. La experiencia que estaba pasando era única, además de ser la primera vez.

Definitivamente, el viaje había valido la pena. Tenía tan solo ocho años y el hecho de viajar a otro país lo había entusiasmado en grande. No importaba que fuera a un país vecino, no; él estaba sumamente motivado.

Sus ojitos color café brillaban en todo el recorrido y no paraba de hablar y sobre todo preguntar y preguntar por todo lo nuevo que veía a su paso.

La mañana estaba fresca, una brisa agradable agitaba suavemente las hojas de los árboles que, apenas dejaban pasar los rayos de un sol de invierno. Sus padres estaban felices, pues eran pocas las ocasiones que veían tan contento a su pequeño Josué.

Él estaba por terminar sus vacaciones y el paseo había sido un regalo prometido por las notas excelentes con que había aprobado el grado.

El ambiente era agradable, muy ecológico y llamaba la atención lo limpio que estaba todo. Cada pasaje que recorrían se veía ordenado y en muy buenas condiciones. Se notaba el esfuerzo de las personas que laboraban en el mantenimiento del lugar.

Josué nunca había visto tantos y algunos raros animales en un espacio delimitado, pero cuando entró al sector de aves que estaban relativamente libres, se puso tan emocionado al ver los vivaces colores que decoraban el cuello de una de estas que bebía un poco de agua.

– Papá, dijo Josué. Y ese hermoso animal, que tiene muchos colores en su cabeza y cuello, ese dorado; ¿qué es?

El padre se quedó viendo y rápidamente visualizó el rótulo del nombre.

– Ese es un Faisán dorado, hijo. Y el macho es el más vistoso, es realmente hermoso.

En ese momento, cuando Josué se agachó para verlo más de cerca, un perico imprudente casi se para en su cabeza y lo asustó con el movimiento y ruido de sus alas.

– No pasa nada hijo, es solo un perico. Observa bien al faisán que difícilmente veremos otro en nuestro país.

Josué pasó un buen rato disfrutando de las aves y después salieron para continuar su recorrido. Les faltaba algo que era realmente excepcional y no podía dejar de verlo. Cuando estuvieron cerca, ya había muchas personas, en especial niños.

Unos los observaban desde la parte alta. Josué se entremezcló con algunas personas de la parte de abajo donde casi los tocaba con las manos. Todo el lugar estaba rodeado de rocas y cactus enormes como para evitar la fuga de los animales.

Nadaban muy alegres en el estanque que se les había creado exclusivamente para ellos. La pared frontal era completamente de vidrio grueso y resistente y Josué los podía ver y acercarse perfectamente.

De pronto quedaron frente a frente. Josué fijo su mirada en los ojos del pequeño animal que movía sus aletas y permanecía como suspendido en el aire. Su blanco pecho y abdomen sobresalían en aquella área rocosa.

Josué levantó su brazo derecho y el pequeño pingüino lo imitó con su aleta, luego Josué levantó los dos brazos y el pingüino hizo lo mismo. Josué caminó rápido al otro extremo del estanque y al instante, el pingüino lo siguió y ambos hacían movimientos simétricos y bien coordinados.

Los otros espectadores estaban sumamente asombrados y se habían quedado observando todo el actuar del niño y el pingüino.

Las palmas de las manos de un visitante comenzaron a chocar repetidamente una contra la otra y de ahí, se generó un aplauso cerrado y muy nutrido por el espectáculo que estaban brindando el niño y el pingüino. Eso los distrajo y propició el fin del evento.

El padre admirado le dice a su pequeño de camisa roja: ¿cómo hiciste eso hijo?

– No sé papá, fue algo espontáneo que surgió entre los dos. Hay me traes otro día papá; este zoológico está muy bonito.

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