El niño invisible

Aquí el único invisible soy yo, dijo el compañero de Juancito. Por aquí pasan gente importante, en grandes carros y no lo ven a uno. Pasan de Protección civil, pero como soy niño, quizá no soy civil.

 

Por: Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

A sus nueve años era un niño inquieto, muy platicador. Siempre le decía a sus papás que quería ser invisible y era tanto su deseo que por las noches se pintaba de negro la cara y brazos y se vestía con ropa también negra.

Su mamá le preguntó un día qué cual era la razón para querer ser invisible. Él, simplemente le dijo que para asustar a sus amigos y hacerles bromas.

– Pero Juancito, si las bromas se las puedes hacer así como eres. Un niño alegre, juguetón y podrás jugar con todos los que quieras. Si ellos no te ven nunca jugarán contigo.

– Sí mamá, pero yo quiero ser invisible y no veo nada de malo en eso. Nadie me entiende, solo quiero ser invisible. ¡Nada más!

– Está bien hijo, hay platicamos después.

Estela estaba muy preocupada por la insistencia de Juancito y, esa noche, le comentó lo sucedido a su esposo. Entonces, él le dijo que ya en el colegio le habían comentado algo sobre eso, pero que no le había dado mucha importancia por lo saludable que se veía su hijo.

Pasaron los días y no podían tomar una decisión o al menos la más conveniente. Una tarde, Juancito estaba solo en su casa, se tomó un vaso de agua y se dirigió al final de la sala adonde estaba un espejo alto en el que podía verse todo el cuerpo, aún, estando de pie.

Si mis papás estuvieran ahorita, dijo, verían que mi deseo se está haciendo realidad. Él hurgaba con sus ojitos claros toda la imagen del espejo y Juancito no se veía. Estaba muy emocionado, contento, porque era invisible a sus ojos.

Lo único que veía era el agua que acababa de ingerir. Entonces, decidió investigar si para otras personas también era invisible. Salió de su casa sin decir palabra alguna. Caminó y caminó, esperando a que alguna persona le dijera algo, le sonriera o lo que fuera, cualquier gesto que demostrara su presencia; pero nadie al parecer lo vio.

Muy contento decía: hoy sí, soy invisible, invisible, invisible.

Siguió caminando hasta llegar a una esquina de mucho tráfico. Allí había otro niño que estaba muy sucio, harapiento que, pedía dinero o comida a todas las personas que se detenían en el semáforo. Nadie le daba una moneda o algún alimento. Pasaban indiferentes cual si no existiera.

Él también parece invisible dijo Juancito, ya muy cerca del pequeño.

Mientras tanto, en su casa, sus padres ya habían regresado y se extrañaron mucho de no encontrar a su pequeño. Juancito, gritaba su madre, ¿dónde estás hijo?

Nadie contestaba. Su padre hacía lo mismo en otra dirección de la casa y nada. Juancito no acostumbraba a salir de la casa y jamás lo había hecho solo. Entonces le dice Estela a su esposo: ¿será posible que se haya vuelto invisible?

– Deja de pensar tonterías, ¿cómo? No, no puede ser; eso es una locura.

Al final grita enojado el padre: Juancito, déjate ya de bromas. ¿Dónde estás? Ven con nosotros, no te regañaremos.

Por mucho que hablaron y suplicaron que se hiciera presente, Juancito no contestó.

– Mi hijo se hizo invisible, dijo Estela. Como lo deseaba tanto, se le hizo realidad.

El padre llamó a emergencias, pero como solo habían pasado unas horas, no podían decir que estaba desaparecido. Buscaron en la vecindad y preguntaron a mucha gente y nada. Nadie lo había visto.

– Y ¿Cómo lo van a ver si está invisible? Dijo Estela. ¡Estamos perdidos!

Juancito mientras tanto, ya estaba cansado de estar en la calle, tenía hambre; nadie le había hablado y su invisibilidad no le servía de nada. Le habló a su compañero y al fin le contestó.

Búscate otra esquina, otra calle. Aquí la gente pasa, para y te ignoran. Es como si no te vieran.

– Entonces, ¿tú si me ves?

– Claro que te veo, mejor regálame tu camisa, esta mía está toda rota.

– Es que yo creía que era invisible.

– Aquí el único invisible soy yo, dijo el compañero de Juancito. Por aquí pasan gente importante, en grandes carros y no lo ven a uno. Pasan de Protección civil, pero como soy niño, quizá no soy civil. Un día pasaron del gobierno, así dijeron otros que iban cruzando la calle; era una gran bulla y todos los carros se apartaban. ¡Nadie me vio!

Al momento un carro se detuvo cerca y de una ventana salió un grito fuerte y alegre que dijo: ¡Juancito! ¿Qué haces en esa esquina? Ven, vámonos, te llevaremos a tu casa.

Juancito abordó el carro y de reojo volvió a ver a su compañero.

Cuando sea grande dijo, no habrá niños invisibles en las calle.

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